José Santos León: “Quiero mejorar la hípica nacional”

Su accidente en Aqueduct en febrero pasado le cambió la vida. Debió alejarse de los caballos antes de lo previsto, justo en el año que conseguía el logro más importante de su trayectoria al ingresar al Salón de la Fama de Saratoga. Pero 2007 le tenía reservado nuevas sorpresas: el accidente que causó su hija mayor y que dejó a una persona muerta en Nueva York, le agregó un nuevo capítulo a la historia de esfuerzo del jinete “más grande” de Chile.
José Santos León (46) es un personaje en el mundo del turf.  Y en esa calidad visitó Chile el mes pasado para recibir múltiples homenajes luego de su retiro definitivo de las pistas -por una severa lesión-  y de  su reciente ingreso al Salón de la Fama de la Hípica de EEUU.
Cumplió un nutrido programa de actividades en Santiago y Concepción. Fue su forma de decir adios a su carrera de jinete que en 31 años lo convirtió en un ídolo de la hípica mundial y, de paso, en uno de los deportistas nacionales que más dinero ha acumulado durante su trayectoria (se dice que sus montas produjeron ganancias cercanas a los 180 millones de dólares).
Y aunque en su despedida no pudo salir a la pista montado ni organizar una tournée para correr en Chile junto a sus hermanos -como tenía planificado para su retiro-, Santos igual  disfrutó de cada una de las muestras de cariño que recibió en su país. Desde el saludo de la Presidente de la República, la Medalla al Mérito que le entregaron los parlamentarios en el Congreso,  la carrera en su honor en El Ensayo, la cena de gala que le organizó el Club Hípico, hasta los abrazos y apretones de mano que repartió por montones a todo aquel que se le acercaba.
En su día de visita al Club Hípico de su Concepción natal -justo un martes de carreras- recorrió las instalaciones de Mediocamino acompañado sólo de dos guardias y de su primo Alfonso Santos. No quiso parafernalia ni operativos de seguridad. Le interesaba estar cerca de su gente, entre los que se encontraban admiradores y también antiguos conocidos, muchos de ellos testigos de sus inicios como profesional -en este mismo lugar- en octubre de  1976.
Visitó la sala de los jockeys, la oficina de los veterinarios y  el pequeño saloncito de  los preparadores, conservando siempre su sonrisa y su trato amable y sencillo que en 1999 lo hizo merecedor del premio George Woolf Memorial, reconocimiento que entregan los mismo jinetes a sus pares que destacan “por su calidad humana y por su dedicación en las pistas”.
La pena por Sophia
Pero detrás de esta aparente alegría, ese día el jockey chileno escondía una profunda pena por la situación que en Estados Unidos vivía su hija mayor, Sophia (20), que nació durante su matrimonio con la colombiana, María Castañena (de quien se separó, luego de un conflictivo proceso de divorcio).
La mala relación con su ex mujer motivó que durante mucho tiempo el jinete estuviera alejado de sus hijos mayores (Sophia y  José Ricardo). Sólo hace dos años se reencontró con su primogénita, quien hacía un tiempo se había trasladado a vivir junto a él en Nueva York. El ex fusta ya estaba solo, después de la separación de su segunda esposa, con la que tuvo otros tres hijos.
Durante la madrugada del 11 de noviembre último -cuando José Santos estaba en Chile- Sophie  protagonizó un accidente automovilístico en  Levittown, Nueva York, mientras conducía uno de los Mercedes Benz de su padre. Una mujer de 62 años resultó muerta. El esposo de la víctima y su hermana quedaron severamente lesionados, y otras dos personas con lesiones menos graves. La prensa norteamericana informó que la hija del único integrante latinoamericano del Salón de la Fama guiaba el automóvil sin documentación y en estado de intemperancia. Desde ese día, y hasta el cierre de esta edición, permanecía detenida en una cárcel del condado de Nassau. De acuerdo a informaciones publicadas en bloodhorse.com, la joven podría afrontar cargos por “homicidio vehicular en segundo grado”, con lo cual arriesga una pena de hasta 7 años de cárcel.
El encuentro con los amigos
Aunque José Santos acostumbra codearse con empresarios millonarios, con importantes políticos, con inversionistas de Wall Street y hasta con jeques árabes, jamás ha olvidado sus orígenes y los altibajos de su historia de esfuerzo que siempre está dispuesto a recordar. Como le ocurrió al reconocer a un grupo de hombres en el Club Hípico de Concepción, quienes lo esperaban pacientemente, esperanzados de, al menos, poder saludarlo. Un viejo preparador y su pupilo, un jockey que no superaba el metro y 20 de estatura; un ex vecino y ex compañero de la escuelita 120 de Mediocamino -que también tuvo sus intentos en la hípica- conformaban este peculiar trío. Santos los miró desde lejos y se les acercó de inmediato. Se acordaba de todos ellos, de sus nombres y hasta preguntó por la salud de sus familiares. “Es el mismo de siempre, jamás se le han ido los humos a la cabeza, como les pasa a otros”, filosofaba uno de ellos, mientras el astro del turf emprendía camino hacia el cuarto piso del Club Hípico, donde lo esperaban los directivos de la institución y autoridades locales. Es que como él mismo siempre recalca, en su vida nada le ha sido regalado y eso lo ha mantenido con los pies en la tierra.
Su paso por la escuelita de Mediocamino
Las dificultades económicas que la familia Santos León -compuesta por sus padres, siete hermanos y dos primos- vivía durante la niñez del jinete, lo obligaron a dejar la escuela cuando cursaba quinto básico para ayudar con los gastos de la casa. “Recuerdo que mi papá, Manuel Santos -que trabajaba como capataz en Mediocamino- me preguntó si sabía leer y escribir y le dije que sí. Escribí y le leí algo. Ahí decidió sacarme de la  escuela para trabajar junto a él”.
Jamás volvió al colegio, porque asegura que tuvo que dedicarse de lleno a la hípica para conseguir todas sus metas. “En Estados Unidos te levantas a las 5:30 de la mañana y no llegas a tu casa hasta la 5 de la tarde. Yo siempre digo que para conseguir el ingreso al Salón de la Fama tuve que trabajar mucho. Comencé a los 8 años ayudando a mi papá a cuidar caballos. Dicen que yo era su regalón, pero siempre fue muy estricto conmigo y con mis otros hermanos que también son jinetes, Pedro, Manuel y Luis Alberto. Eso nos ayudó a formar carácter y a estar dispuestos, siempre, a luchar por nuestros sueños”, enfatiza.
La loca vida en Colombia
Mientras cuidaba caballos aprendió hábilmente el oficio de jinete. Comenzó a los 15 años, con un permiso especial de su familia. No alcanzó a terminar una temporada en Concepción, cuando con la ayuda del periodista Roberto Cáceres Manzanares en 1977 consiguió un contrato en Colombia. “Viajé solo. Nunca había estado lejos de mi familia. Y eso se notó de inmediato, porque me descarrié. Digamos comencé con la droga, con el trago, me puse mujeriego. Fueron 6 años de mi carrera que los hice descarriadamente y, lo que es peor, sin ayudar a mi familia como me había propuesto al dejar Chile”.
Un viejo amigo chileno lo alentó para dejar Bogotá. En 1983 partió a Miami dispuesto a dar un giro a su vida. “Me acuerdo que bajé del avión y apenas puse un  pie en la tierra dije: nunca más voy a usar droga. Y tuve la fuerza y el valor de hacerlo, gracias a mi Dios Poderoso que me la dio y salí adelante”.
Pero en Estados Unidos no sólo tuvo que luchar para dejar sus adicciones. También debió enfrentar la barrera del idioma y la indiferencia de un circuito donde su nombre era absolutamente desconocido.
“En el Hipódromo de Hialeah (Miami) sólo me comunicaba con los hispanos. Con el tiempo, y a cambio de galopar caballos, conseguí  una monta y aprendí inglés”. Ese fue el inicio de su carrera y de sus miles de triunfos, entre los que destacan el Eclipse Award (1988), Belmont Stakes (1999), el Kentucky Derby y el Preakness Stakes (en 2004, cuando sólo le faltó una carrera para ganar la Triple Corona), las 7 Breeder`s Cup y, por supuesto, su lugar en el Salón de la Fama de Saratoga, que consiguió después de una cuarta nominación, en agosto de este año.
Retiro anticipado
Después de Miami, sus continuas victorias se hicieron conocidas en Nueva York,  Kentucky,  Hong Kong y en algunos países de Europa. Sólo hasta el año pasado había ganado más de 4 mil carreras en Estados Unidos y proyectaba aumentar considerablemente esa cifra, pues avizoraba su retiro sólo para el próximo quinquenio. Pero una rodada sufrida en el Hipódromo de Aqueduct en febrero de 2007 cambió abruptamente sus planes. La fractura de cinco vértebras lo puso en la disyuntiva de seguir corriendo, con el riesgo de caer y quedar inmóvil de por vida, o anticipar su retiro. Su familia, sobre todo su madre, Elena León, influyó para que optara por lo segundo.
“Hoy llevo una vida normal, pero no puedo hacer el esfuerzo de antes. Desde el 1 de febrero que tengo prohibido subirme a un caballo. Me ha costado mucho, más que dejar la droga”, aclara entre risas.
Sin embargo, piensa seguir vinculado al turf como propietario y criador de caballos y también en el mundo de las comunicaciones, ya sea en la radio o en la TV con un programa hípico para los latinos.
“Fui jinete por 31 años y ahora pienso dedicarme, desde Nueva York, a importar y exportar caballos. Ya tengo conversaciones con los criadores de Chile para conseguir un semental de más clase,  porque quiero ayudar a mejorar la hípica nacional. Yo voy  a ser el intermediario de ellos y no va a haber ningún broker. Lo haré solamente por mi país, porque aunque en Chile han salido caballos que lo han hecho muy bien, creo que si mejoramos la raza, mejoraremos también la parte monetaria para los propietarios y para todos los trabajadores de la hípica, porque cuando se vende un buen caballo se gana bastante”.
Su regreso activo al mundo laboral deberá posponerse hasta septiembre de 2008, pues así lo exigen las cláusulas de sus seguros. Mientras, planea tranquilo el resto de su futuro, en el que el destino judicial de su primera hija seguramente significará una de las luchas más importantes que le ha tocado dar en toda su vida.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
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