Hay amores que domestican

por María Angélica Blanco

¿Quién no se ha reencantado con la vida al leer El Principito, de Saint Exupéry? Más que un cuento, es una alegoría sobre el imaginario infantil, donde habitan los sueños, las utopías y la mágica espontaneidad con que los niños entregan su amor. El principito vive en un diminuto planeta, en el que surge una hermosa relación de amistad con un zorro y una solitaria flor que ha germinado en ese pequeño asteroide.
El zorro le pide que lo domestique y el niño le pregunta qué significa la palabra domesticar. El zorro responde que simboliza crear entre ellos un vínculo que no se romperá jamás: “Tú serás para mí único en el mundo y yo también lo seré para ti. Si prometes que me visitarás mañana, desde que amanezca comenzaré a ser feliz”.
Lo mismo ocurre con la flor. Tras ser domesticada, el principito entabla con ella sabias conversaciones y acude diariamente a regarla. La flor es para él única en el mundo.
Aún cuando todos los niños despiertan nuestra ternura, existen pequeños seres que nos ensanchan el corazón con una emoción palpitante y desconocida. Cuántas veces escuchamos a nuestros amigos reiterar que la llegada de un nieto los había hecho florecer. Confieso que me causaban cierto tedio aquellos relatos sobre balbuceos, primeros pasos o la magia que los embargó al oír a esas creaturas pronunciar sus nombres. Yo pensaba que nunca me iba a obnubilar por un crío en una especie de embeleso bobo y empalagoso. Pero sí, claro que me ocurrió.
Me han domesticado. Nunca me logró domesticar a tal extremo el amor de un hombre. Pero, hay un niño -para mí único en el mundo- que me hace cometer hazañas y proezas que no intuí jamás. Levantarme de amanecer y sin una gota de maquillaje para ir a verlo, si es necesario. Aprender de memoria los nombres de su colección de trencitos. Los reconozco a todos y juego, tirada sobre la alfombra, con sus pistas, sus barreras, sus estaciones, cada vez que me lo pide ese ser exquisito, que apenas se empina en sus tres años y medio, pero que me tiene domesticada.
Los abuelos marcan a fuego. Me pregunto cuál debe ser su rol en estos tiempos. Somos más jóvenes o quizás, más joviales que los abuelos de antaño.
Pienso que nuestra misión es brindarles amor a raudales y enseñarles, que lo esencial es invisible a los ojos. A valorar la belleza, el encanto que encierra la naturaleza, la lectura, la música, a cuidar este planeta y a legarles una suerte de tesoro con un sello especial que los acompañe en la vida. Acabo de leer El Día más Blanco, de Raúl Zurita. Veli, sobrenombre de su abuela, es un personaje persistente en la poemática de Zurita. La Veli lo encumbró a ensoñaciones prodigiosas, como narrarle -siendo muy niño– el argumento de La Divina Comedia.
El poeta recuerda: “Lo que la Veli me trasmitió, cada una de sus palabras, están estampadas en un lago rodeado de árboles donde, mientras ella viva en mis recuerdos, nos reencontraremos”.
Sería como alcanzar el empíreo de Dante, el décimo cielo, si mis nietos me recordaran así.
 

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