Eliah Germani o Gonzalo Soto: Con letra de médico

El conocido pediatra penquista tiene una veta menos popular. Con el nombre de su abuelo materno -que usó como seudónimo- se transformó en un autor de cuentos, aplaudido y reconocido. “Volver a Berlín” consolidó la afición por la escritura y está preparado para seguir sorprendiendo con su pluma.

En el cuarto piso del Hospital Regional, en la UCI Pediátrica, Eliah Germani se asoma sonriente en su verdadera identidad. Delantal blanco, lentes verdes, caminar apurado. Ser médico es su primera actividad, lo que le apasiona, el esqueleto de su biografía. Hernán Gonzalo Soto Germani saluda cordial y se esmera para hacernos sentir cómodos en su pequeña oficina hospitalaria.
Sabíamos cosas de él. Su prestigio médico, su afición por la lectura, algunos de sus vínculos familiares, el premio que obtuvo hace un par de años en literatura… Pero su lugar de trabajo deja claro otros aspectos. Un Menorah (elemento ritual del judaísmo) sobre unos libros, una gran biblioteca de especialidad médica y textos de ficción, sobresale entre ellos “El beso de la mujer Araña”, de Manuel Puig.
Un médico escritor. Eso es Gonzalo Soto, que adoptó el nombre de su abuelo materno, Eliah Germani, para lanzarse en la aventura de “vivir otras vidas”, de convertirse en medium entre personajes que flotan en su cabeza y el papel.
Lo primero que relata con orgullo es la distinción que lo hizo famoso y que le permitió lanzar su primer libro, titulado “Volver a Berlín”, (Editorial Ril).
“Obtuve el Premio del Consejo del Libro y la Lectura para relatos en 2008. La publicación fue en 2010 y se lanzó en la Feria del Libro y también lo presentamos en la Escuela de Verano en la Universidad de Concepción. Me ha ido muy bien con la crítica y estoy contento”, asegura y puntualiza que fue un gran paso y soporte el galardón que le dio el Consejo.
“No fue como tirarme en paracaídas. Un premio es siempre un buen espaldarazo, pues quienes los eligen son personas que se mueven bien en el mundo de las letras”, recalca.
Soto Germani, busca entre sus carpetas del computador imágenes que den fe de lo que sucedió durante la entrega de los galardones del Consejo. Infla el pecho, mientras aparece en pantalla su familia con la ex presidenta Michelle Bachelet. “Mi mujer, Katharina  Tietze es alemana y mis cuatro hijos estudian en el Colegio Alemán. Uno se atrevió a hablarle en el idioma y ella (la presidenta) le respondió en un alemán perfecto”, evoca.
La influencia germana y de la religión del judaísmo se siente en sus escritos.
“Volver a Berlín” es un conjunto de relatos desarrollado de tal forma que la crítica lo ha comparado incluso con el estilo del genial Woody Allen.
-¿Y de dónde salió el escritor?
“Siempre he sido un muy buen lector, pero nunca se me ocurrió ser escritor. No escribía más de lo que escribe cualquier persona en términos de cartas, mails, de discursos de vez  en cuando y, en mi caso, un montón de historias clínicas.
En una ocasión estuve enfermo y fuera de circulación. De pronto me aburrían las posibilidades que tiene uno para ocupar ese tiempo libre, entonces comencé a escribir. Me di cuenta de que era capaz de desarrollar ficción. Seguí progresando en el papel. Nosotros en Medicina siempre decimos que cada enfermedad tiene lo que se llama una ganancia secundaria. Y en mi caso fue haber comenzado a escribir y que este ejercicio se haya transformado en una necesidad. De hecho me siento un poco raro cuando pasa mucho tiempo sin hacerlo, ya sea por el trabajo y las dificultades de los horarios”.
-¿Qué es lo que más le atrae de este mundillo de letras?
“Cuando uno escribe ficción, uno se inventa otra vida. Cuando cada uno de nosotros tiene una biografía definida, con límites bastante seguros y precisos, es genial inventarse una vida completamente distinta. Las otras personas que viven una situación similar son los actores. Al escribir ficción uno se cambia de traje y eso significa que cuando estoy desarrollando un relato, en ese período que dura, que puede ser de algunos meses, estoy en cierto modo dentro de los zapatos de los personajes. Estoy viviendo y compartiendo con ellos y esta cosa que puede parecer bastante loca o de mucha soledad, no es tal, sino que le da al escritor un nuevo enfoque sobre su entorno, de su propia vida a través de esta nueva biografía”.
-¿Cuál ha sido su inspiración?
“Me gustaba leer muchos ensayos e historia, nada de ficción, pero desde que surgió esto he leído muchísimo a los cuentistas clásicos y también los nuevos para saber cómo se está escribiendo ahora y qué se busca con ello. Escribir cuentos es una situación bastante ingrata, porque en la industria editorial existe el concepto de que los cuentos no se venden bien. De hecho, en algunas editoriales al momento de publicar y a pesar de que tenía un premio  me dijeron que no estaban dispuestos a publicar por primera vez a alguien con cuentos. En mi modestísima opinión, escribir un cuento es como escribir un jardín, la novela es como dedicarse a la agricultura. En mi situación laboral, dedicarme a plantar un campo me exigiría un tiempo completo. Ocupar mis ratos libres en el jardín es factible. No sé si es una excusa, pero pienso que es uno de los argumentos que me han llevado al cuento”.

Sentirse desnudo

“El ejercicio de la escritura no puede estar influido por lo políticamente correcto. Debe morder, hacer que el lector se mueva y acompañarse por una prosa limpia y segura”. Eso es, justamente, lo que se ha aplaudido a sus escritos. Pero ¿de dónde salió su estilo?
No tiene gurús, ni nadie le encaminó en el oficio de las letras. “Lo hice sin ninguna aspiración. Lo hice para mí mismo, pero como estamos en esta etapa fantástica de la computación se me ocurrió mandarle a ciertos amigos por internet para saber qué pensaban  y a todos les gustó. Eso me dio ánimo. Así fue como me gané un premio en un concurso del Colegio Médico. Nunca participé en un taller de escritura ni mucho menos, soy absolutamente autodidacta. Mi esposa tiene una sensibilidad bastante fuerte y critica mis escritos; tengo un colega también, el doctor Daniel Copaja, que es muy lector y a quien con frecuencia le pasaba mis cuentos para que me diera su opinión, algunos les gustaban, otros los destruía..”
Curiosamente encontró dentro de sus cuatro hijos un revelador crítico: el mayor, el de 22, durante  la presentación de “Volver a Berlín” en la Casa del Arte en la Escuela de Verano, al momento de las preguntas pidió la palabra y me preguntó lo siguiente: “¿Papá, encuentro que en tus cuentos hay un componente erótico muy marcado… De dónde sale eso?” Imagínate que tu propio hijo te pregunte aquello… Yo tenía bastante pudor al escribir. Los relatos de ficción son un poco como desnudarse en público. Y a nadie le gusta que lo vean desnudo. Por eso publiqué con seudónimo: Eliah Germani. Nadie sabía de dónde venía este señor, pero ahora curiosamente es muy referido en internet.
-¿Qué significó adoptar un nombre, ser reconocido y embarcarse en publicar?
“Para mí significó introducirme en otra dinámica. Yo sólo conocía lo del ámbito de la salud. Cuando fui a recibir el premio, como todo un novato, pensé que las editoriales iban a hacer fila para hablar conmigo y publicarme, pero no había nadie. A pesar de tener el premio me costó encontrar una que se interesara en publicarlo. No es fácil, pero se reconoce que el Estado haga el esfuerzo por mantenerlo. Hernán Rivera Letelier, por ejemplo, surgió con este premio y decidió dejar de hacer lo que estaba haciendo para dedicarse exclusivamente a escribir. Ahí el Estado hizo una inversión maravillosa, sacó  a superficie un escritor nato”.
¿Y en estos años cómo cambió su vida con la aparición del artista?
“No mucho, sólo se ha incrementado esa necesidad de escribir. De pronto me he dado cuenta de que uno se acostumbra también a querer mostrar lo que hace. Cuando uno publica, queda la sensación de saltar al vacío. Yo tenía este paracaídas del premio. Alguien que “le pega” había dicho que mis escritos estaban bien. Pero cuando uno lee las críticas literarias, de pronto hacen tira a un escritor. Yo decía, no me gustaría estar en los zapatos de ese pobre, porque la única pregunta que cabe es para qué escribo. Yo he tenido la suerte de recibir sólo críticas positivas de parte de los colegas, la familia y mis amigos.
-¿No ha pensado escribir sobre su realidad, sobre los niños, por ejemplo?
“Ninguno de mis cuentos tiene relación con Medicina ni con niños. Yo trabajo en una unidad donde los niños fallecen. Y sé que la escritura sería una buena forma de trabajar esa cruda verdad, pero no lo he hecho. De todos modos mis cuentos tienen personajes con situaciones límite y bien heavy. Todos los protagonistas viven momentos extremos, ya sea por razones políticas o por razones personales. Por ejemplo con la muerte, con asaltos… todos los relatos muestran cómo a pesar de esas situaciones catastróficas pueden seguir viviendo. Eso para mí es una especie de lección que he aprendido retrospectivamente”.
Soto Germani camina por los pasillos del Hospital Regional. Advierte que quiere ser fotografiado sin su delantal. Saluda a otros hombres de blanco, y advierte que casi todos sus colegas tienen potentes lados B. Él se casó con la literatura, fue una excelente ganancia secundaria. Escribir es una adicción que no tiene cura y por eso está trabajando en compilar otra serie de relatos que, ojalá, le devuelvan las mismas gratas sensaciones de “Volver a Berlín”.

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