Jorge Fábrega: “Las prácticas que teníamos para resolver nuestras diferencias de vida en común ya no funcionan”

El economista, sociólogo y doctor en Políticas Públicas de la U de Chicago, asegura que uno de los mayores cambios que tuvo la sociedad chilena desde el 18/O fue en la manera de resolver conflictos. “Las estructuras verticales tan enraizadas en la población ya están haciendo mella”, Esas formas de autoridad colapsaron, pero ello no se ha traducido en nuevos equilibrios sociales. ¿Las soluciones para el descontento de la población tras el estallido? “Estas no se verán antes de una década”, responde.

”Nadie tenía un modelo para predecir que el 18 de octubre del 2019 ocurriría un estallido social”, dice el economista, sociólogo y académico del Centro de Investigación de la Complejidad Social de la UDD, Jorge Fábrega. Sin embargo, sostiene, el diagnostico sí estaba: “Habíamos estudiado el fenómeno de la creciente polarización que se observaba desde antes de esa fecha e incluso lo habíamos documentado”. Y así como se analizó ese variable en el centro UDD, otras organizaciones dedicadas a observar el fenómeno social estaban realizando lo mismo. “Nos juntamos y, dijimos, efectivamente estaban todos los elementos: la vulnerabilidad de la población, los bajos niveles de confianza, la crisis de autoridad, y en octubre lo que sucede es que se produce una tormenta perfecta que los juntó todos en un minuto y se generó esta explosión social”.

El fenómeno en Chile, expresa, sería un proceso retrasado de crisis institucionales que se vivieron antes en otros países. Y anticipa que si queremos ver hacia dónde va el sistema político chileno, debemos poner el foco en Perú, y ver cómo allí se está desgranando el sistema de partidos políticos.

Referente al malestar que se venía acumulando en Chile, y que se expresó en el estallido, sostiene que su solución ya no puede venir de las reglas y de las prácticas que teníamos antes del 18/0, porque lo que se mostró finalmente fue que esos modos de la vida pública fueron los que quedaron deslegitimados e incapacitados para resolver el problema. Los símbolos de la autoridad que existían y los mecanismos de representación colapsaron, y fueron incapaces de guiar con las mismas prácticas un camino para el conflicto social. “Ese malestar no se solucionó y tuvo que construirse una nueva vía, que se inició el 15 de noviembre, para intentar buscar una salida”.

-¿Y en qué etapa estamos?

“Estamos aún en medio de un proceso que no será breve. Lo único que se puede asegurar es que esta etapa no se acabará el día del plebiscito de Salida (cuando se vote si se acepta o no la propuesta de constitución de la convención). Eso será el inicio de un proceso que probablemente se extenderá por más de una década. Va a venir un nuevo gobierno que no sabemos si durará el tiempo que en teoría debería durar, dadas las reglas que eventualmente salgan de la constitución. Y ese gobierno tampoco tendrá demasiados recursos para enfrentar las expectativas de la gente, por fenómenos como la inflación o el nivel de deuda que ha ido creciendo en el país. Entonces, los niveles de frustración que estarían germinando pueden llevar a distintos caminos. Como todo quiebre social, esto hay que mirarlo con calma, porque recién se podrá hacer una interpretación en unos cinco o seis años más”.

-¿Estarán los chilenos dispuestos a esperar tanto para que solucionen los problemas que hoy los apremian?

“La pregunta sería cómo se solucionará ese ‘no pueden esperar’, porque eso puede abrir tres caminos en el país: uno revolucionario, algo así como arrasemos con todo. Otro es devuélvanme lo que teníamos, y eso sería un camino reaccionario, y el tercero, transformemos todo institucionalmente, y aquello sería un camino más institucionalista. Cualquiera de ellos es viable en Chile, y hoy no tenemos herramientas suficientes para ver cuál de ellos se va a seguir”.

-¿El trabajo de la convención constituyente es el que nos acerca a la vía institucional?

“Hay una breve senda que nos hace ser optimistas para el camino institucional, que es el camino de la convención constituyente, y eso es porque en ella están representadas una mayor diversidad de voces de lo que era antes el debate público chileno. Y eso puede terminar construyendo un espacio de mínimos comunes, pero aquello no está garantizado. Recién vamos a ver si es posible cuando empiece el debate de los contenidos”.

“Para algunos, deliberar es hacer cocina”

-¿Cómo cambió la sociedad chilena desde el estallido social?

“Hemos cambiado en la forma de resolver los conflictos, por ejemplo, pensemos cómo era la forma habitual de abordarlos antes, especialmente de quienes pertenecían a algún tipo de elite. Esa manera estaba basada en una forma de autoridad dada su pertenencia a cierto grupo, y era una convención aceptada porque así se hacían las cosas en Chile. Ese camino ya no está. Algunos aceptaron esto a regañadientes, otros, con mucho entusiasmo, y hay quienes todavía están en negación. Y va a ser a estos últimos a quienes más les va a costar cambiar”.

-¿La idea es que las soluciones a los problemas ya no vendrán desde quienes están ´arriba’ y tampoco serán aceptadas sin contrapeso por quienes están bajo ellos?

“Metafóricamente hablando, Chile sigue siendo una tierra fértil para patrones de fundo a todo nivel. En la macropolítica, en la macroempresa, pero también, del microempresario respecto de sus empleados y de estos últimos respecto de sus hijos. Esa estructura vertical que está muy enraizada en la población ya está haciendo mella por todos lados, y se quebró en todos los niveles: en el económico, representado por la idea de un empresario abusador, por las colusiones o conflictos de intereses. En lo del político que hace leyes que no me priorizan a mí, sino que a quienes lo financiaron, y hasta en el aspecto espiritual, como sucede con la crisis de las iglesias que encubrieron abusos. Todas esas formas de autoridad colapsaron, pero eso no se ha traducido en nuevos equilibrios sociales. Eso estamos construyéndolo todavía, porque seguimos siendo los mismos, con las mismas desigualdades materiales, de oportunidades o de conocimiento que, simplemente, nos hemos dado cuenta de que las prácticas que teníamos para resolver nuestras diferencias de vida en común ya no funcionan”.

¿La polarización que hoy estamos viviendo se hace más notoria porque estamos en un año electoral, o así quedó tras la crisis social?

“En particular, este tema lo he estudiado y tengo mi propia hipótesis. El proceso de polarización en Chile parte a mediados de la década del 2000, con la pérdida de enraizamiento de los partidos políticos, que dejan de tener bases ideológicas, ya que empiezan a funcionar más por las lógicas de cómo se financiaban que por las lógicas de representación. Dado aquello la ciudadanía empezó a canalizar sus demandas con una movilización social desestructurada y no articulada en bases de partido. Y ahí es donde surgen grupos que son los que empiezan a repolitizar a la población, pero fuera de los partidos. En tanto, estos últimos tratan de resolver los problemas radicalizando sus posturas, y eso polariza a los que participan de la política pública”.

-¿Qué tan generalizado es esto?

“No sucede tanto con el ciudadano de a pie. Ese se junta con el que piensa distinto y echan la talla, pero los que participan del debate público se empiezan a radicalizar, y eso con el paso del tiempo se va transformando en una radicalización moralizada, porque empieza a importar poco el debate de las ideas, y se empieza a actuar por la pasión del grupo. Así es como llegamos a hoy, donde debate público se trata de aleonar a los míos, y que el del frente deja de ser un adversario político con el cual delibero, porque para algunos, deliberar es hacer cocina, es ser blando, ser amarillo o no estar por los cambios y por la defensa de los que quieren destruirlo todo. Esas visiones se empiezan a polarizar y eso viene mucho antes del estallido social”.

El 18/O, ¿un día violento?

-¿La violencia que se vio en el segundo aniversario del estallido social es, como dicen algunos, fruto de un descontento que sigue vigente?

“La respuesta probablemente sea sí, porque las condiciones que llevaron al estallido social aún no se han resuelto. Es decir, el contexto que produjo situaciones de violencia en el 2019 no es diferente al de hoy en términos materiales para muchas personas. Hoy tenemos una expectativa de que puede haber cambios con este proceso constituyente en curso, pero es solo eso, una expectativa, una esperanza. Además, esta violencia que vimos es la que se había rutinizado los viernes por la tarde en Plaza Baquedano, y que la pandemia morigeró un poco”.

-¿Quiénes son los responsables de esta violencia?

“Hay que distinguir dos niveles. Están los que van con la intención de qué provecho personal pueden sacar de ese montón de gente que se congrega en una manifestación. Esos son los delincuentes que vemos en los saqueos. Y están los que responden a un comportamiento de masas. Son quienes al ver que otros están causando desmanes, se unen a esa masa en el fragor del momento sin mayores motivaciones. Ese fenómeno de personas que son protagonistas de hechos de violencia ‘porque sí’ se ha dado siempre y en cualquier contexto de protesta masiva”.

-Por temor a los desmanes, el 18 de octubre el comercio cerró antes de lo habitual, lo mismo las universidades, los restaurantes. ¿Nos vamos a tener que acostumbrar a que esta sea una fecha violenta?

“Todo este conjunto de acciones que mencionas muestra que hay una sociedad que se coordinó en una expectativa, en este caso, de un evento que iba a ser violento, ante lo cual era mejor tomar medidas de precaución. Ello provocó que la ciudad detuviese su ritmo. El problema es que al mismo tiempo que las personas anticipan que puede pasar algo malo, están dando un espacio para que estos hechos de violencia se transformen simbólicamente en algo permanente. Entonces, si se sigue en esa dinámica, van a pasar los años, y esta violencia se puede seguir repitiendo, porque fechas que quedan con esta connotación, como ocurre con el 11 de septiembre o con el Día del Joven Combatiente”.

La clase política está reaccionando

-¿Qué tipo de liderazgo político necesita hoy la sociedad chilena?

“Creo que debe ser uno o una que pueda generar la credibilidad de que las demandas y aspiraciones de la ciudadanía pueden ser resueltas por una vía institucional. Y lo segundo, alguien que sea realista, porque esto no lo podremos hacer todo junto ni todo pronto, y tendremos que priorizar una o dos ideas, porque no tenemos las condiciones económicas ni los tiempos para que problemas que se han acumulados por largos años puedan ser resueltos rápido o fácilmente. Si una autoridad logra esa postura y aguanta las presiones, efectivamente en 20 años más veremos esta etapa como una época refundacional, donde se construyeron bases para un Chile diferente. Si no lo logramos, vamos a estar los próximos 10 o 15 años dando bote con diferentes posturas y cambiándonos de un polo a otro. Y cuando eso sucede, aquellos que tienen mejores formar de enfrentar la tormenta son los que salen mejor de estos momentos”.

-Y el papel de los políticos ¿cuál deberá ser?

“Hay que separar lo deseable normativamente de lo fáctico. En los hechos hay una clase política que se dio cuenta que estaba desorientada, porque quiso ir a la marcha a decir ‘estoy aquí para representarlos’, y lo que recibió fue maltrato. Esa clase política no está en condiciones de decir que no a la población. Por eso reacciona tratando de dar lo que la gente pide, sin saber si eso se puede financiar o no. No es una clase política que en los hechos esté liderando, sino más bien, está reaccionando y, muchos de ellos, sin duda, tratando de sobrevivir al terremoto político que les ha tocado enfrentar. Obviamente, una clase política con esas características no genera desarrollo de largo plazo. Saliendo de lo fáctico a lo normativo, necesitamos que haya mayores canales de coordinación entre los representados y los representantes, la crisis institucional que tenemos, que no es solo chilena, sino que de las democracias en general, debemos resolverla. Hay cosas que obvias que tenemos que hacer, pero que por muy obvias que sean, no es claro que resuelvan el problema. Por ejemplo, tenemos que lograr descentralización para que las autoridades locales puedan empoderarse y ser los vehículos que lleven esas demandas ciudadanas ante aquellos que toman decisiones que nos afectan a todos. Eventualmente algunos cambios en el sistema de gobierno también serán necesarias. Pero ninguna regla por sí misma es una receta que resuelva. Lo único que puede garantizar que vaya a funcionar es que se haga una deliberación pública intensa y extensa. La convención no está dando esa opción en lo intenso, y si eso se lleva a todo Chile, va a ser también en lo extenso. Lo importante es que sea algo que la gente sienta como propio, pues si no, esto no va a funcionar”.

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