La evidencia que respalda el ayuno en días alternos

Jessica Fuentes Fuentes
Directora de Nutrición y Dietética
Universidad San Sebastián.

El exceso de peso, la obesidad y las enfermedades relacionadas, como diabetes, hipertensión, dislipidemia y patologías coronarias son problemas que concentran la atención de especialistas que han llevado a cabo investigaciones para conocer sus factores de riesgo y las mejores estrategias para prevenirlas.

Como los principales esfuerzos de investigación se han centrado en cómo los componentes específicos de los alimentos afectan la salud, se sabe relativamente poco acerca de aspectos fundamentales que se relacionan con la dieta, la frecuencia, el momento circadiano (horario) de las comidas y los beneficios potenciales de períodos intermitentes de alimentación, con ingestas de energía bajas o muy bajas.

El patrón de alimentación más común en las sociedades modernas incluye tres comidas más colaciones cada día. Este patrón es anormal desde una perspectiva evolutiva. Es así que hallazgos emergentes de estudios en modelos animales y humanos sugieren que los períodos de restricción energética intermitente de alrededor de 16 horas de “ayuno en días alternos” pueden mejorar los indicadores de salud y contrarrestar los procesos de enfermedad. Los mecanismos implican un cambio en el metabolismo de las grasas, la producción de cetonas, que son productos de desechos que provienen de las grasas, y la estimulación de respuestas de estrés celular adaptativas que previenen y reparan el daño molecular.

De este modo, para prevenir el exceso de peso en adultos relativamente sanos se recomienda consumir alimentos con menos frecuencia que la habitual en las sociedades actuales. Para cumplir con esta sugerencia se puede optar por distintas alternativas, por ejemplo, tres  o dos comidas de tamaño regular; tres comidas pequeñas al día; una comida de tamaño moderado cada dos días o solo 500-600 calorías un día por semana.

También se aconseja el ayuno nocturno prolongado, es decir, más o menos 16 horas sin comer, en días alternos.

Se sugiere, además, desayunar y comer la comida más abundante por la mañana. El almuerzo puede corresponder a una comida importante, no obstante la cena debe ser la más pobre de todos los tiempos de alimentación.

El esquema implica que entre el desayuno y el almuerzo existan cinco horas de separación. Y la última comida debiera consumirse no más allá de las 18 horas. 

La evidencia disponible sugiere que los pacientes pueden cumplir con tales prescripciones dietoterapéuticas cuando hay un seguimiento riguroso de esta intervención nutricional.

Es indudable que a medida que se consolide la evidencia sobre la frecuencia y el momento óptimo de las comidas, será fundamental desarrollar estrategias para incorporar esos patrones de alimentación en las políticas y prácticas de atención de salud. De igual modo se espera que dicha evidencia se logre aplicar en los estilos de vida de la población para contribuir a enfrentar los graves problemas vinculados a una alimentación inadecuada.

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