Infancia plena con estilo parental positivo

 

Paulina Spaudo Valenzuela,
Psicóloga Clínica Infanto-Juvenil.
Perito Forense Infanto-Juvenil.
Terapeuta de Juego.

 

Durante mayo y junio se celebraron el Día de la Madre y el del Padre, fechas que muchos de nosotros hemos festejado como rituales desde que tenemos memoria. Desde pequeños, nuestros regalos eran dibujos, canciones, bailes y hasta chocolates, los que con el tiempo fueron dando paso a tortas, desayunos, almuerzos y cenas compartidas. Todos presentes que buscan demostrar a nuestros padres, esos seres tan amados, el amor que por ellos sentimos, a la vez que expresarles nuestro agradecimiento por darnos la vida, criarnos y ayudarnos a ser quienes somos.

Pero, me preguntaba en estos días, ¿quiénes somos realmente? ¿cómo somos? ¿estamos conformes con cómo fuimos criados? ¿queremos o debemos mejorar, sobre todo en cuanto a nuestras propias prácticas de crianza? Y si es así, ¿de quién depende el ser “buenos padres”: de la sociedad, de nuestros padres, o de nosotros mismos?

La literatura indica que nuestra forma de ser sería el resultado de la combinación de nuestra “historia” biológica y la ambiental. Y que sería en este segundo aspecto, en el ambiente, donde estaría la clave de nuestro comportamiento, ya que la familia -inicialmente nuestros padres-, así como luego el colegio y, finalmente, la sociedad serían quienes tendrían la responsabilidad de convertirnos en seres humanos sanos, felices, buenos y productivos. Pero, ¿ocurre realmente así? ¿sucedió eso con nosotros? ¿son nuestros niños y niñas criados “sanamente” para llegar a convertirse en adultos buenos y felices? La respuesta es que lamentablemente no.

En mayo de 2021, Unicef entregó un informe internacional en el que refería que al menos dos de cada tres niños en la mayor parte de los países del mundo son tratados con prácticas de crianza donde la violencia física y psicológica aún están vigentes.

Otro informe de la misma agencia declara que nos encontramos en una época de transición cultural en cuanto a competencias parentales se refiere y que, si bien se ha avanzado en el conocimiento de nuevas y mejores formas de criar, un 53% de los padres aún sigue utilizando la violencia como forma de comunicarse con sus hijos. Al parecer, no han entendido que -como ya está hace años demostrado- esta mala práctica tiene un profundo impacto en los niños y deja secuelas en su desarrollo emocional, cognitivo y social.

Es entonces nuestro mayor deber -como personas adultas y conscientes, y sobre todo como padres- tomar conocimiento de que existen nuevas y mejores maneras de criar, y de que sin lágrimas, gritos, descalificaciones ni violencia de ningún tipo es más probable formar seres sanos y felices.

Aún hay mucho por hacer, y es ahora el momento de comenzar. Erradicar el maltrato en todas sus formas no solo dará pie a una mejor sociedad, sino que también permitirá a todos -y no solo a algunos- celebrar con justa razón los días de la madre y del padre, y a nosotros -como padres-, sentirnos orgullosos sabiendo que formamos a nuestros hijos de la mejor manera que pudimos, y que merecemos ese homenaje que ellos nos dedican cada año.

Finalmente, no olvidemos que los niños y niñas aprenden desde la observación de las conductas de los adultos de su entorno, y que cada una de nuestras acciones es vista y evaluada por ellos, para luego replicarlas en sus propios contextos. De ahí la importancia de ser un buen padre, un modelo positivo. Firme, pero siempre amoroso.

Entonces, papá o mamá, anímense a criar de manera positiva, sin castigo y sin violencia. Y si ustedes mismos sufrieron malos tratos en la infancia, atrévanse a cambiar las prácticas de sus padres o cuidadores, infórmense y aprendan nuevas formas de educar. Tomen conciencia de que de eso dependerá en gran medida que sus hijos e hijas disfruten de una adultez plena, desde el amor y el respeto, y que en el futuro repliquen lo vivido en sus propias familias. Con esto aseguraremos la generación de una sociedad más justa, donde las personas desplieguen su existencia y convivencia con otros desde el amor, la empatía, la solidaridad, la comprensión, aumentando así la sensación de plenitud y prosperidad en nuestras comunidades.

 

 

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