La lección que nos deja la pandemia

Paulina Spaudo Valenzuela, Psicóloga Clínica Infanto-Juvenil Perito Forense Infanto-Juvenil Terapeuta de Juego.

En diciembre comenzó esa etapa del año que cada uno de nosotros espera con ansias, y aún más tras las restricciones que nos impuso la pandemia. Tiempos de estar en familia, tiempos de Navidad y Año Nuevo, tiempos de vacaciones y de compartir en casa de los abuelos o de buenos amigos.

Momentos anhelados a lo largo de todo el año de estudio o trabajo, en que soñábamos con tener ese necesario espacio de reencuentro, de abrazar fuertemente a un familiar -da igual si es cercano o lejano-, y de valorar más que nunca un beso, un cariño o un apretón de manos. Tras las festividades y vacaciones vividas con limitaciones el año pasado, esta vez lo necesitábamos más que nunca.

Las fiestas de fin de año, Navidad y Año Nuevo, de seguro integran en cada uno de nosotros sensaciones que nos acompañan desde niños, pues desde que tenemos conciencia las asociamos a tiempo en familia, a festejar y a alegrar el espíritu compartiendo con quienes queremos. Y las vacaciones de verano, qué decir, es la etapa en que nos relajamos saliendo con amigos, compartiendo conversaciones cómplices e intercambiando pensamientos y anhelos de un futuro mejor. Es cuando salimos en familia a un lugar que nos permite desconectarnos del mundo y reconectarnos entre nosotros, o que visitamos a familiares para ponernos al día de afectos que no han podido demostrarse de manera cercana durante el año.

Sin duda estas fiestas y estos meses de verano remueven un cúmulo de emociones positivas -y a veces también negativas-, pero lo seguro es que remueven nuestra afectividad. Nos hacen darnos cuenta de lo importante de nuestras relaciones, de la necesidad de sentir cerca a nuestros seres queridos y de poder expresarles nuestro cariño de manera directa.

Aunque nuevamente debimos vivir las fiestas de fin de año en un escenario sanitario de riesgo, mismas condiciones en que deberemos tomar nuestras vacaciones, es bueno ver cómo paulatinamente hemos podido volver a sentir el calor de un abrazo de nuestros padres y madres. Aunque hemos debido mantenernos a prudente distancia, esta temporada nos brinda la oportunidad de volver a compartir con ellos, de mirarlos a los ojos, de hacerles un cariño, de conversar de cerca. Todas cosas que antes no valorábamos, dándolas por sentado, acciones triviales que recién ahora entendemos cuánto significan.

Es por ello que, a pesar de todo lo negativo que nos trajo la pandemia, debemos agradecerle una cosa: nos brindó la posibilidad de reflexionar sobre lo importante y significativo de los pequeños gestos de cariño, de la cercanía afectiva. Tuvimos que extrañar ese contacto durante dos años para entender su importancia, para ver lo necesario que es para todos simplemente poder abrazarnos. Entonces, por una parte este devastador virus ha remecido al mundo entero en distintos planos, desde lo físico y psicológico hasta lo económico y social, pero por otra, nos deja una gran lección de vida: el contar con nuestra familia, el tenernos unos a otros, el estar cerca de nuestros amigos y el demostrarnos cuánto nos queremos con una caricia o un abrazo es lo más importante en nuestra existencia.

Ahora, la tarea es no olvidar lo que hemos aprendido en este complejo periodo, valorar a diario las cosas simples, los afectos, y no volver a dar por sentado la posibilidad de reunirnos con nuestros seres queridos. Transmitámosle esta importante verdad a nuestros hijos e hijas, y enseñémosles con el ejemplo que el mejor regalo de Navidad es tenernos unos a otros, y que las mejores vacaciones no tienen que ver con el lugar escogido, sino con la magia que se genera al estar unidos, compartiendo con quienes queremos.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES