La historia del museo naval que espera escondido en San Vicente

Es un tesoro que duerme entre el polvo y el olvido. Su creador es Daniel Jara, un exmaestro de ribera, de Talcahuano, que ha dedicado 60 años de su vida al modelismo de embarcaciones a escala, pero que teme que tanto trabajo y sus más de 200 piezas, jamás encuentren el lugar que merecen.

Por Ximena Perone
Fotografías: José Carlos Manzo

 
Entrar a la casa de madera de Daniel Jara (75 años), ubicada en el sector San Vicente de Talcahuano, es sin exagerar, un ejercicio que sobrecoge. En su interior se oculta un tesoro que bien podría ser uno de los más hermosos testimonios que toda ciudad porteña desearía conservar.
Parado en la puerta de su casa, nos invita a sumergirnos en su propio y particular museo de la historia de la navegación mundial. Es una habitación de unos 16 metros cuadrados, donde decenas de embarcaciones de todo tipo van llenando el ojo. El asombro es incontrolable. No son piezas aisladas, son más bien perfectas escenas de la vida cotidiana en el mar: desde un pequeño bote artesanal, con sus pescadores a bordo echando la red, hasta la representación bíblica del Arca de Noé es sólo parte de lo que aquí podemos encontrar.

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Daniel Jara tardó más de un año en finalizar su galeón español, embarcación que puede navegar, y que fue construída de raulí y clavos de cobre.
Todo comenzó en 1941. Daniel Jara nació en San Vicente y su familia siempre estuvo ligada al mar. Su padre, un experimentado buzo escafandra, se sumergía diariamente en las aguas cristalinas y fértiles para capturar, entre otras especies, el apetecido y hoy aniquilado choro zapato. Un molusco tan abundante como cotizado en aquellos años, que terminó por instaurar el gentilicio de los habitantes de Talcahuano: los choreros.
Su infancia transcurrió entre los humedales y la playa de San Vicente. Jugueteaba con las aves, y pescaba con los amigos. Su mirada siempre se perdía ante aquellos barquitos que se aventuraban en busca del pan. “Yo tenía seis años cuando salía a pescar. Los peces varaban en la costa. Pescábamos a orilla del molo y por las tardes veíamos a los trabajadores que se instalaban en el malecón a picar el róbalo. Los niños nos juntábamos todos con lienzas a capturar pejerreyes. También recuerdo que varaban las ballenas en el llamado rincón bravo, cerca de donde hoy está Huachipato”. Con nostalgia, Daniel Jara sigue relatando aquellas vivencias de infancia en este puerto, el que asegura era el balneario más hermoso del sur de Chile entre las décadas de los años 30 y 40. Eso marcaría su vida.
 

Nace el “maestro” de ribera

Apenas era un niño cuando quedó huérfano de padre. A los 12 años y tras observar a su progenitor cómo fabricaba algunas “chatas” (embarcaciones pequeñas), aprende el oficio de “maestro” de ribera que más tarde le daría el sustento económico para él y su familia. La primera embarcación que construyó la hizo para navegar en una laguna cercana a su casa. “Yo había aprendido de mi papá a hacer algunas embarcaciones, pero en realidad fui autodidacta. Mi infancia estuvo muy ligada a la naturaleza, que era esplendorosa en este puerto. Cuando mi padre murió, ocupé sus herramientas y fabriqué la primera embarcación para un empresario. Fue una lancha de dos proas. La gente quedaba admirada, porque yo no había estudiado en la escuela de pesca”.
Tanto empeño y pasión ponía en su oficio que a pesar de su corta edad, los pescadores lo buscaban para que escribiera el nombre de “San Vicente” en las proas de los botes. Así se fue forjando su oficio, pero nunca dejó de construir pequeños barquitos que vendía en los bares, cuando los capitanes hacían la pausa del día. Recuerda que los vendía todos.
Sin embargo, su inquietud fue más allá. No se conformó con construir barcos de todo tipo, él quería conocer el origen de la navegación y para eso, comenzó a investigar: “Me pregunté quiénes eran los primeros navegantes. Mi entusiasmo era tan grande, que siempre quise saber más sobre la historia y estudié mucho sobre las primeras embarcaciones primitivas, sobre los romanos, griegos y vikingos”.
 

Sesenta años de modelismo entre cuatro paredes

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En esta habitación, Daniel conserva cerca de 200 piezas hechas por él mismo.
Fueron 60 años dedicados a construir con prolijidad y detalles embarcaciones a escala. Se propuso levantar su propio museo de la historia de la navegación mundial y lo logró. Es sorprendente lo que este maestro de ribera logró a punta de paciencia y entrega. Son más de 200 las piezas que guarda en su casa. En ellas se puede ver al hombre primitivo, las primeras canoas, a los esquimales con sus kayak de cuero de animales, incluso a los mapuche que habitaban los canales de Lenga. Las escenas no sólo están talladas en madera, también podemos escuchar y ver cascadas de agua que bajan de las rocas, a pajaritos trinando y a indígenas calentándose al lado de un fogón, cuyas llamas simula con lucecitas. Seguida a esta hermosa postal, vemos al buque escuela Esmeralda, a marinos en lanchas, a pescadores y buzos escafandras en botes más pequeños. Un viaje que pasa de la pesca artesanal a la industrial, incluso con la expresión del viento y el frío en los rostros de los pequeños hombrecitos de madera, con sus gorros de lana, sus chalecos descosidos y las botas embarradas. Cada una de estas embarcaciones está fabricada a escala y todas flotan, todas pueden navegar. Daniel sonríe y dice: “No sé por qué las construí pensando en que algún día podrían salir al mar, he dedicado mucho tiempo a ellas, a veces me encierro y no sé del tiempo, ni de comidas, sólo sigo tabla por tabla fabricando los barcos”.
Al fondo de la habitación, a un costado del Arca de Noé, con los animalitos subiendo por una rampa, vemos al imponente galeón español. Es una embarcación que destaca por su tamaño. Es hermosa. De casi dos metros, muestra grandes velas y mástiles.
Cuenta Daniel Jara que algunos de estos galeones incluso llegaron a San Vicente. Investigó entre los libros de la marina y descubrió que en el 1700 en este lugar estuvo instalado uno de los primeros astilleros. Su galeón corresponde a la San Miguel, con sus 54 cañones, que se dirigía rumbo al Perú y cuya misión era llevar a bordo el oro y la plata hasta el viejo continente. “Este galeón está fabricado con cuaderna y puede navegar, tiene detalles como los clavos que son de cobre, igual a los originales, porque todas las embarcaciones grandes se hacen con este tipo de clavos. Yo los hago con madera de raulí, el mejor material para el modelismo naval, para protegerlos de las termitas”.
Pero su dedicación y entusiasmo no ha encontrado las vitrinas esperadas. Triste, recuerda que una vez se dirigió al consulado Español en Concepción para ofrecer la exhibición de tan increíble creación. “Fui para el 12 de octubre a comentarles sobre las embarcaciones de Colón, con las Carabelas y otras españolas. Les ofrecí una exposición gratis, pero no recibí una buena respuesta”. Sin embargo, en otra oportunidad se topó con un ciudadano español en Talcahuano que le ofreció hasta 1 millón y medio de pesos por una de sus embarcaciones, finalmente, no quiso venderla. No es una cuestión de plata dice, porque se inició el modelismo con el sueño de levantar un museo, por eso no le interesa vender sus barcos sueltos.
 

La habitación del mar

img_8598Una puerta con ventanas llama a la curiosidad. ¿Qué habrá en la siguiente habitación? Daniel Jara nos invita a pasar con la certeza de que verá el asombro una vez más en nuestros rostros. Mi compañero fotógrafo no sabe hacia dónde dirigir su lente. Aquí todo es digno de capturar e inmortalizar en una imagen. Las paredes son de tonos celestes aguados, vemos óleos de paisajes porteños, también de su autoría, que adornan las paredes, y más y más barquitos, algunos paseando sobre las olas del mar a niños y abuelas, que ríen a bordo de estas réplicas bucólicas. Hasta un barco ballenero luce en un mesón, con una gigante ballena azul que lucha por zafar de sus depredadores humanos. Un pequeño pasillo nos conduce hacía más escenas. Vemos a la famosa Ana, de Talcahuano, con su cartel de “Ya Naval”,  o a Críspulo Gándara, folclorista y payador penquista, quien toca su guitarra mientras una pícara pareja baila la cueca chora. Al final nos espera una angosta y empinada escalera. Subirla es como dirigirse a una escotilla. Allí encontramos su taller con innumerables herramientas tiradas sobre un escritorio, que se ilumina por una ventana que aún deja ver esos antiguos patios con huertas y árboles de las casas de San Vicente. Lijas, limas, neoprén, pinturas, pinceles, clavos, lápices o cuerdas, y sobre ellas viejos planos de barcos reales que son la guía para su última obra. Su próximo desafío será construir el Titanic, ya está investigando los planos para este cometido.
 

El sueño 

Al preguntarle sobre el precio de esta colección, Daniel Jara queda en silencio. Dice que algunos entendidos en img_8595modelismo naval le han dicho que esto vale muchísimo más que los 50 millones de pesos que él, humilde e ingenuamente, cobraría por estos sesenta años de construcción. “Si yo me muero, esto se acabó. Mi familia puede hacer lo que quiera con todos los barcos, pero mi deseo en vida es ver mis embarcaciones en un museo, y poder disfrutar también tantos años de trabajo. Esto no lo tiene nadie. Sólo espero que se reconozca el aporte que he querido hacer a la historia desde mi querido San Vicente, y que la comunidad pueda disfrutarlo y aprender de esta colección”. Después de ver lo que esconde este exnadador, futbolista, pintor y maestro de ribera en su hogar, no se entiende cómo alguna autoridad local, regional, o incluso algún empresario, no se haya interesado en adquirir este invaluable material.
Un tesoro que duerme a vista de quien ha sido su apasionado creador. Un legado de un oficio paciente, como ninguno, y que sólo espera no naufragar en el olvido, cuando las fuerzas ya se alejen de este sencillo hombre, que soñó con levantar su propio y conmovedor museo del mar.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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