Entre sinverguenzuras y ruindades

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Prof. Dr. Marcelo Contreras Hauser. Master y Dr. en Derecho y Ciencias Políticas y Sociología.

En mis décadas de Licenciado en Sociología, primero, y doctorado en Sociología, después, he aprendido a respetar la voz del pueblo. Ésa que a través de sus frases, sentencias y máximas suele referirse a hechos y actos ocurrentes en la sociedad humana con expresiones precisas, quirúrgicas, propias de bisturíes y escalpelos.

Dentro de aquel marco temporoespacial, Chile hacía rato que venía perdiendo la paciencia respecto de todos y cada uno de sus actores políticos.

Todas las encuestas de opinión, estudios de campo y similares que usted revise en el tiempo, ubican a nuestros políticos en los últimos lugares del prestigio ciudadano. En el largo intertanto me ha tocado escuchar en distintos lugares del país, ciudades, pueblos, barrios y casas la palabra genérica de “sinverguenzas”, refiriéndose a ellos.

Definitivamente el pueblo -que somos nosotros en la totalidad- no es tonto, ni se le puede tan siquiera intentar o pretender hacer tonto o “pasar por el aro”, dicho en criollo. Con todo, somos humanos, imperfectos por naturaleza y doctrina, por lo que excepcionalmente y en grado sumo alguna vez podría sufrir el pueblo la calidad de víctima del llamado “gato por liebre”.

Hoy, en eso estamos, pero ¡Cuidado! Con el símil de la terrible respuesta de una mujer ofendida en palabras del poeta –nada supera aquella respuesta-, y a estas horas, la sociedad chilena está ofendida con la sumatoria de políticas y políticos que le metieron por tantos años el dedo en la boca. En lenguaje presidencial, todas y todos sin exclusión alguna de las más diferentes corrientes e ideologías políticas, de Gobierno y de oposición, culpables de consuno.

Ha sido la inmensamente larga avenida de la historia quien refiriéndose a nuestros políticos les asignó sinónimos tales como “autoridades” o “servidores públicos” que, particularmente, jamás he usado en referencia a ellos, toda vez que nunca los he sentido de esa forma y manera, todo lo contrario. Si de autoridades y servicio público se trata, nada supera el rol del ciudadano.

El primer texto político de la historia humana corresponde al sabio Heródoto, quien acercándonos a las formas de gobierno aventuraba en aquel lejano siglo V antes de Cristo: “El mejor hombre del mundo, investido de esta autoridad será llevado por ella misma a actuar fuera de sus poderes acostumbrados, es que la propiedad de que goza hace nacer en él una insolencia orgullosa”.

Chile actual, en el caso Penta, Dávalos, Soquimich y más, y más, nos muestra en uso y  abuso lo que nos anticipaba el padre de la historia narrativa. Agudo. Preciso. Los políticos y sus redes han quedado al descubierto. La traición ronda por doquier, los fantasmas de la soberbia e ilícitos han logrado transformar esta larga y angosta franja de tierra preñada de catástrofes en un océano sin orillas, de maldades, egoísmos y vanidades que el pueblo jamás perdonará. El Gobierno, un rotundo fracaso. La oposición, otro rotundo fracaso. Sólo oteamos sinvergüenzuras y ruindades. Deberemos agregar al lenguaje político de todos los tiempos “algo huele mal en Chile”, dejando atrás la exclusividad de aquel “algo huele mal en Dinamarca”. ¡Vaya! Huele a podrido.

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