Fe en mitad de la crisis

Es un tiempo duro para los católicos. Abusos, encubrimiento, falta de confianza son conceptos que deambulan por las iglesias y sacuden con crudeza a víctimas de un sistema cerrado y casi intocable.  Cada vez se conocen más casos, y cuesta creer. Pero los laicos continúan con una labor que persiste y supera las condenas y las cifras. Siguen trabajando por su religión con un espíritu que sorprende y de a ratos conmueve. Aquí contamos su cruzada, su camino y la esperanza de renovar la fe sin estola ni sotana.

Por Loreto Vial / Fotografías José Carlos Manzo.

Invierno, julio de 2018.  Sábado en la tarde y en la redacción del diario digital Sabes.cl la decisión de publicar “aquella carta” se torna difícil, dependerá de que antes se confirmen muchos datos. El contenido del documento es tan dramático y grave que están obligados a contrastar todo lo que dice. Poco a poco fueron atando los cabos y sí, el relato era verosímil y el cura que allí culpaban de violación en 2002 tenía un historial digno de investigarse. Lo logran. Una muy buena fuente desde dentro de la Iglesia penquista se atreve y les confirma que el clero conoce la denuncia y que desgraciadamente poco (o nada) se hizo.

Con todos los antecedentes en la mesa, el equipo del periódico publica allí el doloroso testimonio de un padre, laico y católico, cuyo hijo fue abusado mientras permaneció en el Seminario Menor de Concepción. El texto aclara que denunció por las vías internas de la Iglesia, que no tuvo acogida alguna y que vive un calvario familiar a raíz de la falta de justicia. La denuncia abrió heridas, se volvió tema nacional y tomó protagonismo, aunque no forme parte  de los más de 150 casos que hoy investiga el Ministerio Público de abusos cometidos por sacerdotes en nuestro país.

Marcela Fuentealba y Eugenio Hernández.

“Fue una coincidencia. No sabíamos que la carta la habíamos recibido sólo nosotros, pero de alguna manera pensamos que hubo algunos aspectos clave. Ese día hubo una actividad de laicos, donde fuimos los únicos periodistas en llegar. Hablamos días antes de reportear el tema ‘abusos’, porque en Concepción no se conocían casos tan precisos. Y ocurrió esto”, explica Marcelo Ramírez, director del medio digital.

Situaciones como ésta tienen sumida a la jerarquía de la Iglesia en una profunda crisis de credibilidad. El abuso, pero más todavía, el encubrimiento, golpean a tal punto que las personas declaran que “la Iglesia”, entendida como el clero, es una de las instituciones menos creíbles del país.

La encuesta Latinobarómetro 2018 destaca a Chile como la nación de América Latina que menos confía en las iglesias como institución, no sólo la Católica. El estudio se aplicó a 18 países, midiendo la percepción de la población ante temas como la democracia, la política, la corrupción, la economía y la confianza hacia diversas instituciones, entre ellas la religiosa.

Sobre este último punto, sólo el 36 por ciento de los chilenos consultados dice confiar en las iglesias. Ese mismo informe revela que en la última década los chilenos que se declaran católicos bajaron de un 73 a un 45%.

Pero la Iglesia Católica es mucho más que el clero. Hay una admirable cantidad de laicos que trabajan por evangelizar y hacer crecer “la mirada de Cristo” en la sociedad, y que se han visto dañados, conmovidos y tremendamente afectados por los escándalos y la falta de empatía de la Iglesia hacia sus víctimas. Sortean la crisis con voluntad y la inspiración de su fe, pero coinciden en que no ha sido fácil. Evalúan que es más que un momento poco amable, que es el resultado de años de equivocaciones y malas decisiones eclesiásticas; pero el diagnóstico se agudiza también por las transformaciones sociales. Los casos de abuso y encubrimiento fueron “la gota que rebalsó el vaso”.

“Esto no es de ahora… La  jerarquía de la Iglesia Católica a lo largo de la historia ha sido excluyente, pero así también hay un montón de sacerdotes, religiosos y laicos metidos en las poblaciones, que trabajan con la gente con la mirada acogedora de Cristo que no pone barreras, ni distingue entre cultura ni raza”, dice Augusto Fuentes, vocero de la Red Laical de Concepción, quien explica que este movimiento tomó fuerza luego que se organizara la Red de Osorno.

“A raíz de la situación del obispo Juan Barros, la red de allá se organizó y hubo muchos laicos que viajaron desde aquí a apoyar. Así se empezó a tejer una red nacional. El gran objetivo es solucionar el asunto de los abusos. Pero al analizar lo que le pasa a la Iglesia, notas que el abuso es el resultado de una crisis mucho más profunda. Te das cuenta de que pueden sacar a los sacerdotes, pero que la estructura es la misma. Los laicos estamos trabajando para cambiar y renovar esa estructura y hacer una Iglesia más horizontal y sin clericalismos, que significa que el sacerdote no esté en una posición privilegiada ni superior al resto de los feligreses”.

Augusto Fuentes reafirma que la idea no es trabajar en forma paralela, cerrada o a oscuras, sino que abiertamente de cara a la Iglesia, y con el objetivo de ofrecer a las Arquidiócesis temas de formación, organización de foros, donde se puedan discutir temas delicados, que no se conversan a menudo, y con diferentes puntos de vista. Añade que se han reunido con autoridades eclesiásticas de Concepción para plantearles su visión sobre una nueva forma de hacer Iglesia.

Escuchar y acoger

Una percepción compasiva y centrada en el diálogo es la que tiene el matrimonio conformado por Marcela Fuentealba y Eugenio Hernández, coordinadores de la pastoral de movimientos y nuevas comunidades de la Arquidiócesis de Concepción. Escuchar parece ser la palabra clave en estos días, donde la falta de credibilidad es transversal en todas las instituciones. “Es verdad que hay una disminución de distintas creencias religiosas, y sería muy simplista decir que solo se debe a lo sucedido con la Iglesia. Los casos de abusos fueron la gota que rebalsó el vaso. Si uno mira para atrás siempre se han vivido temas de la continuidad o participación en la Iglesia, o que a la gente le cueste creer que se puede vivir en la fe. Esto es muy normal y muy natural”, comenta Eugenio. Marcela asiente y agrega que “las personas cuando tienen un dolor, sufren y existen en ese dolor, y lo que debemos  hacer es acoger. Nuestra labor como pastoral de movimientos es ir reanimando el fulgor de la gente en su fe y en su carisma, pero también acoger el dolor y sus pensamientos. Lo más importante es no abandonar, y seguir acogiendo hasta cuando sea necesario. No puede darse vuelta la hoja y seguir. Hay que escuchar”, enfatiza.

Sandra Herrera y José Luis Campos.

Reconocen que el territorio para la acción de los laicos católicos es duro y menos comprendido que antes, pero les anima lo que perciben en la comunidad, en la parroquia, donde hay mucha gente dispuesta a participar. Allí, dicen, “hay una actividad muy fuerte y al revés de lo que uno puede pensar, que hay un desencanto, hay mucho entusiasmo en los movimientos. Eso no significa que no haya disminución de las personas que están asistiendo a misa. Eso lo apreciamos, pero también tiene que ver con la fe individual. No se va a misa por un sacerdote… Estamos enfrentando dificultades y no sabemos cuándo van a terminar”.

Transparentar estadísticas

La Iglesia ha sentido una merma que es más estadística que realidad. Es la reflexión de Augusto Fuentes, quien estima que sí hay un impacto a la baja del número de católicos en Chile, pero insiste que la vida comunitaria en las parroquias se mantiene bastante sólida. “Lo que ha pasado en las estadísticas es que se ha transparentado el número de los que realmente son católicos practicantes. Quizás nunca hubo un 90 por ciento de católicos en el país. Hay una merma en números, pero probablemente sea de la gente que iba una vez al año a misa, que no eran practicantes de verdad. Creo que se han sincerado números que a lo mejor para la Iglesia nunca existieron. Nos decíamos católicos, nos casábamos o nos bautizábamos y nunca más aparecíamos en misa”, aclara.

Por eso los carismas y movimientos católicos están decididos a mantener más que nunca viva la fe propia y tratar de reanimarla en los que se han alejado del sistema.

José Luis Campos y Sandra Herrera están casados hace más de 30 años y se han dedicado, con su testimonio, a inspirar a las parejas a través del Movimiento Matrimonial en Concepción. La mirada que tienen como cristianos de lo que está sucediendo con la Iglesia es que se está transparentando una realidad que estaba oculta, pero que siempre existió.

“Nosotros creemos que la Iglesia ha errado mucho en cómo ha hecho las cosas. No solo de ahora, sino desde hace una cantidad importante de años. Esta realidad se está haciendo evidente, porque la gente y los laicos necesitaban dar un grito de auxilio por los abusos. Conocemos la situación, pero también nosotros aportamos a ella, porque hemos sido poco valientes para decirles a los sacerdotes que este camino de fe y participación religiosa no lo construyen ellos, sino que lo edificamos entre todos. Tenemos fe en que podemos salir adelante, en medio de este mundo confiamos en Jesús, que es el centro de nuestra vida. Seguir a un sacerdote, obispo, párroco, cardenal no es el camino, sino ver a Jesús en medio de este plan del mundo”, enfatizan.

Están conscientes de que es una labor ardua, pues las cifras son críticas y lo notan en sus reuniones. Antiguamente, asistían más de 30 matrimonios y quedaban parejas en listas de espera. Ahora, cuando llegan 15 matrimonios a una de sus citas es una cantidad para celebrar. “Esto pasa porque las personas han dejado de creer en la Iglesia, y esa es también una razón para que muchos se alejen de Dios”.

Vencer el lado oscuro

Carol Crisosto es laica, participa del grupo Mujeres Iglesia, en el área de Comunicaciones, entre muchos otros grupos. Le llaman a menudo para exponer en foros sobre temas conflictivos aportando su visión como cristiana católica y feminista. Ha acompañado también a víctimas de abusos eclesiásticos. “Se me parte el alma cuando la opinión pública cree que quienes conformamos la Iglesia somos todos culpables y cómplices de lo que pasa. Esta crisis fue provocada por la jerarquía eclesial desde su lado oscuro, donde lo sagrado entra a convivir con el abuso de poder, donde la hipocresía reina y se reviste de virtud”, reclama.

Dice que ha tenido que dar explicaciones sobre esta crisis, también ha recibido insultos por los encubrimientos, y que lo principal que trata de transmitir es que los laicos no son quienes han tomado esas malas decisiones. Más bien, replica, “hemos sido los últimos en saber”.

“En este escenario tan difícil es relevante estar del lado de las víctimas. Lo más importante es mirar desde su dolor, sus anhelos, sus reclamos y sus esperanzas. Eso sin situarse fuera de la Iglesia, y procurando cambios. El objetivo no es plantear cambios por una animadversión a la Iglesia, sino por un cariño profundo a ella, por querer que verdaderamente se reforme”, indica.

Augusto Fuentes coincide en ese punto. “Quienes hemos alzado la voz dentro de la Iglesia no somos francotiradores ni extremistas que queremos destruirla. Al contrario, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, en el que estamos todos incluidos. Pero el sistema en que el sacerdocio ha operado con encubrimientos, escándalos sexuales, abusos de poder con una preponderancia demasiado grande, ya no sirve. Hay que buscar otra forma”, explica.

El vocero de los laicos comenta que para fortalecer la red se han estructurado comisiones de trabajo que tienen que ver con el acogimiento de denuncias de abuso sexual, con la renovación de la Iglesia, la convocatoria y diversidad en la fe, y también con la difusión y comunicación de sus actividades.

Sandra Muñoz junto a Carol Crisosto, integrante del grupo Mujeres Iglesia.

En este último aspecto hay que realizar un trabajo enorme, porque hay una opinión pública sumamente sensibilizada por el tema de los abusos. “La cantidad de niños abusados, por sus padres, sus tíos, por padrastros, es tremenda y es una realidad de nuestro país. Pero el problema más grande que se presenta de la mano de la Iglesia es cuando se dedica a encubrir esos abusos. El victimario entonces ya no es un sujeto individual, sino que es la Iglesia”.

Notoriamente el abuso, el encubrimiento y la impunidad fueron alejando a las personas de la religión y generaron una deuda de la Iglesia jerárquica hacia sus fieles. Carol Crisosto reflexiona que la Católica es una Iglesia bastante cómoda y que, por ello, ha ido perdiendo mucha fuerza, vitalidad, capacidad de celebrar la fe, y de abrazar la vida más concreta y sencilla de la gente.

Las reformas para revertir esta situación, agrega, deben ser drásticas y profundas. Cree que la formación de los sacerdotes ha sido nefasta, pues no existe ninguna fórmula para dar cuenta de quién puede ser sacerdote en este país y, lo peor, con una política educativa muy centrada en ellos mismos, más que en la propia gente o en la evangelización. La laica explica que se debe hacer hincapié en cómo formar para una sana vivencia de lo afectivo y sexual, pues a su juicio estos no pueden ser simplemente temas tabú que no se tratan en la formación, o que se dan por superados con una sublimación. “Hay que formar personas muy maduras en la afectividad y sexualidad, y también pastores que sean capaces de trabajar con otros, aprender también a ser corregidos, a recibir aportes de los demás, a creer en lo que los otros pueden dar”, aseveró.

Encontrarse con una nueva Iglesia es un desafío de largo aliento. Augusto Fuentes dice que en la Red Laical están preocupados y activos para renovarla, saldando deudas históricas. Imaginan una Iglesia en que la mujer tenga igualdad de derechos, que sea acogedora e inclusiva. También que sepa transmitir la equidad de género y el tratamiento de las diferentes orientaciones sexuales y corregir la posición con los divorciados y separados. “Esa es la Iglesia que tratamos de buscar y que en algún momento se perdió”. Carol Crisosto agrega que hay que tomar el peso a lo oscuro, a lo tremendo de lo que esta crisis significa para los católicos y, a partir de ahí, ir encontrando luces y caminos nuevos.

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