La galleta china de la suerte

Álvaro Fernández Ferlissi Abogado tributarista.

Durante los primeros meses de este año, el Gobierno de Estados Unidos acusó a China de ser uno de los principales responsables del deterioro económico norteamericano. El mensaje que Trump envió hacia oriente fue: “La palabra clave es la reciprocidad, queremos tarifas espejo, si nos gravan, gravamos igual. Lo que no puede ser es que a nuestros coches les impongan una tarifa del 25 %, y que nosotros a los suyos, solo el 2 %”.

Claramente, a su gobierno no le agrada su déficit comercial, que a fines del 2017 alcanzó los U$ 568.000 millones de dólares, de modo que busca eliminarlo mediante el alza paulatina de sus aranceles aduaneros.

En pos de este objetivo, adoptaron la estrategia de comenzar con un alza de un 25 % para los productos chinos, por un monto de 50 mil millones de dólares. Medida que fue respondida por el gigante asiático con igual determinación. Al tiempo de escribir esta columna, el gobierno norteamericano acaba de imponer un nuevo arancel del 10 % sobre 200 mil millones de dólares contra China. Falta la respuesta de esta última nación. 

Si atendemos al manual de negociación “The art of the deal” que utiliza el gobernante norteamericano, se advierte que no sólo el comercio entre China y EE.UU. está en problemas, sino que de ahondarse las diferencias y dependiendo del tiempo que se emplee en su solución, los efectos negativos llegarán a Chile. 

El estilo Trump es conocido a través de sus contundentes afirmaciones a la prensa, como aquella que dio al diario El País en mayo pasado, donde advertía que cuando alguien lo trataba mal o injustamente, su respuesta, toda su vida, había sido “devolver el golpe lo más fuertemente posible”. Ese tipo de frases  expresan la confianza que tiene el gigante norteamericano en esto de triunfar en una guerra comercial. Sin embargo, no resulta claro quién ganará y qué es esto de ganar. Argentina por años ha blindado su producción nacional con aranceles, y hasta hace poco se veía a sus habitantes colmando nuestras tiendas en busca de productos. 

El caso chileno es distinto, su arancel cero con decena de países nos permite contar con productos producidos en otras latitudes a bajo costo. El diferencial ya fue pagado en la década de los ‘80. Si bien no sabemos quién ganará esta “guerra”, lo que tenemos claro es quién perderá: todos, pues no se puede ir a contramano, premisa incluso aplicable a los norteamericanos. 

Para Chile, los efectos de este conato pugilístico de superpotencias es inmediato; el precio del cobre está cayendo y el volumen de exportaciones de vino sube. Sin embargo, las ventas de este último producto no compensan las divisas que se perderán por la caída del precio del rojizo mineral. 

Por ello se entiende la voz del ministro de Hacienda al sugerir zanjar el conflicto comercial, advirtiéndonos que afortunadamente nuestra red de tratados de libre comercio (sin aranceles) nos permitirá sortear el temporal que podría generarse en la economía mundial de prolongarse el conflicto.

En suma, conviene comerse una galleta china de la suerte, y que la tirita de papel nos diga que no hay arancel que dure 100 años, ni consumidor capaz de soportarlo.

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