Javier Santamaría Claramunt: Una vida dedicada a la música

50 años cumplió Javier en la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción, elenco al que se incorporó el 2 de enero de 1969. En ese entonces, a los 21 años, jamás pensó que se transformaría en uno de los más destacados cellistas de la Región, ni que dedicaría gran parte de su vida a la formación de nuevos talentos.

Gran parte de los recuerdos de niñez de Javier Santamaría Claramunt están ligados a la música. A su padre, cantante de coros polifónicos durante 17 años, lo recuerda entonando tangos de Gardel, y a su madre, tocando el piano. También recuerda a sus hermanos, fanáticos del rock y el jazz, y las clases particulares de piano que tomaban.

También, con nostalgia, rememora las palabras de su madre, que le hicieron comprender que tocar un instrumento es un arte: “Las personas que se dedican a la música no pueden ser personas malas”, le decía. “Esto porque a través de la música comunicas cosas y entregas mucho de ti mismo… y alguien que da mucho al resto no puede ser mala”, explica.

A los 13 años quiso incursionar en la flauta traversa, pero se encontró con que no existían profesores que lo enseñaran. Al año siguiente, al saber que había llegado a Concepción, a la Sinfónica de la Universidad, un profesor de cello, decidió que quería aprender a tocarlo, incentivado por su padre.

Fue así que se matriculó en esta clase, y comenzó sus primeros estudios musicales formales. “Recuerdo que éramos muy pocos alumnos. Me imagino que se debía a que, en esos tiempos, no existía la motivación por tocar instrumentos orquestales”.

A un año de comenzar esos estudios, Javier ya era capaz de tocar la primera Suite de Bach. “Cuando tienes la motivación y el interés necesarios, avanzas muy rápido”, argumenta.

Tras muchos años de estudio, el 2 de enero de 1969 Javier Santamaría se incorporó como cellista a la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Concepción, donde se mantiene hasta hoy.

En 1982, ante la decisión de la Universidad de cerrar el Departamento de Instrumentistas de la carrera de Música UdeC, junto a algunos compañeros de la Orquesta decidieron arrendar una casa e iniciar una escuela. “De inmediato se nos ocurrió que queríamos enseñar de una forma distinta a cómo habíamos aprendido nosotros, haciendo a los alumnos tocar mucho, y traspasándoles la teoría a través de la interpretación de los instrumentos”. Comenta que uno de los grandes logros de ese grupo fue presentarse en el Teatro Colón, de Buenos Aires. “La gente decía que eran niños que tocaban como maestros”, recuerda.

En este afán permanente de acercar la música a las personas, sobre todo a los niños y jóvenes, hace 25 años junto a su compañero de Orquesta y amigo, el Maestro Américo Giusti, formaron la primera orquesta de jóvenes en Curanilahue, que más adelante fue llamada Orquesta Sinfónica Juvenil de Curanilahue, la que hoy tiene gran reconocimiento. “Eran niños que prácticamente no habían visto un cello en sus vidas. Yo les dije: ‘Si trabajamos duro, vamos a poder viajar’, y ellos creían que yo estaba loco”, recuerda Javier, entre risas. Y así fue, pues llegaron a tocar en el Palacio Real de Madrid y en Berlín.

El cellista también ha sido parte de proyectos de formación de orquestas en Laja y Barrio Norte. Asimismo, ha trabajado con niños con capacidades diferentes del centro de la Teletón aunque, prioritariamente, ha destinado su enseñanza a menores en riesgo social, hijos de presidiarios, o a aquellos que viven en ambientes vulnerables.

“Siempre me preguntan: ¿Cómo haces para lograr que se concentren tanto? Y yo les digo que es la disciplina de trabajo, porque esto es un protocolo: sentarse, tocar y estudiar. Cuando tocas, trabaja todo el cuerpo, la vista, el oído, los músculos y las emociones”, dice. También señala que implica un gran cambio en la vida de los niños, a quienes se les abren nuevas opciones. “Ya sea que se dedican a la música o no, cambia su pensamiento, el de ellos y el de sus familias, y eso es motivante. Después me los encuentro en la calle, hechos unos profesionales, y me abrazan con cariño”, reconoce.

Para Javier, la clave está en ser constante. “Hay niños que me dicen: ‘profe, quiero estudiar con usted’, y les respondo: ‘pero yo soy caro’. Cuando los veo asustados, les digo: ‘el precio es estudiar todos los días’. Ése es un alto precio, muy duro y muchas veces agotador”.

Javier Santamaría cumplió cinco décadas como cellista en la Sinfónica UdeC, mérito que fue celebrado por la Corporación Cultural Universidad de Concepción en una íntima ceremonia realizada en el Teatro UdeC. A este homenaje asistieron integrantes de la Orquesta, amigos del músico y funcionarios de Corcudec encabezados por su gerente, Mario Cabrera, además de Claudia Muñoz, Vicerrectora de Relaciones Institucionales y Vinculación con el Medio de la Universidad, además de presidenta del Directorio Corcudec. Todos destacaron su profesionalismo, y compromiso en la formación de nuevos músicos.

Javier reconoce que, a pesar de iniciarse muy joven en la música, aún lo emociona y sigue descubriendo nuevas cosas en cada pieza. “Puedes tocar una sinfonía 30 o 40 veces, pero siempre es diferente. Siempre te vas a emocionar y te vas a conectar con la obra de forma distinta”.

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