La insoportable levedad de la existencia

¡Qué ansias teníamos como país que la tragedia del avión siniestrado  en isla  Juan Fernández, culminara como una epopeya gloriosa, como ocurrió con los 33 mineros!
Esperábamos  quizás, otro cartel : “Estamos bien los 21 en una balsa”. Los seres humanos vivimos evadiendo la realidad,  soñando con  que somos inmortales. Y no  aceptamos  que la vida es una trampa, que nacemos sin haberlo pedido, que estamos encerrados en un cuerpo que no hemos elegido y que  vamos a morir.
Nos parece que los personajes que vemos en la televisión son eternos, intocables, inalcanzables, semidioses. Por eso nos duele tanto su partida. Recién caemos en la cuenta de que son seres humanos como cualquiera y ello nos horroriza porque nos hace meditar en nuestra propia partida y en la insoportable levedad de la existencia.
Sí, es aterrador comprender cuán leve puede ser el existir.
Los más llorados entre quienes viajaron rumbo a su final, cautivaban a través de las cámaras y  paradojalmente compartían el mismo nombre: Felipe. De un segundo a otro, estando tan cerca de tocar tierra, se apagó su luz. De un segundo a otro, se extinguió todo. Adiós fama, adiós viajes, adiós atardeceres,  adiós amadas familias y amigos, adiós hobbys, adiós halcones y caballos, adiós Chicureo, adiós equipo del matinal, adiós a la gran familia televisiva y a las personas anónimas que me quisieron sin conocerme, adiós. Adiós veleros, adiós escuelas modulares, adiós sueños  y desafíos, adiós ansias de levantar Chile, adiós sonrisas de niños humildes. Adiós escuela de Iloca porque fuiste la primera, adiós Zafrada, adiós.
Sí, a todos nos ha costado asumirlo. A lo mejor nos falta ser más espirituales, sensitivos y profundos, como tantos poetas que han escrito sobre la muerte. Gabriela Mistral compuso, con el alma dolorida,  sus grandiosos   “Sonetos de la Muerte”, dedicados al joven suicida Romelio Ureta, a quien ella amó en silencio.
Así como se preguntó el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, al contemplar la fosa solitaria de una niña recién enterrada, cuando ya no quedó nadie, ni el último deudo,  también me interrogo y me lleno de luto cuando pienso en la muerte: ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿O es  ficción, podredumbre y cieno? No sé, pero hay algo que explicar no puedo. Y es el dejar tan tristes, tan solos y olvidar tan pronto a quienes han muerto. No olvidemos a ninguno de los que dejaron un espacio enorme  tras la tragedia de Juan Fernández. Nos iremos, al igual que  ellos, en un instante. Porque la existencia es sólo levedad. Asumámoslo. Tarde o temprano, nuestros restos los acunará la tierra o los tragará la inmensidad del mar.

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