Experiencia solidaria en Boca Sur: el comedor popular que logró un sueldo para sus trabajadoras

Nació en medio de la pandemia para alimentar a los vecinos y vecinas de Boca Sur, uniendo las voluntades de pobladores y organizaciones. Hoy, luego de exigencias hacia la autoridad comunal, cuenta con un equipo de trabajadoras, quienes reciben un sueldo fijo, y cada martes y viernes entregan unas 120 raciones de almuerzo a la población. Los negocios locales donan el pan, los horticultores aportan con las verduras, y se proyecta como un Centro de Acompañamiento para resolver las necesidades del sector, mucho más allá de un plato de comida.

Por Rayen Faúndez.

Es viernes. Son las 9 de la mañana, y las trabajadoras del Comedor Popular Claudio Benedito de Boca Sur, en San Pedro de la Paz, inician la jornada. Hace frío, y el aroma de la cocina anuncia el menú del día: croquetas de pescado, fideos con salsa, ensalada y pan. Esta vez hay compota para el postre, gracias a la donación de manzanas que las Hermanas Carmelitas hicieron al espacio. Están vestidas con pecheras, mascarillas y cofias. Lavan bien sus manos, y entre cocinar, atender a sus vecinos y limpiar la sede, la labor de ese día se extenderá hasta las cuatro de la tarde. Por ahora son cuatro las trabajadoras que desarrollan las diversas tareas ligadas al Comedor Popular Claudio Benedito, que comenzó su funcionamiento el 21 de junio de 2020. Todas son vecinas de la población y, actualmente, cada una de ellas recibe un sueldo por su trabajo de gestión, preparación y entrega de al menos 120 raciones de comida cada martes y viernes. Se trata de un salario entregado por la municipalidad de San Pedro de la Paz, triunfo popular por el que se luchó durante gran parte del 2021 y que tuvo frutos a inicios de 2022, no sin algunos roces con la autoridad comunal. Esto permitió al Comedor Popular Claudio Benedito trascender de una experiencia de solidaridad comunitaria, hacia un espacio laboral; avanzar del voluntariado a puestos de trabajo con sueldo fijo.

Todas son madres. Janira Campo (33), Mariela Muñoz (40) y Luciana Huenchuleo (55) se encargan de la cocina, abastecimiento y entrega de raciones cada semana. Se suma Daniela Guzmán (25), quien ejerce como coordinadora del espacio. Se encuentran a diario en la sede de la Junta Vecinal 8R, espacio donde funciona el comedor y que con el tiempo acomodó gran parte de su primer piso a sus labores. Desde la cocina, equipada con lavatorio y mesón de acero inoxidable, más fogones y fondos; el patio con su huerta comunitaria e invernadero; hasta dos salas, que funcionan como despensa y bodega. Todo aquello es administrado y cuidado por las mismas vecinas, manifestando así su autonomía, principio fundamental de su trabajo.

Pero, la historia del comedor no podría ser posible sin algunos acontecimientos históricos para Chile, que guiaron la iniciativa y marcaron el camino a seguir. Una senda que cumple ya dos años de manera oficial y que avanza hacia un proyecto más ambicioso: el Centro de Acompañamiento Claudio Benedito en la población sampedrina.

Todo comenzó en octubre

En medio de la jornada laboral, Daniela relata la historia del comedor, que inició con el estallido social del 18 y 19 de octubre de 2019. “En octubre nos volvemos a encontrar en las calles y resurge la idea de la confianza. Probablemente el comedor popular no se habría dado sin ese momento previo”, afirma.

De este modo, montar comedores y ollas comunes fue una respuesta al hambre y a la cesantía en la población, necesidades profundizadas por los confinamientos que la pandemia obligó. De hecho, recuerda Daniela, San Pedro de la Paz junto a Chillán fueron las primeras comunas a nivel nacional en establecer cuarentenas estrictas y cordón sanitario luego de un contagio masivo ocurrido en una iglesia, justamente en Boca Sur. Parte de la historia que se olvida, pero que entonces sentenció al sector.

“Nos dimos cuenta que muchos vecinos estaban quedando sin trabajo. Los despedían porque no funcionaba la locomoción, había militares en la entrada de la población, y no permitían el acceso de buses de empresas. Y la historia nos ha dicho que siempre somos los últimos en recibir cualquier ayuda en caso de emergencia, así también pasó para el terremoto”, comentó. De hecho, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), la cesantía en Chile alcanzó el 10,7% durante 2020, aumentando en 3,5 puntos porcentuales respecto al año anterior.

 

Frente a aquella situación, fue el Centro Cultural Víctor Jara a través de la Unión de Pobladores de San Pedro de la Paz, quienes comenzaron a recorrer la población y a buscar solución a la necesidad  alimenticia mediante campañas de abastecimiento y la entrega de canastas. Al poco andar, recuerda Daniela, se hizo necesaria una instancia de abastecimiento y alimentación permanente, por lo que echaron mano a la historia, y para abril de 2020, habían montado tres ollas comunes con ayuda vecinal y bajo el alero de ambas organizaciones, en el sector de los Blocks de Lata. No obstante, el radio histórico de Boca Sur, en torno a la Junta Vecinal 8R no estaba cubierto. Entonces, las voluntades se trasladaron hacia esa sede vecinal, y junto a las dirigencias de aquel momento, impulsaron el Comedor Popular Claudio Benedito en junio de 2020, que entregaba almuerzos domingo a domingo.

Bajo la coordinación del Centro Cultural Víctor Jara el trabajo se mantuvo y creció, formando una red de voluntariado. Al mismo tiempo, la necesidad de contar con hortalizas propias impulsó el nacimiento de una huerta comunitaria, alimentada con semillas traídas por los mismos vecinos y vecinas beneficiarios del comedor; y la atención a otras necesidades vecinales, como salud y trabajo, motivaron un área de acompañamiento. De este modo, el comedor proyectó su trabajo más allá de la entrega de almuerzos, dividiéndolo en tres áreas que hoy funcionan de manera paralela: cocina, huerto comunitario y acompañamiento.

Derecho al trabajo

Fueron las mujeres de la población quienes desde el inicio acudieron a la sede vecinal cada domingo para cocinar, en medio de cuarentenas y cordones sanitarios. Desde entonces, las actuales trabajadoras del espacio están vinculadas al Comedor Popular, y la Unión de Pobladores, viendo el funcionamiento del espacio, quiso dar un paso más en junio de 2021.  “Decidimos elevar un petitorio al municipio de San Pedro de la Paz, con cerca de 10 puntos, entre los cuales estaba obtener contrato y trabajo para, a lo menos, cinco personas que pudieran desempeñar sus funciones en el comedor, bajo el entendido de que el derecho al trabajo debe ser reconocido por la institución en estas instancias. Porque teníamos vecinas que dejaban de cocinar en sus casas, y a sus familias por cocinar para la comunidad. Y nadie estaba respetando su derecho al trabajo”, explicó Daniela.Pero no fue un camino fácil. La respuesta del municipio llegó recién en octubre, y luego de varias reuniones, la institución aceptó la demanda. Las vecinas comenzarían a trabajar en enero, a petición de la municipalidad, tendrían contratos y se aseguraría el pago de sueldo mínimo para cada una de ellas.  Llegó la fecha, y atendiendo al compromiso, las vecinas comenzaron sus labores, pero no había contratos y los sueldos no aparecían. Así, a fines de febrero los vecinos se apostaron en el municipio, exigiendo el cumplimiento de los compromisos y manifestando su descontento a través de una declaración: “A casi dos meses de iniciadas las labores por parte de nuestros vecinos y vecinas, y luego de que Don Javier Guíñez (alcalde) y David Martínez Cofré (administrador municipal) nos aseguraran que todos los trámites estaban realizados, y solo faltaba la liberación de los sueldos, pero nos hemos enterado que al 25 de febrero, los cupos laborales recién se encontrarían en proceso de validación por Santiago, los que nos parece gravísimo pues evidencia la falta de prolijidad, voluntad y respeto a la hora de solucionar el problema”.

La situación actualmente está regularizada, pero el comedor no olvida. Por eso, afirma Daniela, defienden su posición y autonomía. “Logramos obtener este contrato después de negociaciones con bastante deficiencia y desprolijidad por parte de la institución. Entonces esto se logra bajo el entendido de la autonomía, porque hay contratos para las vecinas, pero entendemos que no deberían rendirle cuentas a la institución como jefes, sino a la organización popular, como ente que necesita el servicio”, explica.

Bien lo sabe Mariela, quien dejó su anterior trabajo para abocarse al comedor. Y lo resumió en solo una frase: “Es un compromiso con el territorio”. Y Luciana la sigue: “No estamos aquí por el dinero”.

Pan y verduras

Llega el mediodía, y Mariela avisa que irá a buscar el pan. Toma una gran bolsa de tela azul y se dirige a la panadería Los Ninos, que cada viernes entrega un total de 60 hallullas para el comedor, al igual que el histórico negocio local, La Ramadita, ubicado en la avenida principal. Y el pan llega recién salido del horno. “Es que el vecino hace pan especial para el comedor, siempre llega calientito”, destaca.

Su nombre es Darwin Alarcón, y así como colabora con pan para el Comedor Claudio Benedito, lo hace también para otras iniciativas similares y beneficios vecinales. “Saber que uno puede dar algo de lo que tiene es gratificante. También da un poquito de tristeza saber que hay muchas personas que no pueden salir de esta situación. Tratamos siempre de dar lo mejor posible y de todo corazón, con esto uno crece y devuelve la mano al sector también”, afirma, mientras atiende el negocio. Y no es el único. Cada lunes y jueves reciben verduras de horticultores de la población. Así también una vez al mes, una carnicería local dona algunos cortes, asegurando el aporte proteico al menú. Esto permitió hace algunas semanas cocinar una exquisita cazuela.

De esta forma, el comedor popular se vincula con el territorio. “La idea es que los vecinos, los negocios, los productores, también se sientan parte de esta construcción. Por eso siempre les contamos a nuestros vecinos que vienen a buscar su almuerzo de dónde vienen los productos que están consumiendo, que las verduras son cultivadas por otros vecinos. Eso tiene mucho más sentido que comprarlos”, comenta Janira.

Son decisiones y gestos que los vecinos y vecinas agradecen. Una de ellas es Auristela Hermosilla, quien vive en Boca Sur desde que la población se formó, y cada semana recibe almuerzo junto a su nieto. “Nadie haría esto por nosotros. Las comidas que hacen las chiquillas son muy ricas, qué más se puede decir. Muchas personas no tienen suficiente. Yo recibo la pensión de mi nieto, la mía, pero con la pensión del gobierno no se puede hacer mucho”, comentó. Y de paso, recordó las celebraciones especiales del comedor, como el Día de la Madre y la Navidad Popular, realizada el 26 de septiembre de 2021, con colaboración de voluntarios, y donde asistieron la mayoría de los beneficiarios.

Claudio González también acude sin falta a la sede vecinal cada semana. Llegó al espacio casi por curiosidad, al ver la fila que se armaba desde la entrada de la sede a partir del mediodía, y actualmente ya cumple aproximadamente un año recibiendo almuerzo para su esposa e hija. Además, cuenta, conoce a las vecinas cocineras desde hace décadas, pues llegó a la población a mediados de los 80, al igual que ellas. “Hay hartas personas que necesitan y no tienen cómo alimentarse. Yo no puedo trabajar siempre, y venir a buscar un plato de comida aquí no está mal. Estamos agradecidos”, agregó.

Disciplina y amor

A las 13.00 horas se abren las puertas de la sede para comenzar la entrega de almuerzos; a esa hora, la fila de vecinos y vecinas ya es extensa. Cada uno debe traer dos potes, para el plato principal y la ensalada; y es obligatorio pues en una decisión por disminuir la contaminación, el comedor no entrega almuerzos en envases desechables, salvo contadas excepciones, o a beneficiarios nuevos, que no conocen las reglas.

En ese momento, las trabajadoras del comedor no necesitan mayor comunicación ni instrucciones. Cada una conoce su labor y la realiza con diligencia. Daniela se queda en la recepción, registrando a cada una de las personas que llega a recibir su almuerzo. Anota la cantidad de porciones necesarias, y Mariela recibe los potes, acercándolos hasta las ollas. Allí Luciana sirve las raciones, mientras Mariela aparta el pan y los postres requeridos, que luego entrega cuidadosamente. En tanto, Janira permanece en la cocina friendo croquetas, pues el objetivo en entregarlas frescas y calientes. Es una coreografía perfecta, rápida, donde también abundan las sonrisas y la conversación.

Una hora más tarde, las puertas de la sede se cierran. Esta vez, fueron poco más de cien porciones las repartidas, entregadas principalmente a familias, vecinos de tercera edad y en un menor porcentaje a vecinos sin casa, muchos de ellos con consumo problemático de alcohol y drogas. Poco a poco han ido adquiriendo experiencia en la asistencia, con el fin de realizar la labor bajo un ambiente armonioso y de respeto, y así también de contención para algunos vecinos y vecinas, con quienes ya establecen lazos cariñosos. “No es un deber. Es un derecho. Y es amor por nuestra población”, dice Luciana al respecto.

Pero, también es disciplina. Cada lunes junto al Centro Cultural Víctor Jara realizan reuniones para planificar y evaluar el trabajo, donde se incluyen tareas vinculadas al abastecimiento semanal del comedor. Así también, cada jueves se reúnen en instancias de formación, donde discuten sobre actualidad y las problemáticas y demandas del territorio. “Es un aprendizaje constante”, afirma Luciana.

Centro de Acompañamiento

Según el catastro realizado por la socióloga Paloma Ahumada, fundadora de la campaña @ComunOlla en Twitter, actualmente existen en Chile al menos 490 comedores y ollas comunes, que entregan cerca de 70 mil raciones diarias. Estos datos, afirmó Paloma, continúan en actualización, ya que siguen abriéndose espacios similares a lo largo del país, respondiendo a las necesidades de abastecimiento y alimentación en los barrios, en medio de una crisis sanitaria y económica.

“El objetivo del comedor era protestar. Hacer visible el abandono una vez más, hacer visible la condición de los pobladores y pobladoras, y que finalmente nosotros somos quienes estamos ahí”, asegura Daniela. Objetivo que continúa presente semana a semana, con un equipo de trabajo autónomo y profundamente vinculado a la población, y con un plan definido que va mucho más allá de un plato de comida.

El área de cocina proyecta la producción de un Recetario Popular, que recogerá toda la experiencia aprendida en la gran tarea de alimentar a más de 100 personas por jornada; especialmente, las cantidades necesarias y menús más adecuados. Esto, comentan las trabajadoras, permitirá continuar con el trabajo en caso de cambios en el equipo y traspasar la experiencia a organizaciones más nuevas. A esto se suman próximos talleres de Higiene y Seguridad. En paralelo, el huerto comunitario crece gracias a los talleres Cultivando Comunidad, un esfuerzo local por la autodefensa alimentaria donde también participa la Iglesia Evangélica Luterana (Comunidad Luterana Renacer) que realiza clases todos los martes y jueves, con el fin de entregar conocimientos para que vecinos y vecinas puedan construir sus propias huertas en casa.

Por último, el área de acompañamiento vecinal ya inició su trabajo con un catastro, donde reunirá información de quienes acuden al Comedor Popular, recogiendo así datos respecto de su situación familiar, laboral, de salud y otros, de manera de buscar mecanismos de asistencia y solución a sus necesidades.

“Nuestro proyecto es pasar a llamarnos Centro de Acompañamiento Claudio Benedito, que sea capaz de, en esta tarea de construir comunidad y población, poder recibir a los vecinos y vecinas que están abandonados, y resolver aquellas cosas que el Estado no está resolviendo: asistencia psicológica o dificultades laborales y, al mismo tiempo, levantar demandas populares con mayor fuerza. Esta casa de acompañamiento involucrará en su trabajo a los mismos vecinos y vecinas que vienen a buscar sus comidas. El objetivo es que todos y todas nos hagamos parte de este trabajo, y que muchos más se motiven a colaborar en cada una de sus áreas”, detalló Daniela.

Llegan las cuatro de tarde, y las trabajadoras del Comedor Popular Claudio Benedito cuelgan los delantales. La cocina quedó limpia, los utensilios fueron almacenados y, esta vez, incluso alcanzaron a compartir un almuerzo a partir de las croquetas y ensalada sobrante. “Hay que hervir el agua antes”, dice Janira. “Y hay que usar 23 paquetes de fideos”, agrega Mariela. La jornada pudo ser frenética, pero sonríen. Apagan las luces, cierran la puerta de la sede vecinal 8R y caminan hacia sus hogares. La histórica casa vecinal de Boca Sur, un día más acogió, alimentó y dio trabajo a sus habitantes.

 

 

 

 

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