La cocina mágica de mi abuela

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María Angélica Blanco Periodista y escritora.

Septiembre, el mes en que celebramos Fiestas Patrias, también es un festín para el paladar. Pareciera que todo sirve como pretexto para degustar apetitosos platos y  buenos mostos. El 4 de septiembre se instituyó como Día Nacional del Vino, y los restaurantes ofrecieron una variada carta de muy buenos vinos chilenos.

Salí con un grupo de amigas a cenar y, revisando la carta a la hora del postre, se me antojó pedir crème brûlée. Apenas probé un bocado de crema coronada por una capa de azúcar quemada, delgadísima y crujiente, me acordé de mi abuela materna, de sus manos prodigiosas y de aquellos sabores tan especiales que le daban un toque único a sus guisos y a su fina repostería.

Yo era muy niña, pero recuerdo que saltaba de alegría cuando llegaba  a pasar una temporada con nosotros. La casa se impregnaba con los aromas de sus salsas bechamel, croissants, madeleines, crème brûlée y platos típicos de la gastronomía francesa. Mi abuelo, Charles Rieutord, a quien no alcancé a conocer, emigró de Francia muy joven y sedujo a mi abuela desde el minuto en que se cruzaron sus  miradas. Aprendió a cocinar platillos franceses y lo hacía con amor. Ése fue su sello y ella misma se encargó de revelármelo.

Un día le pregunté cuál era su secreto para preparar bocados tan especiales. Me dedicó una mirada cómplice, pidiéndome que se lo contara solamente a gente de espíritu sensible. Entonces dijo: “¿Sabes, niña? La cocina es la alquimia que mantiene viva la llama del amor. El secreto está en ponerle una pizca de magia”.

Luego, me prestó un libro que mantenía bajo llave en su velador con la condición de que no lo estropeara, pues era un regalo de mi abuelo.

Aún rememoro ese libro de Guy de Maupassant. Se llamaba Cuentos de la Becada. Me pregunto quién se habrá quedado con ese tesoro. Al leerlo me transporté al pasado, porque de sus páginas gastadas sentí olores, sabores y sensaciones que jamás he olvidado. Comprendí que en la cocina mi abuela era un hada que encendía la alquimia de los fogones con su varita mágica para conquistar el estómago, pero sobre todo, el corazón de la gente que amaba.

Mientras ella estaba en casa, las horas de comida invitaban a un tiempo de rito, de pausa, de degustar con lentitud cada plato. El comedor se convertía en un espacio íntimo que irradiaba hospitalidad, calidez y felicidad.

Hasta el día de hoy, algunos aromas me llevan a esa época en que se comía en familia, sin prisa, sin Twitter, sin celular, sin WhatsApp, porque se cocinaba a fuego lento y con amor.

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