GUAPETONES E INTELIGENTES

He hecho un listado a mi arbitrio. De cuatro varones que me parecen cautivadores. Cogito ergo sum. “Pienso, luego existo”, dijo Descartes. Porque no basta con ser guapo. La belleza es tan efímera como una mariposa resbalando por un hilo de luz. Estos varones son profundos, inteligentes abstractos o inteligentes emocionales. Quizás haya damiselas que no estén de acuerdo conmigo, pero es mi puñado de escogidos.
Eduardo Meissner Grebe. De ancestros germánicos, Eduardo tiene apostura y modales de lord inglés. Imponente. Su presencia ilumina tanto como su conversación. Cada vez que converso con Eduardo, sus palabras se instalan en mí, soberanas, eximias. Tan pronto estamos hablando de pintura, como de literatura o de poesía y el tiempo se hace fugaz, como vestido de aire. Una hora es un suspiro. Eduardo es mi maestro, qué duda cabe. Puede ser transgresor o delirante y apasionado en su oratoria y ensoñaciones. En una palabra, es inteligentemente seductor.
Guido Meller Mayr. Guapo, gentleman, sus ojos señalan un punto de encuentro intermitente más cerca de un pensador profundo que de un académico. O de ambas cosas. De conversación fascinante, las veces que compartí un café con Guido Meller me sentí como guiada hacia laberintos borgeanos. Con Guido Meller se puede conversar sobre los temas más alucinantes, metafísicos, multiculturales. Se advierte que es un gran lector, sin caer en la pedantería. Guido es discreto, no hace alarde ni estridencia de su sabiduría. Es un hombre que escoge la palabra precisa y a la vez distiende el ambiente con su encantadora sonrisa. No se pongan celosas, damas de U. San Sebastián. El alma del Rector pertenece sólo a la academia.
Tulio Mendoza Belio. Bello como todo poeta joven y vigoroso. Tulio siempre viste de negro. Lo ubico preferentemente entre espesuras de humo de cigarrillos y tintineo aromático de cucharillas en cafeterías precisas para una velada que puede transformarse en un hálito de “vita nuova”. En uno de sus poemas, así lo admite. “La música, la humareda, la cerveza, no tienen tiempo para máscaras. Aquí se goza la vida verdadera, sin “maquillaje”. Qué deliciosas tertulias sin máscaras he compartido con Tulio, mi “amici”, como me dice jocoso. Caigo en éxtasis cuando le pido un verso, que él desgrana desde sus bolsillos, escritos con tinta negra de amanecida: “Estaba claro, los cuerpos, espléndidos en su desnudez lo decían todo, cualquier otro gesto hubiese sido innecesario”.
El más guapo. No puedo revelar su nombre. Sólo lo conocí hace dos meses y quedé prendada. Preciosos ojos, límpidos, transparentes, que todo lo observan con especial interés. A pesar de su juventud, tiene ya esas cejas varoniles que denotan un carácter precoz. Y vaya que lo tiene. Cuando está plácido, mira con selecta atención. Quizás con un dejo de indiferencia, o inclina levemente su cabeza y parece pensar, aunque no lo dice ¿Qué estupideces me están diciendo? ¿Y por qué todo terminado en “ita” o “ito”, si yo lo comprendo todo? Quizás su único defecto es que puede abandonar su aura angelical en forma abrupta y someter a los que están alrededor a sus caprichos que deben ser satisfechos de inmediato. Otro defectillo. Usa pañales desechables y no tiene dientes. Es quien me ha robado el corazón. Misterio, misterio. También usa chupete y toma mamadera. Para los curiosos, ver www.baberoabuelachocha.com

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