Gigantes de Acero: ahora Stallone es un hombre de hojalata

La verdad es que no esperaba nada sobre una propuesta de robots que boxean a control remoto (en lo que va del año, ya había tenido suficiente con Thor y Los pingüinos de papá); sin embargo, al poco andar me dí cuenta que, al igual que Balboa, en Rocky I, esta postulante no venía a hacer el loco, pues tenía un par de derechazos que ofrecer.
La premisa de Gigantes de Acero es simple. El boxeo se ha transformado en un deporte de alta tecnología. Charlie Kenton (Hugh Jackman, el Wolverine de X-Men) sobrevive ensamblando robots de combate a mal traer, para utilizarlos en peleas de bajos fondos. Kenton también fue boxeador, aunque su tiempo pasó: cuando estuvo a punto de ser campeón, robots de 900 Kg y 2,50 metros de altura se apoderaron del ring, transformando la disciplina en un espectáculo brutal y destructivo. En este contexto, la caótica existencia de Charlie se verá sacudida tras reencontrarse con Max (Dakota Moyo), un niño de trece años que abandonó al nacer. Juntos, deciden entrenar a un viejo pero misterioso robot, lo que los llevará a una increíble y peligrosa aventura.
Gigantes de acero se inicia con un ritmo algo lento y cansino, pero a poco andar saca sus mejores cartas: peleas de robots llenas de acción y adrenalina (manejados por una suerte de joystick como si se tratara de un video juego en 3-D) y una historia eficaz en entretener y enganchar al espectador, al presentar un mundo que mezcla la estética de la lucha libre, de la mafia de pandillas y de un ambiente white trash que envuelve por estos tiempos a EE.UU: los chicos son más ambiciosos que sus padres, y todo el mundo obedece a un lucro descarnado e instintivo, donde las carteleras de espectáculo son dominadas por una sed de sangre y destrucción.
Sin embargo, el punto fuerte de esta película dirigida por Shawn Levy es la dupla que logra Kenton y Max. Por un lado, Wolverine-Jackman es sólido en su transformación de Han Solo 2.0 a padre buena onda, mientras que el niño Dakota Moyo confirma su estatus como futura estrella, gracias a su rol como un pendejo geek, astuto y entrañable, que en todo orden de cosas sabe más que su papá. Una relación difícil, que a más de alguien hará recordar desde momentos de Halcón (en lo que será la primera referencia a Silvester Stallone) e incluso de El Campeón. Atom, por su parte, es un robot humanizado de rasgos tiernos, que imita los movimientos y copia los recuerdos. Su relación con Max marca los momentos E.T de la película, lo que no resulta nada antojadizo si consideramos que tras la producción general están, ni más ni menos que las manos de Steven Spielberg, el decano de los padres disfuncionales. Ojo con la pelea final, cuyo desarrollo no es que se parezca a Rocky I: simplemente es Rocky I desde el principio al final.
En definitiva, si usted es un padre deseoso de pasar una entretenida tarde de matiné y quedar como un rey con su cabro chico, Gigantes de Acero es el dato perfecto.

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