Hijos del corazón una marca a hierro y fuego

No estuvieron en el útero, pero aman a sus madres y a sus padres de manera incondicional, aunque las ganas de saber “¿a quién me parezco?” los lleve a desentrañar sus propios puzzles y a escudriñar en las redes sociales. Y mientras coincidentemente con el Día de la Madre, el Servicio Nacional de Menores da cuenta de 660 nuevas adopciones en Chile en lo que va de 2012, conocimos las historias de las periodistas Francis Parra y Ximena Valenzuela, así como la de Romina Urquízar, una preciosa niña que también quiere adoptar para agradecer el ejemplo de sus padres Alberto y Tirsa.


Con un “¡recogida!”, uno de los amigos del vecindario trató de ofenderla por su condición de niña adoptada y ella, incisiva como es -tal como lo ha experimentado el mundo de la política donde esta periodista se mueve- le contestó: “Sí, pero fíjate que a mí me eligieron y a ti te aguantaron…”.
No más de 10 años tenía por ese entonces Francis Parra Morales y vivía con sus padres Gumaro y Aurora en Los Ángeles, quienes esperaban a que cumpliera los 15 para contarle de lo que ella ya se había enterado trajinando la libreta de matrimonio, interrogando a su profesora y preguntándose por qué ella no había heredado ni la voz preciosa de la madre, que cantaba a Violeta Parra, ni la peculiar nariz del padre. “Saber de quién había heredado estos rulos-dice, tirando de su cabellera negra- me obsesionaba”. A los 17 años, lo consiguió. Y aunque conoció a Lucila, su madre biológica, ella sigue adorando a ese par de viejos campesinos, ya fallecidos, que la criaron y educaron con firmeza pero en libertad.
Hace apenas un par de semanas, por Facebook, un amigo de la infancia le pidió perdón a Romina Urquízar Mora, una joven de 18 años, alegre y vivaz, por haberla tratado de “huacha” cuando niños, en Santiago. No le guarda rencor. “Yo valoro lo que han hecho mis padres, así es que, cuando grande, tengo pensado adoptar a un niño y entregarle tanto cariño y amor como lo he recibido yo”, dice esta estudiante, bien católica, que forma parte del coro de la Parroquia del Buen Pastor, en San Pedro de la Paz, y a quien, desde que llegó a Concepción hace 8 años, junto a sus padres Alberto Urquízar Wilson y Tirsa Mora Salazar, le cambió la vida.
Y la vida le cambió también a Ximena Valenzuela Cifuentes y a su esposo Braulio Cifuentes Cerda, los padres de Pía Esperanza, la niña de tres años que está con ellos desde noviembre del año pasado. “Diosito nos la mandó”, dice esta periodista, con el corazón todavía apretado al recordar que cuando fue en busca de su hija a la Novena Región e hicieron un gran cumpleaños a modo de despedida en el hogar, uno de los niños le dijo: “Y si usted es millonaria, ¿por qué no nos lleva a todos…?”
Para que “otros padres se atrevan”, como dice Tirsa Mora, secretaria de rectoría del Liceo La Asunción, en Talcahuano, mamá de Romina, tres familias accedieron a contar su experiencia en un tema sensible, que coincidió con el Día de la Madre, y que institucionalmente es considerada una posibilidad sanadora y reparatoria para quienes han sido vulnerados en su derecho a tener una familia.
La Ley 19.620, de 1999, regula las adopciones en Chile, y aunque éstas han ido en aumento, nuestros entrevistados piensan que más niños podrían llegar a tener nuevos hogares si se simplificaran algunos trámites: “Nosotros esperamos tres años para poder ser padres con el Sename y no uno, como se asegura, y así se lo representé a su director nacional, Rolando Melo”, dice Ximena Valenzuela. Y el matrimonio Urquizar-Mora piensa que el seguimiento institucional a los padres adoptivos debería hacerse desde el momento en que se atreven a dar el paso y no a partir del nacimiento del niño o niña. En una palabra, simplificar los trámites, hacerlos menos engorrosos para acortar los tiempos de espera que se hacen eternos.
Cifras oficiales revelan que en 2011 se registraron 660 enlaces -entrega de niños a padres adoptivos- en el país. De ellos 538 correspondieron a parejas chilenas y 122 a extranjeros. En 2012, entre enero y marzo ya hubo 114 adopciones: 98 a parejas nacionales y 16 a internacionales. La ley permitió revertir la tendencia de adopciones por extranjeros, especialmente italianos, que entre 1998 y 1999 significó que 3.676 niños y niñas salieran del país con fines de adopción contra 1.372 que se quedaron en el país.
Para adoptar es requisito ser mayores de 25 años y menores de 60 años; dos años de casados y haber sido evaluados como física, mental, sicológica y moralmente idóneos por el servicio o algún organismo acreditado para desarrollar programas de adopción.
Romina, quien aspira a estudiar Medicina (y especializarse en Oncología) el próximo año, cuando egrese de cuarto medio, llegó a la vida de sus padres cuando éstos ya llevaban cinco años casados y habían perdido a su primogénito por un derrame cerebral a una semana de nacido. Intentar un segundo embarazo era riesgoso y optaron por concretar el proyecto que nació en el pololeo: adoptar.
Cerca del Día de la Madre, iniciaron los trámites en la ex Fundación del Niño y siete meses después, un 24 de noviembre, nacía la niña. En estado de embarazo, como ya estaban en las clasificatorias, compraron la cuna y la guardaron en la casa de la abuela materna. El 2 de diciembre, un día antes del cumpleaños de Tirsa (42), les avisaron que habían sido padres y fueron a conocer a la niña.
Estaba en Santiago y ellos en Talca y “Alberto -cuenta ella- se apoderó de la guagua; lloraba y no quería soltarla”. El esposo (48), jefe zonal de Epysa, asiente: “Uno tiende a sobreprotegerlos”, dice y evoca que el 27/F, por ejemplo, Romina estaba en una pijamada en la casa de una amiga. “Todavía estaba temblando cuando salí a buscarla” y la niña cuenta a su vez que, en su desesperación, sólo quería estar con su padre.
“Nos saltamos el embarazo y el parto, pero uno se enamora de estos hijos que son del corazón, que llegan a dar tanta alegría, que nos permiten ser padres y formar una familia. Yo diría que hay una entrega mutua”, coinciden Tirsa y Alberto quienes, con el paso de los años, empezaron a contestar lo justo y necesario a la niña cuando empezó a preguntar de dónde había venido y a hojear la carpeta de su origen que siempre ha estado en su poder. Romina ha llegado a tener contacto por Facebook con la madre biológica, pero ya perdió interés por conocerla. “Tenía curiosidad, pero si estoy súper bien con mis papás ¿para qué volver al pasado”.
Desde pequeña, agrega la madre, “a todo el mundo le contaba que era adoptada y un regalo para nosotros. Nunca le ocultamos la verdad. Es más, le enseñamos a orar por su madre y a agradecerle todos los días el poder tenerla con nosotros”, agrega Tirsa.
La vida de los Urquízar, en San Pedro del Valle no ha sido diferente a la de otras familias. Hay penas y alegrías, reglas claras que cumplir, rabietas que manejar y discusiones adolescentes que zanjar. Hasta el día de hoy, cuenta Tirsa, Romina se mete a la cama de ellos, haciéndose espacio con un gracioso ¡permiso, permiso, permiso! y con una cascada de besos y abrazos.
Como un clon suyo -vivaz, conversadora y traviesa- describe a su hija la periodista Ximena Valenzuela, de quien dice, cuando se encontraron en un hogar de la Novena región: “Me vio y no se separó más de mí ni yo de ella”. Tres años tiene la pequeña Pía Esperanza y con ellos, en su pieza rosada, llena de juguetes y adornada con príncipes y princesas, en las Lomas de San Sebastián, desde noviembre de 2011; asiste al jardín infantil, en las tardes la cuida su abuela y ya les está pidiendo un hermanito de su misma edad.
“Fue el parto más mágico que alguien puede imaginar. Estábamos ahí, en una de las oficinas con los especialistas esperándola, cuando irrumpe y se nos tira en brazos; nosotros habíamos tratado un año de tener hijos, pero no hubo caso y los tratamientos resultaron ser carísimos. Decidimos adoptar y aquí estamos: felices”, cuenta Ximena.
Y agrega que ellos, como pareja esperaron tres años para ser padres y la niña, un año y medio hasta que fue declarada susceptible de adopción, o sea, que el tribunal agotara todas las posibilidades de contactar a familiares o lazos consanguíneos para hacerse cargo de la menor, antes de entregarlos a su nueva familia. “El trámite es largo con uno también, hay muchas entrevistas con los sicólogos y se meten mucho en el bolsillo de uno también”, dice.
Ximena todavía recuerda cómo iba vestida la pequeña el día en que la conoció, tras haber visto su rostro tres semanas antes en una fotografía pequeña y ella, a su vez, un álbum de quienes serían sus padres, en distintas etapas de sus vidas. “Usaba jeans oscuros, polera verde y un chaleco amarillo, zapatos de charol y un medio moño. Había unos lockers y ahí se guardaba la ropa para todos; dos guagüitas no tenían mamaderas incluso. Uno piensa que si se simplificaran los trámites o se agilizaran, no habría tanto niños sufriendo ahí”.
Y cuenta que el día que llegaron a buscarla, la niña hizo saber a los tíos del hogar que no iría al colegio y que desde ya le están contando que ella “no es hija de la guata sino que del corazón, que fue elegida de entre muchos otros niños porque Diosito nos la mandó”.
La gente -agrega esta madre- siempre piensa y destaca la generosidad de las parejas que adoptan, pero la verdad es que “es exactamente al revés. A Braulio y a mí nos cambió la vida y de esa vida relajada, de paseos, de un pololeo largo -diré- hoy somos papás reales gracias a ella: la Pía es nuestra prioridad ahora y la estamos disfrutando como nadie. Ya pasó la pena y ahora nuestra casa es pura felicidad”.
Con poco más de un año, desnutrida y con los mocos colgando Aurora y Gumaro hallaron a su Francis en Los Ángeles. La criaron y educaron -es licenciada en Educación, con mención en español por la UdeC , periodista egresada de la UCSC, y diplomada en Género por la UdeC- y ella los acompañó hasta el final de sus días. Primero falleció Aurora, a los 67 años, y la universitaria congeló su tercer año de periodismo para ir a cuidarla a Los Ángeles, y poco después del terremoto, a los 81 años, Gumaro, el gran abuelo que llegó a ser también para Diego Bastidas, su hijo de 10 años. Por entonces, la familia, incluido José Bastidas, el esposo y yerno, ya vivía en Concepción.
“Para esos dos viejos yo era el centro de sus vidas: mal criada, mal enseñada, pero les alegraba la vida. Y cuando discutía o daba cuenta de mis andanzas políticas en los años de universidad, mi padre me pedía prudencia y mi mamá agarraba su rosario y oraba con más fervor todavía”, cuenta con gracia esta profesional que se siente una mujer afortunada y que resume su historia en pocas palabras: “Lo que para mi madre biológica fue una terrible desgracia, para mí fue una bendición. Nunca la juzgué, porque mis padres, a pesar de ser mayores y campesinos, hicieron un muy buen trabajo conmigo, me bautizaron, hice mi Primera Comunión y Confirmación, vivíamos en casa propia y nunca nos faltó nada, aunque estudié con becas y crédito fiscal”.
Y ella no ceja de admirarlos al punto que siempre está renovando fotografías en su hogar. “Diego no puede olvidarse nunca del rostro de sus abuelos ni tampoco de la Lila, mi suegra”, dice.
Y reflexiona que sin la Aurora y Gumaro quizás qué vida habría llevado, pero tampoco condena como si fuera una telenovela a Lucila, la mujer que fue a conocer para preguntarle por el tránsfuga de su padre biológico. Casi por interés periodístico, admite. Y es que a los 17 años necesitaba saber a quién se parecía, porque ya a los 12, armando su propio puzzle, se había enterado que era adoptada.
“A ella fui a decirle que no se equivocó al darme en adopción; que a veces lo mejor para la madre no es lo mejor para el niño, pero que en este caso hizo lo correcto y que no volvería a tomar contacto con ella, por lealtad, hasta que mis padres ya no estuvieran”.
Y así fue.
Poco después del 27/F, reapareció en Los Ángeles llevando a Diego con ella. Francis (40) dice: “De cierta manera, la vida le devolvió una abuela a mi hijo. Hay feeling ahí. Cuando se vieron, a ambos les brillaban los ojitos, se tocaban como para comprobar que era cierto, que los dos estaban ahí. Y a los cinco minutos, Diego ya le estaba diciendo “abuelita…”
Para el Día de la Madre, Aurora, la mujer que le cantaba “Corazón de escarcha” en la cuna, tuvo su ramo de flores en el cementerio y Lucila, su llamado telefónico:
-¿Aló? Abuelita…

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