Erik Von Baer: “No produzco transgénicos”

/ 27 de Agosto de 2014

Es genetista y uno de los principales creadores de variedades de semillas en Chile. Desde que comenzó a tramitarse la Ley de Obtentores Vegetales  ha estado en el centro de la polémica. Aunque es reacio a hablar con la prensa, aquí responde las acusaciones en su contra, habla de transgénicos y explica la vinculación de sus padres con el régimen nazi. También hace una autocrítica y deja entrever que desde la propia industria se aprovecharon y en cierta forma lo “quemaron” públicamente.
Por Rodrigo Aguilera.

Erik Von Baer Von Lochow acaba de cumplir 73 años. 66 de ellos los ha vivido en Chile. Estudió Agronomía en la Universidad de Concepción en la década del ‘60 y ha desarrollado su carrera profesional y sus negocios como genetista. Su trabajo se hizo conocido internacionalmente después de que en los 90 los rusos le entregaran un reconocimiento por su aporte en investigaciones sobre lupino.
Hijo de Erik Von Baer Von Tatarinoff y de Agnes Von Lochow, el padre de la senadora Ena Von Baer llegó de tan sólo siete años a Chile escapando junto a su familia del pasado militante que vincula a sus progenitores con el Tercer Reich. Historia divulgada profusamente por los detractores de la Ley de Obtentores Vegetales, conocida mediáticamente como Ley Monsanto, a través de la cual se busca proteger los derechos del creador de variedades u obtentor. El marco legal de cómo se aplicará la ley aún no se define en nuestro país, porque el proyecto que comenzó su tramitación legislativa en el anterior gobierno de Michelle Bachelet hoy no está en tabla y el Ejecutivo no tiene apuro en reponer su discusión. De hecho se le quitó la urgencia y las autoridades se comprometieron a revisarla.
Fue durante muchos años la cara visible de la industria semillera nacional y, por lo mismo, el principal blanco de quienes en las calles se manifestaban en contra de la “privatización de las semillas”. Él sostiene que hubo hechos que coincidieron, como la tramitación de la ley y el que su hija fuera nombrada ministra en el gobierno de Sebastián Piñera, pero también tiene claridad que existió y que aún hoy persiste un aprovechamiento político para atacarlo. También hace una autocrítica y deja entrever que desde la propia industria se aprovecharon y en cierta forma lo “quemaron” públicamente.
A través de Semillas Baer, su empresa familiar, el clan descendiente de alemanes tiene cerca de 800 hectáreas cultivables en predios distribuidos entre Temuco, Gorbea y Victoria, en la Región de La Araucanía. Algunas de estas parcelas en el pasado fueron usadas para desarrollar cultivos de transgénicos para la internacional Monsanto. Nada fuera de la ley y vigilados por las autoridades del Servicio Agrícola y Ganadero. Pero no por eso menos polémico y cuestionable, según los opositores a ese tipo de cultivos.
Erik Von Baer está consciente de aquello y en la tranquilidad de su oficina en el Fundo El Hualle, en el sector Cajón, dialogó con Revista Nos sobre lo que dicen sus detractores. También recordó su pasado familiar y abordó las complicaciones de un proyecto complejo sobre el cual, dice, existe mucho desconocimiento y desinformación.
-¿A qué se dedica Semillas Baer?
La orientación original fue trabajar a partir de lo que la gente necesitaba, así partimos con forrajeras, pasto, lupino, trigo, cebada, avena, raps, entre otros. Posteriormente nos fuimos especializando, haciendo lo que otros no hacían o lo que hacíamos mejor. Por ejemplo, hice genética de alfalfa, trébol y ballica, pero cuando se empezaron a importar semillas de esas variedades vi que no éramos los mejores. También probé con soya, pero en tres años se me helaron dos veces, por eso teníamos que especializarnos y desde ahí surgieron cosas interesantes. Volví al lupino, al tema de doctorado de mi padre, pero ya no sólo lupino para forraje, sino que lo orienté hacia la alimentación humana. Actualmente también estamos en el mercado de la alimentación para salmones. Lo más novedoso que hemos hecho fue crear una pequeña cadena. Empezamos en genética con materiales propios o introducidos, después los multiplicamos, luego lo producimos y aquí hay dos caminos, una parte que se va directamente a la industria para abrir el mercado y la otra la procesamos nosotros a través de una pequeña empresa que se llama Avelup.
-¿Avelup depende de Semillas Baer o es un  negocio paralelo?
Antes era todo la misma cosa, pero por razones administrativas, tenemos tres empresas, todas Pymes. Erik Von Baer, que ve la parte genética y cooperación internacional; Semillas Baer que ve la parte agrícola y comercial, produciendo semillas para vender y abastecer a otros agricultores y, finalmente, está Avelup (su  nombre proviene de la  avena y el lupino) donde se procesa y se trabaja en generar y atender la demanda. Por ejemplo, en una ocasión le llevé a un  amigo peñi del sector Almagro 40 kilos de lupino y le dije: siembra, yo te voy a comprar la cosecha. Así llegamos a tener 28 mil hectáreas en la Región de La Araucanía. Eso es lo que hace Avelup, entrega  la semilla, compra la cosecha, la procesa y busca el mercado.
-¿Y cómo protege  las variedades de semillas que ha inscrito a su nombre en los registros del Servicio Agrícola y Ganadero?
Aclaremos que en Chile, por suerte, no se pueden patentar variedades. Para registro existen tres sistemas en el mundo. Uno donde no se protege nada. Por ejemplo, alguien hizo una casaca, otro la copió igual y no pasó nada. El otro extremo es lo que pasa en  EE.UU.,  donde se patenta. Aquí se crea una  variedad, se patenta y nadie más la puede usar. Y existe un tercer esquema, que yo defiendo y que es el que se usa en Chile, que es el registro de variedades. En el registro existen dos privilegios, uno para el mejorador, que permite que surja una variedad a partir de otra variedad con registro, y no se tiene que pagar nada por eso, pero sí se tiene que demostrar que se diferencia de la variedad registrada. El segundo privilegio es para el agricultor. Éste puede comprar una nueva variedad y la puede volver a sembrar sin pagar nada adicional. Lo que no se puede hacer, si esa variedad está protegida, es producir para vender sus semillas. No sé puede armar un negocio multiplicando y  vendiendo esa semilla. Todas las semillas inscritas en el registro de variedades están protegidas por 15 años.
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El origen de La Regalona
Erik Von Baer ha sido duramente criticado por grupos que están a favor de la circulación libre de semillas y que abogan porque no se paguen derechos. Entre otras cosas se lo acusa de haberse apropiado de la quínoa, cuya variedad, La Regalona, está protegida hasta el 10 de octubre del año 2016. Se trata de un pseudocereal rico en proteínas que está siendo altamente demandado por la industria alimentaria.
-¿Sabe que lo acusan de robarse la semilla de la quínoa para crear la variedad La Regalona? Dicen que recibió semillas de distintas quínoas, que usted no recolectó, pero que luego utilizó para crear una nueva variedad.
Mire, en el año 1967 decidí que no sólo iba a hacer trigo, decidí hacer dos cosas que nadie hacía en esos años, lupino y quínoa. Ese año empecé a recolectar quínoa aquí en La Araucanía. Incluso “cambalachaba” en el campo y recolectamos así muestras que no estaban para alimentos, sino que para remedios. Me acuerdo porque hay hasta una anécdota. En un lugar que se llama Trintre, que queda entre Los Sauces y Angol, vi una quínoa y ubiqué a una viejita que estaba ahí y le pregunté para qué la usaba, y me dice para comer, para mudai y para remedio. Pregunté ¿y  por qué para remedio? y me dice que es para las chiquillas que quieren y no quieren. Luego supe que hacían un brebaje de esto, porque la quínoa es muy alta en saponina y eso servía como anticonceptivo. A mí lo que me motivó a recolectar quínoa fue una publicación de alemanes que, data de 1918, donde se decía que la única quínoa que maduraba en Europa era la chilena. Lo que había acá no eran variedades fijas, si no que ecotipos o población imposible de cosechar porque unas eran más maduras, otra más verdes, una más grandes, otras pequeñas. Nosotros recolectamos ese material e hicimos la selección. Pero todas tenían un problema común, tenían un grano muy chico. En 1970 por un intercambio de lupino contra quínoa recibí una colección de Ecuador de una fundación auspiciada por Nestlé. Además en el 70 existía una ley de fomento para Biobío, Malleco y Cautín que tenía un auspicio especial.  Ahí me pidieron que me asociara con la Escuela de Ingeniería de la U. de Concepción y comencé a participar en la parte agrícola trabajando junto a un profesor que era ingeniero químico, Ingo Junge. Con él nos centramos en la quínoa y lupino, porque desde el punto de vista nutritivo ambos cultivos daban una calidad de proteína similar a la caseína, que es la proteína de la leche.
-Pablo Vera, un autodidacta en el estudio y la recolección de semillas de quínoa, dice que él le facilitó el material  que usó para crear La Regalona.
Eso no lo había escuchado. Yo lo siento mucho, pero en eso el amigo Pablo Vera está mal. Lo que le estoy diciendo es demostrable. Todo el material que recolecté, donde posiblemente haya habido material de Pablo Vera, eso no lo sé, lo entregué  después  a la Universidad de Concepción, a la Escuela de Agronomía. Les dije aquí está el material, yo no soy capaz de trabajar con él y para que no se pierda se los paso a ustedes. Y esa colección se le entregó más tarde a la Universidad de Cambridge, Inglaterra. El error que se cometió y donde puede estar la confusión, es que ese material se envió detallado en distintos ecotipos que enumeré e identifiqué como la Baer 1,  Baer 2 y Baer 3, pero eso no es una inscripción o registro.
-¿Y cómo creó la Regalona?
La Regalona es otra cosa. Es la cruza de una línea autóctona de quínoa del sector de Trintre, en la provincia de Malleco, con un grano más grande de Ecuador. Y se obtuvo rápido porque nosotros hicimos multiplicación de esa variedad, aprovechando la contra estación, mandando el material a Austria, entonces obtuvimos dos cosechas en el año. Con ese método la única que maduraba bien aquí y allá, era La Regalona y por eso fue que la llamamos así. Una vez que este cultivo fue homogéneo se transformó en la primera variedad que se podía cosechar de forma industrial. Por eso la han pedido de Canadá, Egipto, Marruecos, España, Francia, Grecia e Italia. (Al momento de esta entrevista estaba siendo solicitada desde Kazajistán).
-¿Cuánto está exportando?
Prácticamente lo que nosotros producimos es mínimo, 20 toneladas. Exportamos semillas, pero prácticamente casi todo va a consumo interno. Uno al parecer está adelantado, porque sabe detectar una necesidad, pero resulta que la demanda viene atrasada.

“Cruza de variedades v/s transgénicos”

Desde 1996, Chile es miembro de la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV), una organización intergubernamental con sede en Ginebra. Su objetivo desde su creación, en 1961, es proteger el trabajo de creadores u obtentores de nuevas variedades vegetales en el mundo. Esto le permite a un creador exigir un pago por el uso de sus semillas. Es un royalty que dependiendo de cada país se cobra por cierta cantidad de años.
Actualmente en Chile está vigente el UPOV 78, pero de acuerdo con el Tratado de Libre Comercio con EE.UU, se debe adherir a la versión UPOV 91. La ley debió haber entrado en vigencia el 2009, pero el proyecto aún se encuentra en trámite legislativo.
-¿Cuál es la diferencia del UPOV 78 y UPOV 91?
La del 78 sólo protege la semilla o la planta, por ejemplo el manzano. La del 91 protege al manzano, pero también su fruto, la manzana. En la práctica, ya no se controla sólo al agricultor, sino que también se controlan los supermercados y, principalmente, la fruta que llega a los puertos de ingreso. Por ejemplo, si una manzana chilena de la variedad Pink Lady se exporta y llegan los embarques sin el rótulo que ha pagado la licencia según UPOV 91 de protección varietal, la decomisan y la destruyen. Así se respeta el proceso de investigación, mejoramiento y la inversión en tiempo y recursos que hacen los genetistas. (Si entrara en vigencia la UPOV 91, el dueño de la variedad puede incluso perseguir en tribunales la responsabilidad de todos quienes se beneficiaron con su trabajo sin haber pagado por ese derecho). Pero este tema se mezcló como un cóctel con los transgénicos. Y una cosa nada tiene que ver con la otra. Yo, por ejemplo, realizo cruzas de variedades de una misma especie y obtengo un mejoramiento genético. Los transgénicos en cambio son el producto de una cruza que se hace de genes de distintas especies.
-¿Usted crea transgénicos?
Nosotros no creamos transgénicos, pero dentro de las cosas que hacemos intentando estar a la par con la demanda internacional, en ciertos lugares-que están en conocimiento del SAG- tenemos parcelas donde hemos desarrollado cultivos transgénicos, cuya producción ha sido exportada. Se hace bajo normativas rigurosas y en comparación con otras empresas, lo nuestro es menor.
-¿Semillas Baer se  asoció con Monsanto?
Sí, pero se retiraron. Nosotros produjimos para ellos hace unos 15 años, luego se instalaron por su cuenta y no tuvimos más vínculos. Era un servicio de multiplicación de su material, no de material nuestro, el cual se enviaba de regreso al hemisferio norte. Que quede bien claro, nosotros no producimos transgénicos. Yo tengo algunos contratos declarados en el SAG de parcelas de investigación en transgénicos y en este momento no hay nada sembrado.
Erik-VB1 -¿Es partidario de producir transgénicos en Chile?
Sabe usted que el primer transgénico son los antibióticos y están autorizados en Chile. Prácticamente ningún antibiótico se salva, todos son transgénicos, porque es mucho más fácil hacer transgénicos en microorganismos que en plantas. El primer transgénico del mundo se creó en 1972, donde a través de bacterias se empezó a producir insulina para los diabéticos y eso se usa hasta hoy. Gracias a eso bajó en un 60 % el valor de la insulina, lo que le permitió a quienes sufrían la enfermedad acceder más fácilmente al medicamento. Entonces ante eso sería mentiroso afirmar que soy opuesto totalmente a los transgénicos, porque efectivamente se están usando para beneficio de la gente. Lo que sí pienso es que uno no puede cambiarse de un día para otro a que todo sea transgénico, porque antes tienen  que haber medidas de control claras. Pero en Chile no somos ni chicha ni limonada. No permitimos los transgénicos, pero sí los importamos. En una reunión de Cepal, a la que me invitaron, exponentes de nuestro país dijeron nosotros vamos a controlar todos los transgénicos que entren a Chile. Y pregunté ¿Quién va a controlar el aceite y la soya transgénica que llega de Argentina y Brasil? La respuesta fue nosotros lo vamos a controlar. Vuelvo a preguntar ¿Y van a decir que son transgénicos? Sí, claro que lo haremos. Hasta la fecha no he visto que el Ministerio de Salud informe a la gente de los diversos productos que hoy se comercializan en supermercados que son a base de transgénicos. Es una lástima que no exista un Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, porque son temas  que están muy ligados.
-Estos temas involucran a toda la industria de semillas ¿A qué atribuye usted que las críticas fueran prácticamente sólo en su contra, con nombre y apellido?
Porque era el que estaba más expuesto. Era presidente del Comité de Obtentores de la Asociación Nacional de Productores de Semillas (Anpros) y era el tonto que hacía la exposición en la Cámara de Diputados y en la comisión de Agricultura. Después mi hija (Ena Von Baer) se presentó de candidata a senadora en representación de la UDI por La Araucanía Sur, donde perdió por pocos votos y durante el gobierno de Sebastián Piñera (cuando comenzó la discusión de la ley)  fue nombrada ministra. Eso además coincide con un hecho que ocurrió en la Región de Los Lagos. Hace algunos años nosotros perdimos la entrega de lupino para alimentos de salmón y una persona en cierto momento recibió soya transgénica, nosotros teníamos un plus por no ser transgénicos. Entonces le pregunté, por qué no va a retirar el lupino que iba a comprar, considerando que detrás hay productores y compromisos con ellos y me dice que no lo hará porque tiene soya más barata. En ese momento le recuerdo que él me dijo que era soya transgénica, y me dice, no te preocupes porque pago un 10 % más en Suiza y esto se convierte en no transgénico. Yo tuve la mala ocurrencia de comentar esto en una conferencia en Puerto Montt, públicamente, y parece que eso repercutió. Parece que debía haberme quedado callado.
-¿Y  antes de la discusión de la Ley de Obtentores Vegetales y que su hija entrara a la política no tenía detractores? ¿O cree que las críticas se deben a su posición política?
Nunca antes de eso fui atacado, hasta que la hija decidió participar en política. Obviamente que tiene que haber algo de eso. Mire, yo he pertenecido antes del gobierno de Allende, durante el gobierno de Allende, durante todos los gobiernos, a algún comité de producción, fomento o investigación agrícola. En todos los gobiernos, del color político que sean. Y los ataques sólo comenzaron cuando se discutió la ley y la hija empezó a participar en política. En el anterior gobierno de Michelle Bachelet, cuando era ministra de Agricultura Maringel Hornkol, integré un consejo agrario de investigación y aunque no lo crean durante el gobierno de la Unidad Popular me ofrecieron la dirección del Inia Carillanca.
-¿Entonces para usted las críticas no tienen fundamento, sino que son políticas?
Mi hija Ingrid (también genetista) en una ocasión fue invitada a dar una charla en la ciudad de Calama para hablar sobre la quínoa, en el lugar estaba el senador (Alejandro) Navarro, y él le dice “no se preocupe chiquilla, esta cuestión es política”. Yo creo que todos los temas se mezclaron, porque nada tiene que ver la protección varietal con los transgénicos. El daño indirecto que nos han hecho es tremendamente grande.

El pasado familiar vinculado al nazismo

-Usted sabe que a raíz de este debate también se hizo público el pasado de su familia vinculado al nazismo ¿sus padres fueron miembros del partido nazi y de las SS?
Le voy a explicar. Mi padre viene de una familia que en su origen es de Estonia y mi abuela es rusa. Mi padre nació en Crimea. El hecho es que durante la revolución bolchevique,  junto con la primera guerra mundial, perdieron todo y se trasladaron a Alemania. Era gente de muy pocos recursos. Mi padre quería estudiar algo relacionado con genética o biología y para poder optar durante el Tercer Reich a alguna beca había que pertenecer a alguna organización estudiantil adherente al régimen. Así pudo estudiar. Luego hizo un perfeccionamiento que lo llevó a Canarias, España, donde trabajó con lupino, después volvió a Alemania a trabajar en el ministerio de Agricultura y Alimentación. Ahí estaba como encargado porque había estudiado un doctorado en lupino.
-¿Su padre fue prisionero de guerra?
Sucede que mi padre entró muy tarde al ejército porque él estaba en la parte de investigación, estaba haciendo su doctorado en lupino y lo reclutaron hacia el final de la Segunda Guerra, como chofer. Después de la guerra estuvo prisionero en Flandes, Bélgica. Él no estaba en una cárcel, sino que en un campamento de guerra de los canadienses. Fue hecho prisionero después de un bombardeo. Estaba en un establo y quedó debajo de una vaca muerta. De ahí lo sacaron. Paralelamente nosotros estábamos con mi madre en el campo, al sur de Berlín. Cuando entraron los soviéticos, un tío mío dijo no sacamos nada con defendernos y retiró a todo el pueblo para escondernos en el bosque. A nosotros nos salvaron unos polacos.
erik-P1010843-¿Y cómo llegaron a Chile?
Después de todo este trauma de la guerra, todos estaban convencidos de que podía haber una tercera guerra mundial,  y frente a eso, nosotros no queríamos más. Por eso mi padre postuló a distintos puestos a nivel internacional relacionados con la genética y la agricultura, y dentro de esta búsqueda de trabajo recibió una oferta de Chile, a través de la Sociedad Nacional de Agricultura. Estuvimos seis años en la zona central en un centro experimental. Luego de eso mi padre tenía otra oferta para ir a Uruguay a hacerse cargo de otra estación experimental, la otra alternativa era volver a Alemania y la última era aceptar la propuesta de ocho agricultores del sur que le ofrecieron venir a producir semillas a La Araucanía. Ellos nos ayudaron a través de un crédito y eso fue el inicio en 1956 de Semillas Baer.
-¿Usted y su familia salieron escondidos de Alemania?
A mi padre lo esperaba un contrato acá, pero para poder salir de Alemania se necesitaba un permiso. Él estaba catalogado como investigador y podía ir a trabajar a cualquier país aliado, pero como venía a Chile, que había sido neutral, necesitaba un permiso especial que recibió de Inglaterra y Francia, pero no así de EE.UU. La SNA pagó una vez el viaje y ese viaje no se pudo hacer por no tener el permiso de los estadounidenses, entonces le dijeron que si no tomaba el segundo viaje perdía la opción. Ante eso salimos sin el permiso de EE.UU a Bélgica la noche del año nuevo del 48, y llegamos a Amberes. Posteriormente el consulado chileno en Bruselas le dio la autorización para que viajáramos tras exhibir la carta de la SNA donde se explicaba el motivo del viaje y que lo esperaba un contrato de trabajo. Así subimos al barco. Como aspecto anecdótico, cuando pasamos por el canal de Panamá la tripulación nos escondió porque en ese tiempo el canal estaba a cargo de los norteamericanos. En Chile, a través de distintas gestiones, después de tres años se consiguió el permiso de EE.UU. Nosotros llegamos a Valparaíso en marzo de 1949, cuando yo tenía siete años.

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