Jazz con ritmo penquista

Es un género asociado a la intelectualidad, pero que a pesar de ese prejuicio ha tenido una trayectoria interesante en Concepción. En locales de la ciudad, como el ya extinto Metropol, Quijote o en la Casa del Deporte se reunían músicos aficionados en la década de los ’50 a tocar jazz. Otros lugares como la Universidad de Concepción y el Cecil Bar, al alero del Hotel del mismo nombre, cumplieron un rol importante en la difusión de este género que nació a finales del siglo XIX en Estados Unidos. Hoy su desarrollo es menos aficionado y sigue viviendo.

jazz-IMG_7151Concepción no sólo da espacio al rock and roll, también a otros géneros, y el jazz es un buen ejemplo. Las primeras agrupaciones que lo cultivaron en la ciudad datan de la década de los ’50. Si bien se inició como una actividad de aficionados, hoy tiene un desarrollo mucho más profesional.
La historia de cómo el jazz llega a Chile se remonta a la década de los años ‘20, cuando el compositor de música docta, Pablo Garrido, desarrolla este género en las ciudades de Viña del Mar y Valparaíso. Fundó su Royal Orchestra en 1924 y dirigió la orquesta de jazz del Casino de Viña del Mar. Siempre estuvo ligado a la vanguardia musical y difundió el jazz en los ambientes más bohemios de la época, entre músicos, pintores, escritores y marinos, quienes en adornados salones disfrutaban y bailaban al ritmo de los sonidos del saxofón, trompeta, contrabajo o piano.
A Concepción la llegada del jazz fue más tardía -se tienen antecedentes de la década de los ‘40-, y lo hace a través del alegre estilo Swing. Los clásicos de Benny Goodman con su “Sing, sing, sing” y un frenético Gene Krupa con su solo de batería hacen ‘retorcerse’ a los penquistas de la época.
En la ciudad, el jazz comienza a germinar de manera aficionada, siendo sus cultores, en su mayoría, estudiantes universitarios que no estaban dedicados a la música en forma profesional. Aunque hay excepciones, como Mario Escobar, quien fue primer clarinete de la Orquesta Sinfónica, hasta que se decidió por el jazz. Llegó a tocar con el mismo Tonny Bennet y con Frank Sinatra. Para que músicos como Escobar lograsen esto y hubiese un desarrollo jazzístico en Concepción, la Universidad de Concepción resulta clave como institución, tal como explica el docente e investigador de ese mismo plantel, Nicolás Masquiarán: “El jazz ha estado siempre vinculado a la UdeC o, por lo menos, durante una buena parte de su historia local, ¿por qué? porque el peso que ha tenido esta universidad como columna vertebral de la vida de Concepción hace que por mucho tiempo se la percibiera como el espacio que debe proporcionar las facilidades para el desarrollo de cualquier tipo de instancia de índole cultural en la ciudad”.
 

El Club

En este panorama aparece el Club de Jazz de Concepción, fundado oficialmente en 1957, por el mismo grupo de aficionados -formado principalmente por comerciantes y estudiantes universitarios- que, desde hace ya varios años, venían reuniéndose, sin oficializar el Club, para tocar o disfrutar de este cadencioso ritmo.
Dentro del Club, una figura clave es el trompetista Sergio Rojas. “El Checho”, como le apodaban, comenzó a tocar por el año 1945, mientras era estudiante del Colegio Salesiano de Concepción. En ese entonces, tocaba todo lo que podía, desde bugle a trombón y caja. Finalmente, se quedó con la trompeta. Luego, con sus amigos Sergio Bustos, Edgardo Oyarce y Jaime Caffarena fundó el Club de Jazz de Concepción. Para lograr la concreción y el apoyo al Club, se contactaron con el arquitecto Edmundo Wuddemberg, quien tenía un programa radial donde se escuchaba mucho jazz. Wuddemberg era un aficionado a este estilo y contaba con una gran discoteca. Fundaron el Club en el Centro Español de Concepción y rápidamente tuvieron el apoyo de la Universidad de Concepción, pues  el rector que había en ese entonces, David Stitchkin, era un aficionado de este género.
Su primera presentación en público la hicieron con el nombre de Windie City Dixie, y desde ahí no pararon. “El Club se juntaba a ensayar en el subterráneo de el ‘Ombligo’, que se encuentra en el Foro de la Universidad de Concepción. Allí había unas cincuenta butacas, un piano y una batería”, cuenta Ramón Cifuentes, jazzista y un miembro activo de la clásica banda Cap Swingers, de la capital penquista.
Tal es la relevancia que alcanzó el Club de Jazz que, gracias a él, se dio la posibilidad de realizar el primer festival de jazz en Concepción, en 1956, y luego le siguieron otros, hasta 1965, que se caracterizaban por tener mucha audiencia y excesivo “dixie”, un estilo derivado del jazz que proviene de Nueva Orleans, que es bastante bailable. “Venían músicos extranjeros y eran festivales grandes. El primero fue organizado en el teatro de la Universidad de Concepción, pero los cuatro siguientes se hicieron en la Casa del Deporte. Convocaban mucha gente”, cuenta el musicólogo Nicolás Masquiarán.
 
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Los Cap Swingers

Pero si hay que hablar de historia y tradición, no se puede dejar de mencionar a un grupo que hasta hoy sigue vigente: los Cap Swingers, agrupación que nació en 1950, el mismo año en que se formó Artistas del Acero. Y una figura clave en esta banda, e integrante fundador, es el saxofonista Diógenes Alarcón, jazzista empedernido que no paró de hacer música hasta el día de su muerte. “El negro”, como también le apodaban, llegó desde Antofagasta a trabajar al taller de soldadura de la usina. Desde pequeño tuvo una formación musical, pues su padre le regaló un violín cuando tenía nueve años. En sus tierras, muy lejanas de Concepción, tuvo una incursión musical con su banda Blues Serenaider, que se encargaba de amenizar las frías noches nortinas. Lo mismo hizo el también nortino Juan Orrego, otro de los fundadores de Cap Swingers.
La gracia de los Cap Swingers o Dixieland Jazz Band de Concepción, como también se les conoce, es que tomaron el estilo dixieland que es mucho más clásico y cuyos orígenes se remontan a la década del ’30, en Chicago. “Son pocos los grupos que pueden mantener este estilo, porque en los tiempos modernos se empieza a generar una cantidad de músicos que investiga sobre el género y se vuelca al jazz más moderno, contemporáneo, y ahí surgen figuras como Marlon Romero, Ignacio González y otra gente que se ha incorporado al desarrollo del jazz en la Región”, explica Arnoldo Weber, Gerente de la Corporación Cultural Artistas del Acero.
Los Cap Swingers ensayan cada lunes en Artistas del Acero ininterrumpidamente. La agrupación se ha convertido, además, en un semillero para jóvenes artistas que se interesan por el jazz.
Ramón “Moncho” Cifuentes sabe muy bien lo que es estar continuamente en una banda. Partió como trompetista pero después se quedó con el trombón, instrumento que toca desde la década de los ’60. Su vida está rodeada de arte. Cultiva muy bien la pintura y la música, pero su profesión tiene que ver con los números. Es ingeniero comercial y contador. Rememora que partió a los 17 años en la escena jazz con una pasión que quiere despertar en las futuras generaciones: “En esta Dixieland Jazz Band de Concepción muchos de los músicos que están hoy haciendo jazz moderno han tocado con nosotros. Hay una serie de muchachos, jóvenes, que se han incorporado y hacen bastante. También hay una cierta cuota de simpatía de parte de los viejos”, dice “Moncho” Cifuentes.
 
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Los modernistas

Es 1965. En Chile ocurre un terremoto con epicentro en La Ligua, la guerra de Vietnam sigue en curso y ese mismo año muere un legendario pianista del jazz, Nat “King” Cole, dueño del clásico tema Mona Lisa, entre tantos otros. También en esta misma fecha se realiza el quinto Festival Internacional de Jazz, organizado por la Universidad de Concepción. Al evento asistieron agrupaciones de Santiago, Buenos Aires y Montevideo. 1965 además es importante porque se comienzan a ver nuevas tendencias. “Empiezan a aparecer muchachos jóvenes como Eugenio Urrutia, que venía del Club de Jazz, tocando contrabajo; Moncho Romero, el hijo de Ramón Romero, que tocaba piano, batería, contrabajo, y Alejandro Espinosa… y así aparece en Concepción un grupo de jóvenes que renueva la escena del jazz moderno”, recuerda Moncho Cifuentes.
Y sobre jazz moderno tiene mucho que decir otro hijo de Ramón Romero, Marlon, quien, con su Academia de Música y Danza, conoce bien de la escena del jazz penquista. Viene con la música desde pequeño, y dice que así se inculca el jazz, porque es una pasión diaria. Como músico y divulgador de este estilo se ha ganado un puesto, pues lleva 12 años organizando los festivales de jazz en Concepción, los mismos años que tiene su academia formando a jóvenes músicos que se acercan a su escuela, principalmente porque se encuentran atraídos por este género: “El ochenta por ciento de los chicos que viene acá es jazzista”, asegura.
Marlon Romero también está seguro de que las nuevas generaciones de músicos de jazz son cada vez mejores. Muchos de ellos ya hacen sus propias composiciones y algunos están radicados en el extranjero. Sus hijos, Marlon y Carla, son ejemplos claros. “Nuestros hijos tienen un nivel más académico, ligado al desarrollo clásico del instrumento (…) Primero deben aprender a tocar el instrumento y después comenzar con el jazz. Ellos tienen 30 años ahora, son grandes músicos y muy superiores a nosotros cuando teníamos su misma edad”, cree el músico.
Este desarrollo, a juicio del artista, se ha visto incrementado con las nuevas tecnologías. La era del Internet, en ese sentido, ha ayudado mucho. La formación, además, antes era más autodidacta. Marlon Romero recuerda que en su juventud tenía que ir al Hotel Cecil a escuchar música, porque allí su dueño, Jaime Santamaría, hijo del actor Vicente Santamaría, tenía una gran colección de discos importados. En esos tiempos, el hotel era el centro de la bohemia penquista, y allí se reunían actores del Teatro de la Universidad de Concepción y aficionados al jazz, incluso el poeta Pablo de Rokha se hizo presente en los salones del Cecil. “Ahí llegábamos nosotros a escuchar discos de jazz. También estaba la revista Down Beat, especializada en temas de este género”, cuenta Romero.
 

El contrabajo de Rodrigo

El contrabajista Rodrigo Álvarez es parte de la nueva generación de músicos jazzistas. Estudió en la academia de Marlon Romero y participó en la Dixieland Jazz Band de Concepción. Desde siempre le gustó el jazz. Y a pesar de que admite que su formación “no es tan de escuela”, ya se encuentra grabando su segundo disco. Él también se encarga de componer las melodías y con su primer trabajo, Creciente, fue nominado en 2012 a un Premio Altazor. Hoy está concentrado en su nuevo trabajo, que llevará el nombre de la misma ciudad que lo ha visto desarrollarse, quiere traer al goce sonidos jazzísticos con mucha influencia negra.
Sobre la llegada que tiene la música jazz o sus creaciones sonoras en los penquistas, cree que todavía el público que gusta de este estilo musical es selecto, pero que con el arribo de estudiantes a las distintas universidades de la Región, se abre una buena posibilidad, pues a los jóvenes parecen gustarles cada vez más los sonidos que salen de un contrabajo, saxofón o piano. “Lo bueno de la música es que dentro de todas las disciplinas artísticas es la más masiva. Tiene una concepción de reunión”. Y esa capacidad de reunir a un grupo de personas, en este caso en torno al jazz, ya lleva más de 70 años en Concepción.
 

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