Indígenas y cultura

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Por Mario Ríos Santander.

Estamos de acuerdo con que según el nuevo orden mundial que regula las políticas indígenas, nosotros, los descendientes de indígenas europeos y de otras latitudes, por el sólo hecho de que nuestros ancestros abandonaran su condición de indígena en España u otros lugares, adquiriendo una nueva denominación -la de colonos- fuimos condenados de por vida a no tener ni un metro de tierra. Nada, porque la tierra en que hoy vivimos, algún día tuvo habitantes también llamados indígenas y, por lo tanto, ellos hoy son sus únicos propietarios. ¿Estoy equivocado? No. Es así. ¿Y podemos ser, después de un  tiempo, indígenas chilenos? ¿De cuánto tiempo? Misterio. ¿Y la propiedad ancestral, cuándo se adquiere?, ¿cuándo se termina? O no se termina nunca aunque no se desee (que puede ser).

Mis antepasados, indígenas españoles, se vinieron a Chile, me imagino, porque era posible crecer, desarrollarse y, a lo mejor, dejaron una “propiedad ancestral” en algún lugar de Castilla. ¿Quién la tendrá? ¿Otro indígena español?, porque si lo tiene otro indígena trasplantado también (un francés por ejemplo), lo podré ir a sacar, acogiéndome a la cláusula que protege la propiedad indígena y va a ser mía para siempre y, lo mejor, es que no le pagaré al gobierno ni un Euro por nada.

En realidad, viendo así las cosas, pareciera que todos los descendientes de indígenas españoles nos debiéramos volver a buscar nuestras tierras. Lo demás es estar perdiendo el tiempo. Es natural aspirar a algo de tierra, y allá reclamaré la que me pertenece ancestralmente, capaz que tenga un castillo en algún potrero.

Lo anterior, algo curioso, es una realidad. Lamentablemente no por los indígenas criollos, sino que por los indígenas que llegaron a las tierras americanas. Pero, ¿dónde se encuentra la diferencia entre unos y otros? Alguien dijo que: “La cultura es todo lo que se le agrega a la naturaleza”. Tal definición, que la acojo absolutamente, define estos mundos que se encuentran entre lo natural y lo cultural. Unos proclaman algo que acojo plenamente: “Nosotros defendemos todas las vidas”; otros, los de la cultura, nos hablan que “en mérito de los derechos humanos, todo ser es autónomo en sus actos”, como si sus nacimientos entre nosotros fueran un fenómeno científico y no natural. O peor aún, ese individualismo extremo que termina proclamando la teoría de los DD.HH. sea la razón de todo cuanto exista en las sociedades contemporáneas, marginando lo trascendente, su armonía, y más importante aún, el estado de paz, hecho que no tiene parangón entre los seres humanos al momento de definir el estado que más se acerca a la perfección en la vida humana.

Qué hay que hacer entonces. Bueno, recordar lo primario, conversar. Los seres, todos conversan, tiene formas distintas, pero todos lo hacen. Pareciera que es el momento en que los humanos también conversemos.

 

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