La educación superior ha muerto: larga vida a la nueva educación superior

Roger Sepúlveda Carrasco, Rector de la Universidad Santo Tomás Región del Biobío.

Sin duda que la educación superior nunca más volverá a ser la que conocíamos. La pandemia del Covid 19 nos afectó de manera directa en diversos campos, y el quehacer de las instituciones de educación superior no quedó inmune a estos avatares. Y no solo se trata de la presencialidad (o no) de las clases, pues este asunto es la punta de un iceberg que vimos llegar cuando ya estaba encima de nosotros.

Nunca el paso desde la educación secundaria a la superior ha sido un proceso exento de complejidades: nuevos horarios, nuevas responsabilidades, nuevos desafíos, van alterando un proceso antes cómodo y de certezas, no obstante, ahora requiere de una característica única y condición sinne qua non en los estudiantes: autonomía, y para este caso es con apellido, autonomía en el aprendizaje.

El aprendizaje autónomo implica tres pilares: el saber, el saber hacer y el querer o ser. Saber supone autoconocimiento, reconociendo fortalezas, debilidades, emociones y paradigmas que caracterizan al proceso. Permitirá la creación de estrategias y métodos para guiar las actividades de aprendizaje. Es un saber hacer que se genera en la virtud de la auto orientación de prácticas y teorías que potencien la enseñanza. Asimismo, el interés juega un rol preponderante en el aprendizaje autónomo, pues debe haber una motivación personal de buscar aprender bajo su propia soberanía intelectual, el querer es el componente emocional que mueve definitivamente el proceso, ya que debe existir un propósito personal, un motivo que lo active.

“La educación de la humanidad no puede ni debe detenerse, sobre todo hoy que hemos avanzado desde la simple instrucción a generar extraordinarios espacios de crecimiento y aprendizajes, tanto técnicos como humanos. Para ello, las instituciones de educación superior y estudiantes deben continuar juntos avanzando y creciendo en este camino que no es fácil, pero que llegó para quedarse”.

En el liceo, en la escuela, en el colegio, es el denominado “sistema” (para referirnos a la institucionalidad educativa) quien “anda detrás” del estudiante, preocupándose que tenga sus notas al día, si no rindió una prueba, lo busca para regularizar, por ejemplo. Es el apoderado quien justifica las ausencias o retrasos de sus pupilos, en casa les ordenan las horas de estudio, les compran los cuadernos y libros, le preguntan si hicieron sus trabajos, entre otros. Ahora bien, en el mundo de la educación superior la realidad es otra, quizás incluso al revés (hoy con mayor razón), pues es el alumno quien debe “ir tras el sistema” y ahí el paso de una a otra realidad se hace aún más complejo. La gran mayoría en un proceso gradual se va ajustando a las nuevas exigencias, otros simplemente no son capaces y fallan en el intento.

La educación de la humanidad no puede ni debe detenerse, sobre todo hoy que hemos avanzado desde la simple instrucción a generar extraordinarios espacios de crecimiento y aprendizajes, tanto técnicos como humanos. Para ello, las instituciones de educación superior y estudiantes deben continuar juntos avanzando y creciendo en este camino que no es fácil, pero que llegó para quedarse. Necesitamos estudiantes autónomos en sus aprendizajes, empoderados en su rol de educandos, responsables de sus actos, que vean que detrás de su futuro éxito están sus propios esfuerzos como el mejor aliado. La pandemia del Covid-19 nos desafía de manera urgente a asumir estos nuevos escenarios y paradigmas educativos, la educación superior como la conocíamos ya no existirá más, por ello, larga vida a la educación superior.

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