Jorge Valdebenito: El flautista que le ganó a la pobreza

Este músico y gestor cultural, Máster en Flauta Traversa, recorre el mundo dando a conocer su arte. La Orquesta del Teatro Municipal de Santiago y de la Universidad de Chile forman parte de su currículum profesional, que comenzó a escribirse hace más de 30 años, en medio de la miseria de una mediagua de la Villa Nonguén. Su talento, pero sobre todo su voluntad, le permitieron torcerle la mano al destino y escribir una historia que se inició como un cuento muy triste, pero que terminó con un final “más que feliz”.
Cuando uno es niño sólo se preocupa de jugar y divertirse, pero jamás se imagina que una entretención puede llegar a convertirse en su herramienta de trabajo y en un pasaporte al mundo. Soy Jorge Valdebenito, nací en Concepción en una familia muy humilde. Mi padre murió cuando yo tenía un año y por esta razón mi madre tuvo que trabajar en muchas actividades para darnos el sustento a mí y a mis dos hermanos mayores.
Estudié en la Escuela Nº 8 República de Israel. La recuerdo con nostalgia, porque allí los profesores me ayudaron muchísimo y fue una muy linda etapa para mí. En esa época, allá por 1975, llegaron unos señores al curso preguntando si a alguien le interesaría aprender a tocar flauta dulce en unos cursos gratuitos que dictaría el coro de la Universidad de Concepción. Levanté mi mano y pregunté ¿Qué es una flauta dulce? Me explicaron que era un tubo con unos hoyitos y que al soplarla sonaba. Entonces mi respuesta fue inmediata. Yo había visto un artilugio semejante en algún lugar de mi casa. Al llegar conté a mi familia lo que pasó en la escuela, busqué la flauta y luego comencé un entretenido curso que afortunadamente se daba en distintos días del kárate, disciplina que ya practicaba como actividad extraprogramática.

Comienza un sueño

El ser músico o estudiar un instrumento musical en los ‘70 era como algo de otro mundo, algo raro, que era sinónimo de hippie y, por lo tanto, de comunista. Es decir, casi un peligro social. Más encima, yo vivía en la Villa Nonguén, en una mediagua ubicada en la calle Independencia, sito Nº8,  donde la mitad de la vivienda era la cocina y en la otra mitad estaban las camas. Eso era todo mi hogar, con todas las precariedades que eso significaba. A veces me iba a la escuela sin desayuno y al llegar a casa no sabía si habría almuerzo. Claro que nuestra ropa siempre estuvo bien remendada y limpia. Recuerdo que cada vez que llegaba de la escuela tenía que volver a coser mis zapatos para poder ocuparlos al día siguiente. Como este ejemplo, pasé una infinidad de problemas cotidianos producto de la pobreza. Fue una época muy difícil y en la que conseguir recursos era complicado puesto que, simplemente, no había muchas alternativas.
Sin darme cuenta pasaron tres años de estudios, hasta que un día de marzo me dicen que los cursos de flauta dulce ya no serían dictados por el coro universitario, sino por profesores músicos de la Orquesta Sinfónica de Concepción. Esta modalidad significaba que se haría una preselección de los alumnos que podrían participar de este nuevo grupo. De 40 postulantes sólo quedamos 20. Algunos éramos de escuelas públicas, pero también había niños de colegios particulares. Sin embargo, en esta selección no quedó ninguno de escuela pública. Yo era el único. En todo caso, nunca le di mayor importancia a esta diferencia, porque ya estaba acostumbrado a mi situación. La vida que me tocó la tomé como algo natural.
Los 20 niños que quedamos tuvimos como profesor a Jorge González, quien era solista y primera flauta de la Orquesta Sinfónica de Concepción en aquellos años. Primero nos enseñó flauta dulce y, al año siguiente, se hizo otra selección en la que sólo quedamos 5 niños. El profesor, visionariamente, cambió de flauta dulce a flauta traversa y eso, para mí fue casi un sueño. Por una parte, quedar entre los cinco niños me hizo suponer que tenía “talento”, como oía decir, aunque en ese tiempo no entendía bien qué quería decir esa palabra. Era una palabra extraña para mí, además, yo era el más vulnerable económicamente de todo el grupo, porque pertenecía a otra realidad social y, naturalmente, no tenía flauta traversa. Recuerdo que entre el grupo había una niña a quien los papás la iban a dejar y a buscar en auto e, incluso, le compraron una flauta traversa con un crédito que obtuvieron de un banco. Es decir, compartí esta experiencia con niños de mejor situación que yo, pero aún así no me desanimé. El profesor habló con mi mamá y le dijo que él me prestaría una flauta traversa. Le dijo que no se preocupara por nada, ya que aunque se acabaran los cursos él seguiría apoyándome y así lo hizo siempre.
Aprendí muchas cosas de él. Me dijo que los músicos no se mueren de hambre y que podría viajar y vivir en cualquier parte del mundo con esta profesión. Sólo tenía que esforzarme para salir adelante. Recuerdo que hubo un tiempo en que no pude asistir a las clases y él fue a mi casa para saber qué pasaba. Él quería que yo siguiera estudiando. Ya tenía 14 años y por fin entendía lo que me decía en cuanto al talento. No era flojo para estudiar, porque siempre llevaba mis lecciones aprendidas. El problema era que en el entorno donde vivía era muy difícil poder concentrarme. Nada se daba como para que lo hiciera, sólo la buena voluntad del profesor y mi talento. Creo que toda mi forma de ver la vida y enfrentarla se lo debo a él, ya que estuvo en un momento justo y supo hacer de mí una persona mucho más valiosa y con una visión optimista de la vida en la que el esfuerzo personal siempre da sus frutos, no importa lo lejano de la meta o lo inalcanzable que éstas sean.

Un cambio radical

Con la ayuda del profesor escribí unas cartas a la Embajada de Italia y así conseguí una flauta traversa con la que estudié algún tiempo. Sin embargo, mi hermano mayor, quien ya trabajaba, debió trasladarse a Santiago por razones laborales y toda la familia se mudó con él. Fue un mundo de diferencia para todos. Mi hermano compró una casa y tenía piezas para cada uno. Esto me permitió estudiar concentrado y en un lugar agradable. Por primera vez teníamos un baño digno dentro de la propia casa, una cocina linda y una puerta de calle que se podía cerrar.
Santiago era demasiado grande para mí. Musicalmente no conocía a nadie y aunque existieron algunos profesores con los que estudié, no fue lo mismo que en Concepción. Yo quería seguir estudiando, pero eso salía demasiado caro, así es que postulé a la Fuerza Aérea como músico. Fui aceptado y con ese dinero pude empezar a pagar mis estudios en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Así lo hice durante casi 15 años. Aprendí mucho, tanto de bandas como de música en general. Fue una época muy linda, pero también de mucho esfuerzo, porque se hace muy pesado estudiar y trabajar, sobre todo cuando el estudio demanda tanto tiempo. De todos modos, sabía que tenía que lograrlo. Por lo demás, contaba con el apoyo de mi familia. Si bien mi mamá en un principio tomó mis estudios de música casi como algo “tirado de las mechas”, con el tiempo lo aceptó, porque vio que pude costeármelos solo. Lo que sí le preocupó fue saber cuántos años iba a durar esta carrera, porque la música es un estudio de toda la vida. De hecho, sigo estudiando todavía.

Músico empresario

A los 22 años entré al Conservatorio de Música de la Universidad de Chile y a los 27 me titulé. Obtuve el grado académico de Licenciado en Artes con mención en Flauta Traversa, luego el título de Interpretación Superior en Flauta Traversa y, a modo de perfeccionamiento, continué estudios en el Instituto Superior de la Escuela Moderna de Música. Posteriormente volví a la U. de Chile a hacer un postgrado en Gestión y Administración de Recursos Culturales.
A los 33 me casé con Florángel Mesko, quien también es flautista. Nos casamos, porque ambos postulamos a una beca del gobierno eslovaco para hacer un Master en Flauta Traversa. En ese país tuvimos que aprender el idioma y, por supuesto, sacar los estudios de flauta. Ambos lo conseguimos.
Al volver a Chile decidimos ser músicos independientes. Hicimos nuestra propia empresa que es www.todoflauta.net, un sitio en Internet dedicado a diversos servicios relacionados con la música para eventos como matrimonios o recepciones, pero también damos asesorías a las parejas, porque creemos que no hay nada más lindo que trabajar en lo que a uno le gusta y con personas que se quieren. Además, formo parte de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Chile cuando requiere de un flautista al igual que para el Teatro Municipal.
Hoy puedo decir que gracias a la flauta he podido estar en diferentes partes del mundo. Con mi arte he podido visitar países como Polonia, España, Italia, Francia, Austria y Rumania, entre otros. Con Florángel hemos formado una hermosa familia. Tenemos una nenita de 3 años llamada Renee Alondra y un pequeñito de 3 meses llamado Jirí András y los cuatro somos más que “muy felices”.
Así es mi historia y no creo que sea muy distinta a la de otras personas. He sido muy feliz y todo lo que soy en estos momentos se lo debo a lo que me tocó vivir cuando niño y es una lección que ahora enseño a los alumnos que toman clases particulares de flauta traversa conmigo. Y trato de hacerlo de la misma forma en que ese gran profesor lo hizo cuando fui niño y tomé la flauta como una herramienta de trabajo o, mejor dicho, como un hobbie con ventaja, ya que nunca se sabe lo que una persona puede llegar a ser.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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