Historiador Armando Cartes Montory: La “chispa revolucionaria” llegó del sur

En el mes del Bicentenario presenta su nuevo libro “Concepción contra ‘Chile’. Consensos y tensiones regionales en la Patria Vieja (1808-1811)”. Una interpretación audaz y renovada de la independencia de Chile que ahonda en los aportes de Concepción al proceso revolucionario y en los conflictos entre esta provincia y Santiago, que las tuvieron al borde de una guerra.

libro-Armando cartes.jpgMarzo de 1812. A orillas del río Maule dos ejércitos acampan en tensa espera. Son miles de hombres en armas. El ejército del norte lo dirige un impetuoso joven de 26 años, soldado en las guerras de España, que ahora encabeza el gobierno nacional: es José Miguel Carrera. Al otro lado del río, un hombre mayor, casi un viejo para los cánones de la época, comanda el ejército del sur. Juan Martínez de Rozas, “el maestro y fundador de la revolución chilena”, según sus contemporáneos, más ducho con la pluma que con la espada, no se decide a trabar el combate.
¿Qué llevó a ambas provincias al borde de la guerra? ¿No fue la Independencia un conflicto entre chilenos y españoles?
Las respuestas a éstas y otras interrogantes se hallan en el interesante libro, recién salido de las prensas, del abogado Armando Cartes. Luego de una acuciosa relectura de las fuentes de la época ha elaborado una nueva interpretación de la independencia, desde la perspectiva del sur de Chile. Con abundancia de datos y cifras, va reconstituyendo la antigua provincia, en los días previos a la emancipación, para luego entrar de lleno a los hechos de la revolución, desde la perspectiva de los hombres del sur.
El libro se llama “Concepción contra ‘Chile’. Consensos y tensiones regionales en la Patria Vieja” y busca despejar varios mitos. En primer lugar, el mito de que Chile fue un país ajeno a los conflictos interprovinciales en los años de la independencia; enseguida, la falsa idea, construida tardíamente por la historiografía tradicional, de que la emancipación fue impuesta desde el centro, desde la junta de Santiago. La realidad es que la “chispa revolucionaria” venía del sur.
Así lo reconocían los primeros historiadores y lo sentían los que vivieron la época. Mucho más tarde se impondrá la imagen actual de un proceso centralista que luego se expande a las provincias.
En la época -describe el historiador- Concepción no tendría más de 6 mil habitantes, pues el grueso de la población vivía en el campo. No parece una ciudad muy poblada. Para valorar su importancia, sin embargo, hay que considerar que se trataba de la capital política y militar del sur, ciudad puerto con Talcahuano y sede de un obispado que se extendía desde el Maule a Chiloé. Lo más importante es que era capital de la provincia de Concepción, donde residía un tercio de la población del país; una zona que vivía un auge económico y que comerciaba directamente con Lima. Su primer intendente, Ambrosio O’Higgins, era nada menos que virrey del Perú. Podrá imaginarse el orgullo penquista.
– A la luz de sus indagaciones ¿Cómo vio la provincia de Concepción los sucesos de 1810?
-Como una oportunidad de consolidar su autonomía, conquistada en los años de la Intendencia y de participar en la constitución de un nuevo gobierno nacional, basado en la soberanía popular. Concepción quería una junta integrada por representantes de las tres provincias, (Santiago, Coquimbo, creada en 1811, y Concepción) y no un gobierno centralista.
-¿Cuál, diría usted, fue el aporte de los penquistas a la Independencia?
-Una contribución enorme. Los penquistas exigieron un Congreso, de manera de consolidar la representación territorial, idea que se impuso contra la oposición de la Junta; Concepción impuso también la libertad de comercio, que favorecía sus pretensiones de vincularse con Buenos Aires y Lima de manera directa. Como se sabe, además, muchos de los principales líderes de la revolución fueron del sur: Martínez de Rozas, el líder intelectual indiscutido del proceso y cabeza de la Junta; Bernardo O’Higgins, que de diputado por Los Ángeles asciende luego a Director Supremo; Luis de la Cruz, que jura la independencia en Santiago; en fin, Prieto, Bulnes, Freire, por nombrar sólo a los que ocuparon la primera magistratura.
-¿Cómo se explica la audacia política y el avanzado ideario de los hombres del sur por entonces respecto de lo que acontece hoy, donde no hay líderes prácticamente?
-Por las conexiones con los revolucionarios de Buenos Aires, que necesitaban un Chile rebelde, para proteger su propio proceso. Recordemos los vínculos de Martínez de Rozas, que era cuyano, con Belgrano y Castelli y del mismo O’Higgins, con Miranda, Álvarez Jonte y, luego de la Reconquista, con San Martín y la Logia Lautarina. En Santiago, en cambio, había más intereses comprometidos con los limeños y se recelaba de un rompimiento con el virrey.
-¿Cómo le fue a nuestra provincia en sus afanes revolucionarios? ¿Qué consiguieron?
– Al principio muy bien; Concepción operó desde Santiago a través de la Junta, en connivencia con los patriotas santiaguinos. Pero luego los moderados se aliaron con los realistas, dejando aislados a los patriotas más radicales; Santiago, además, nombró 12 diputados al Congreso en vez de los seis que le correspondían, actitud que el sur nunca aceptó, provocando agrios conflictos.
-¿Cuál fue la reacción de los penquistas ante tamaño desaire?
-Se vinieron al sur, formaron su propia junta de gobierno el 5 de septiembre de 1811 ¡esa es la fecha que debiéramos celebrar! y establecieron juntas en cada partido, que le juraron lealtad a Concepción. En otras palabras, Concepción formó un verdadero protogobierno de corte federalista, con el cual enfrentó los hechos posteriores.
-¿Qué ocurrió después?
-Irrumpe José Miguel Carrera en la política chilena. Recién llegado de España, se toma el poder y empieza a combatir a sus enemigos, aun al precio de aliarse con los realistas. Su política militarista y centralista es resistida por Concepción. Carrera cierra el Congreso y arresta a los diputados penquistas. El sur se levanta en armas para defender las instituciones republicanas y marcha hasta las orillas del río Maule… lo que ocurrió después hay que leerlo en el libro.
-¿Cómo diría que le fue a Concepción al final en la Independencia?
-Yo diría que bastante mal. Entra ella en un buen momento económico, político y demográfico. Pero las guerras se pelean en su territorio, se destruye su comercio y termina dependiendo de los comerciantes de Santiago y Valparaíso. El esfuerzo de los años previos de abrir rutas directas a Buenos Aires se frustra y la ciudad misma queda en ruinas. Muchos emigran para no volver.
La ciudad es ocupada alternativamente por realistas y patriotas en varias ocasiones. Cuando se piensa en la Reconquista tenemos la idea de Santiago, por la novela de Alberto Blest Gana, pero la verdad es que allí no pasó casi nada. En Concepción, en cambio, los patriotas estuvieron tres años presos en la Isla Quiriquina o en la misma catedral.
Muchos murieron tratando de escapar. Recordemos, por último, que mientras Santiago alcanza su liberación definitiva con la batalla de Maipú, en abril de 1818, en el sur continuará la cruel Guerra a Muerte, acompañada de hambrunas y violencia extrema, por toda la década de los veinte. En definitiva, Concepción pagó un alto precio por la libertad de Chile.
– Usted ya tiene varios textos de historia en circulación y ahora abre una nueva perspectiva que, de seguro, será resistida ¿Qué espera de este nuevo libro?
– Espero que se debata, que cause polémica. Junto a las interpretaciones tradicionales de la independencia, la centralista o clásica y la hispanista, instalada por Barros Arana y por Jaime Eyzaguirre, hay otras visiones que ven la emancipación como un conflicto de familias, entre larraínes y carreras y luego entre éstos y o’higginistas; hay también visiones económicas y liberales.
La mía es una perspectiva nueva, que estaba pendiente. Ya se ha estudiado la independencia desde las provincias en México, Perú o Ecuador. En Chile, en cambio, país de historiadores, era un enfoque pendiente. Me pareció que como penquista me correspondía ese desafío; nadie en Santiago lo asumiría. No es mi intención cambiar la visión de la historia, pero sí enriquecerla. Sobre todo espero que los penquistas, que tanto sufrieron con la emancipación, puedan reconocer los aportes de los patriotas del sur y sentir orgullo por ello. Si algo de eso se logra, me daré por satisfecho.

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