La amenaza de una guerra

Estamos a menos de un par de años de completar la primera década y media del siglo XXI, y nuestra civilización no ha podido abandonar la inmisericorde palabra guerra que nos persigue desde antes de Cristo. Más todavía, el actual líder norcoreano, Kim Jong-un,  la ha vuelto a poner de moda y la población del planeta está -otra vez- a la sombra de un acontecimiento que todavía no sucede, que a lo mejor no llegará a suceder, pero que, minuto a minuto, nos da cuenta de que pudiera pasar.
Según el Foreign Office, con el armamentismo internacional mundial en lenguaje de misiles, ojivas nucleares y demás, la Tierra podría reventar no tan sólo una, sino muchísimas veces. En efecto, desde hace unas décadas a la fecha se distingue una taxonomía o clasificación de guerras absolutamente letales. Así, de la antigua guerra con armamento convencional hemos avanzado hacia las guerras de teatro, y las temidas nucleares flexibles, limitadas e ilimitadas. De ocurrir esta última, de nuestro planeta no quedaría absolutamente nada y la loca paradoja humana nos mostraría una imagen sicótica del cuento aquel en que el personaje principal dio muerte a la gallina de los huevos de oro.
La madurez del planeta llega hasta nuestros días atravesando por entre medio de grandes pactos y bloques internacionales tales como, de un lado, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y, del otro lado, el Pacto de Varsovia (más bien países satélites de la ex-URSS). El vocabulario bélico ha cambiado, hoy hablamos de los misiles pershing-two (USA y OTAN) y los SS-24 y SS-25 soviéticos y del Pacto de Varsovia. Cada misil representa para los comunes y corrientes ciudadanos del mundo un abigarrado número de bombas atómicas y ojivas nucleares. Para darnos una idea: una sola bomba atómica de esa naturaleza lanzada en la Plaza Italia, de Santiago, llega con sus ondas y estelas fatales hasta el extremo sur de nuestro país e igual distancia hasta los otros puntos cardinales. Súmele el variopinto armamento químico y bacteriológico, del que una cantidad mínima es capaz de acabar con un número de varios miles de seres humanos en un segundo.
Mucho rato antes de la inusitada pataleta coreana del joven innombrable, la taxonomía de las guerras escribía su último capítulo, tal como lo señalara en un artículo especializado publicado en la Revista de la Academia Diplomática de Chile titulado Guerra Nuclear Flexible, limitada o ilimitada. Sólo resta llamar a la cordura internacional para no llegar a la denominada profecía autocumplida.
Y, ahí estamos chilenos y chilenas, empanadas y vino tinto incluidas, a la sombra de un acontecimiento que aún no sucede y ojalá jamás ocurra. Por el momento trátase de una función latente en el rigor de la sociología de la guerra, ojalá nunca de una función manifiesta en ese mismo vocabulario.
¡Qué razón tienen los jóvenes cuando, transitando por las principales calles, plazas, avenidas y campus universitarios, solicitan gritando con desesperación un Nuevo Orden Internacional!

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