La batalla presidencial

Las encuestas tienen vueltos locos a los políticos. La carrera presidencial está desde hace algunas semanas limitada a los resultados que estos sondeos entregan. Las discusiones se centran en la validez metodológica, en el prestigio de la entidad tras la encuesta y, obviamente, en los guarismos finales. Los estados anímicos de los comandos varían según el resultado de dichos estudios que, además, tienen el poder de modificar las agendas, los discursos y hasta los difusos programas presidenciales.  Porque más que por un desarrollo programático, las propuestas de los candidatos aparecen según lo que se habla en los medios o lo que lanza el postulante del otro lado. Incluso varios de ellos se suben al carro a última hora para fijar posturas en temas que jamás antes habían tocado, porque no podían (sus partidos o conglomerados no lo permitían) o porque, simplemente, no les interesaban.
Para seguirles la corriente a los políticos hasta podríamos proponer que en alguno de los sondeos que quedan por conocerse de aquí a diciembre se incluyera la pregunta ¿Conoce Ud. el programa de gobierno de su candidato? Probablemente se asombrarían con sus resultados, porque si en algo hay consenso en esta campaña presidencial es que por estar preocupados de las encuestas, los candidatos han descuidado a su electorado. La gente común y corriente está interesada en los temas de siempre: delincuencia, desempleo, educación y salud, tópicos en que el país todavía está “al debe” y por ello los discursos de los candidatos deberían apuntar hacia estos, dando a conocer sus propuestas, para entregarles a los votantes la chance de elegir informados y no basados en decisiones apasionadas, como todavía algunos pretenden que sigan votando los chilenos.
Sin embargo, quienes buscan dirigir el destino del país parecen vivir en una realidad paralela y hasta ahora no han sido capaces de fijar planteamientos claros frente a dichas temáticas. En cambio, las agendas noticiosas están repletas de críticas, insultos, pedanterías y descalificaciones que han hecho que esta campaña haya mutado a batalla, pelea que seguramente muchos de los chilenos inscritos en los registros electorales no están interesados en seguir y, por el contrario,  observan con desconfianza y lejanía. Y que hace que quienes no estén inscritos reafirmen su posición de no participar de un sistema que no los representa y ni siquiera les apasiona. Todavía es tiempo de que este panorama cambie y ya que ni los partidos ni sus integrantes están haciendo algo por producir esta renovación, la responsabilidad sólo queda en manos de la sociedad.

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