La transformación final de Magdalena

De nuestra biblioteca | 2014 |

Este texto se escribió en el 2014, por lo que algunos de los datos que contiene podrían haber cambiado.

Dice que nació en un cuerpo equivocado, pero se dio cuenta tarde, cuando estuvo a punto de morir. Fue el dibujo de una persona que no parecía hombre ni mujer la señal que le permitió “despertar”: ya no era más Gino, ahora era la Magda, la primera mujer transexual que se opera en el sistema privado de salud en Concepción.
Por Nicolás Durante Parra | Fotografías Gino Zavala.
Magdalena-Fabbri-1Fueron 70 sicotrópicos tomados al mismo tiempo, con música de fondo, y con un profundo deseo de desaparecer de una vez por todas de este mundo que no lo entendía los que acabaron con la vida de Gino Fabricio Fabbri Lizarrague. Y ahí nació Magdalena, la primera transexual de la Región del Biobío que este mes se operará por el sistema privado de salud.
Hoy, el pelo de esta joven de 23 años, estudiante de Sicología, está ondulado; su piel, blanca; sus pestañas, encrespadas; de sus orejas cuelgan por lo menos dos pares de aros, y tiene otro, una pelota de acero, en su mentón, y cuenta como si fuera ayer cuando su vida cambió radicalmente.
“El 2012 intenté suicidarme. Me tomé como 70 pastillas de todos los sicotrópicos que había en mi casa, porque mi mamá tiene una depresión endógena. Llevaba dos días encerrada en mi pieza, porque había peleado con ella, pero tenía un montón de cosas más en mi cabeza. Sólo pensaba que no podía ser yo. Lo único que yo quería era salir a la calle con los ojos pintados y con el pelo largo. Pero después en la universidad, me lo tenía que cortar, y cuando me pintaba los ojos, al otro día me quedaban restos de pintura y era terrible (…) Estaba en el computador, puse música, me tomé todas esas pastillas y pensaba que era raro que no me estuviera muriendo. Fui a comprar cigarros al negocio que está cerca de mi casa, me fumé uno en el camino, llegué a la casa, me fumé otro y, de repente, siento un peso tremendo en mis brazos y dije, ya, me voy a morir. Y me fui a acostar, y no fue dramático, porque ni siquiera lloré. En un momento escuché que llegaba mi mamá, y yo pensaba, ‘puta’, no me morí. Y filo. Llamaron una ambulancia, porque yo lo pedí, ahí me puse a pensar que iba a quedar con alguna secuela después de haber tomado tanta pastilla, entonces como ya no me morí, por último que me trataran a tiempo”.
En la clínica le hicieron un lavado. “Quedé con secuelas por un año, cuando bostezaba, me tiritaba todo el cuerpo”, cuenta hoy entre risas, mientras se le marcan unas leves margaritas en sus mejillas. De ahí, por protocolo es obligación de la familia hablar con un siquiatra 48 horas después de un intento de suicidio. Le recomendaron irse a la clínica Santa Sofía, en Santiago, porque era especializada en reposo. Su papá dijo que no, que él prefería que se quedara internada en la unidad siquiátrica de Chillán, porque era médico en el hospital.
Estuvo dos semanas internada. Le diagnosticaron trastorno histriónico con rasgos narcisistas de personalidad. Como ya era casi sicóloga, no quedó tranquila con lo que escuchó, no le cuadraba.
“Volví a Concepción convencida de que me sacaron de ahí porque era inteligente. Porque hay una diferencia súper grande entre padecer un trastorno siquiátrico y ser inteligente y no serlo. Y además en esas dos semanas vi a la siquiatra dos veces, a la sicóloga una vez, y estaban muertas de miedo porque yo estudiaba salud mental”.
Cuando regresó a la casa de su mamá, volvió a su siquiatra particular y le reiteró que tenía que irse, sí o sí, a la clínica Santa Sofía. Finalmente, la familia de Magdalena aceptó.
“Fue todo súper distinto. Yo llegué allá y tenía mi pieza sola, tenía una cuidadora 24/7, era una casa grande, de reposo, afuera tenía piscina, podía fumar a las horas que quisiera. Ahí yo viví mi depresión”.
El siquiatra del centro la mandó a evaluarse con la sicóloga, quien le hizo un test de dibujo libre. Al día siguiente, en la hoja en blanco que le habían dado, Magdalena dibujó el más infantil y básico de los retratos. Había un árbol, una casa y una persona. Se lo entregó, y la psicóloga lo primero que hizo fue preguntarle qué era la persona que había dibujado, si hombre o mujer.
“Y yo le dije que no sabía. Me volvió a preguntar si era hombre o mujer y yo le volví a decir que no sabía. Entonces en un momento me empecé a desesperar, y ella me volvía a preguntar si era hombre o mujer, y el tema es que yo toda mi vida hice dibujos muy andrógenos, entonces, en un momento yo me sentí tan presionada que le dije, ya, es hombre, y ella dejó el dibujo al lado, me miró súper seria y me preguntó si yo había tenido alguna vez una crisis de identidad sexual. No podía entender cómo esta galla me preguntaba eso, me tapé la boca y quedé impactada, pasó mi vida entera por delante, me acordé de todo lo que me reprimí, de cómo miraba a mis ídolas y yo no podía ser como ellas, y le dije: mierda, soy mujer”.
Esa pregunta sin prejuicios fue la que cambió su vida. Para siempre.
LA INFANCIA Magdalena-Fabbri-3 
La memoria de Magdalena es notable. Se acuerda tan nítidamente de cada detalle, que a ratos impresiona.
-Pero cuando tú eras chico, qué recuerdos….
“Prefiero que digas ‘cuando eras chica’, porque ahora te das cuenta que siempre fuiste mujer”, corrige.
Y además deja claro que la lucha nunca fue con los de afuera. La batalla era por dentro, entre Gino y Magdalena.
“Yo me acuerdo que pensaba en las mañanas, que Dios o que yo me había equivocado de cuerpo. Tenía la imagen mental de otra niña, que era yo en realidad. Eso pasó no sé si antes o después de que me empezara a probar las pantys, los tacos y los aros de mi mamá. Yo no sé si ella lo vio, ahora le digo que mire bien para atrás no más, porque sí había cosas evidentes”, recuerda mientras gesticula, y se mueve en una silla explicando con detalles cómo, por ejemplo, se ponía los aros a presión de su madre para no tener que perforarse. No debe haber tenido más de cuatro años de edad.
Nació un 10 de enero de 1991 en la Clínica Francesa de Concepción. Cuando le pregunta a su familia cómo era de pequeña, le dicen que el carisma que brotaba de ella era su principal característica. “Tenía un amor intrínseco por la gente, a mí la gente me adoraba, y yo adoraba a la gente. Era súper inquieta, exploradora, estaba metida en los carretes de los adultos. Incluso, hasta el día de hoy los amigos de mi mamá se acuerdan que yo repartía abrazos a todos. Y todavía conservo ese gesto”.
Sobre sus preferencias sexuales, las recuerda ambiguas. “A mí me gustaban las niñas cuando era chica. El problema es que yo era muy bisexual. De los cuatro años en adelante, como era muy exploradora, a los niños los encontraba reprimidos, pero a las niñas las admiraba y me gustaban por eso. Y los hombres me producían otra cosa, más que separar por orientaciones sexuales, yo creo que todos los niños son un poco bisexuales. Algo sentía, pero no lo sabía interpretar, porque la sociedad te enseña a interpretar los gustos de una manera determinada”.
Y todas esas interpretaciones puede que hayan nacido cuando estudió en el Colegio Bautista de Concepción. Al principio, cuenta, era súper ortodoxo con las normas evangélicas, pero adentro había gente muy cariñosa y como era un colegio chico, todos se conocían. Pero ahí fue cuando empezaron las represiones o autorrepresiones, como ella lo define.
“Dentro de lo que la gente me decía que no se hace, absorbí una imagen de que todo lo que yo hacía era malo y así me reprimí en muchas cosas (…) Yo le pedí una Barbie a mi mamá y me la compró. Y cuando preguntaban de quién era, yo mentía. Yo tenía siete años y ya tenía que mentir, entonces imagínate esa conciencia de culpa para un niño es súper desgarradora. Nunca le dije a mi mamá, y era porque siempre pensé que estaba mal. No sé quién cresta me lo enseñó, sé que alguien me lo tiene que haber metido en la cabeza. Yo le preguntaba a mi mamá qué habría pasado si hubiese nacido en otro cuerpo, y ella me decía que no me entendía”.
Magdalena siguió creciendo atrapada en ese cuerpo que no era el de ella, viviendo como un chico adolescente todos los rasgos biológicos propios. Incluso la sexualidad.
“Tuve una ‘andante’ mujer a los 14 años, con la que ni siquiera me di un beso. Me pesaba mucho la bisexualidad que sentía, sumado a la identidad de género femenina, yo no me sentía cómoda con una mujer, y yo soy feminista, pero dentro de mis mañas está que me gusta un hombre protector”.
Muy precoz, antes de esta niña, tuvo relaciones sexuales con un hombre. “Me sentía más mujer. Más que disfrutarlo, era una frustración por no ser mujer. Imagínate que yo recién a los 17, 18 años empecé a reconocer mi sexualidad, antes de eso era para validarme. Yo toda la vida me sentía incómoda con los rasgos masculinos. Eyaculé por primera vez como a las 17 años, los rasgos masculinos secundarios se dieron a esa edad. Pasé por una etapa en la que quería barba, pero era por una validación social, para ponerme a la par con otros hombres, no es que me naciera”.
Tuvo su primer pololeo estable este año, cuando empezó con su tratamiento hormonal, con un hombre transexual (que había nacido con vagina, pero su identidad de género era masculina). La relación no duró mucho, pero sí logró conocer el amor, y aprender que a veces hay que entregarlo todo por el otro, sin recibir mucho a cambio.
Sin tapujos, dice que también se ha enamorado, sin ser necesariamente correspondida, de otros hombres, pero por lo general heterosexuales. “Sí, me he enamorado de hombres hétero y eso cuando era muy chica me trajo problemas. Y se corrió el rumor, y yo quedé como acosadora. El tema es que a mí siempre me han gustado los hombres con rasgos masculinos, protectores”.
-¿Te catalogas como una mujer heterosexual, entonces?
¡Nooo! pansexual.
-¿Pansex qué?
Pansexual. Es una persona que más allá del cuerpo y del género, piensa que puede sentir una atracción según su momento histórico en la vida, según todas las circunstancias. Puede que una mujer que ahora no me atrae, llegue a enamorarme y me haga querer estar en el altar con ella. No me lo cuestiono, puede pasar cualquier cosa y enamorarme.
Magdalena-Fabbri-4EL PASO
Ya de grande, a cuanta fiesta iba con sus amigos, todos le decían Gina, era “andrógena”, dice. O sea, si bien es cierto se vestía como hombre, su voz, su pelo, su maquillaje denotaban que era mujer. Incluso, dice que por la calle todos pensaban que era una mujer con más rasgos masculinos que el promedio. “Yo sabía que potencialmente podía ser mujer tomando hormonas, pero dar el paso, no me atrevía ni cagando”.
Y pasó lo del intento de suicidio que aunque no resultó en la muerte como ella esperaba, sí le permitió renacer, esta vez convencida de que era Magdalena.
“Hablé con mis padres, le dije que era mujer y que quería empezar mi terapia hormonal cuanto antes (…) Es súper duro el protocolo y había que esperar. Podía ser algo del momento. Esperé un año y medio para empezar a hormonarme”, relata.
La orden del siquiatra, después de llegar de Santiago, fue no separarse de su mamá por estar aún vulnerable a un nuevo intento de suicido, iba hasta a trabajar con ella. Y su madre empezó a exponer todo lo que se había guardado durante la depresión de Magdalena, por acompañar a su hija. Y aunque su madre le decía que no la podía ayudar, porque no tenía plata, la Magda sólo quería que la acompañaran al médico, ojalá tomada de la mano, porque miedo era lo que más sentía en ese momento.
Las cosas se empezaron a complicar en su relación y se fue de su casa a un departamento con dos amigos, donde reside actualmente. Y siguió su tratamiento siquiátrico sola. El 2013 volvió a la universidad, con una depresión a cuestas.
“Llegó un punto donde ya no tenía remedios para seguir tratando mi depresión, en la primera ronda de certámenes me fue pésimo, y dejé las pastillas, y como yo estudio Sicología, sé cómo dejar los tratamientos, y me demoré tres meses. Después de ese tiempo la mejoría fue tremenda, me sentía mejor”.
En 2013 habló con Laura Jerez, de la Organización de Transexuales por la Dignidad y la Diversidad (OTD), y se unió. Hizo charlas, dice que se sintió realizada haciendo activismo, se empoderó hablando desde su experiencia y del coraje que tuvo para enfrentarse a todos sus miedos.
Cuando dejó los antidepresivos, le dijo a Laura que quería iniciar el tratamiento hormonal. El problema es que estaba el protocolo para personas transexuales en el hospital Las Higueras, que funciona con Fonasa, pero Magdalena “era Isapre”. Le consiguieron una hora con el doctor Rodrigo Baeza para el 7 de enero  -tres días antes de su cumpleaños- en su consulta particular.
Desde que entró, Magdalena fue recibida como lo que era, una mujer transexual, sin prejuicios, sin malas miradas, y el protocolo para iniciar cambios hormonales y eventualmente quirúrgicos, empezó cuanto antes, luego de una exhaustiva evaluación sicológica.
Le recetaron un anticonceptivo mensual que se inyecta y, diariamente, se toma un estrógeno bloqueador. De eso lleva cinco meses, y los cambios son notorios. Sus caderas se enancharon, muestra su cintura, presenta pechos femeninos.
“Me sentía débil como hombre, pero ahora estoy empoderada y me siento más mujer que nunca”, dice luego de describir los cambios que las hormonas han hecho en ella.
¿Va a cambiar algo en ti, por dentro, después de la operación? le pregunto. “Yo creo que me voy a sentir más segura, no más validada socialmente porque yo no me sentiré más mujer porque me opere. La que se relaciona con mi cuerpo soy yo, y a lo más mi pareja”.
Y sobre lo mismo, reconoce que no le da miedo tener una pareja en el futuro próximo. “Y yo quiero contarle, nunca ocultarle. Yo veo cuándo, cómo, por qué y a quién”.
Sobre cómo se ve en 10 años más, dice que le encantaría trabajar con el tema de la diversidad a nivel de sicología clínica, pero que la verdad de las cosas, a ella le encantaría seguir siendo la activista que es hoy. “A mí me encantaría trabajar con diversidad, hacer activismo. Sé que me gusta hacer esto, el tema es que no sé cómo lo voy a hacer para sobrevivir haciendo esto”.
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PREPARADOS PARA ¿QUIÉN?
La operación a la que se va a someter Magdalena que, en definitiva, es extirpar sus testículos y su pene, y con parte de éste, construir una vagina, con sensibilidad, vale unos $5 millones por el sistema privado. Ella pagará un millón de pesos, gracias al plan de su isapre. Pero sabe que es una privilegiada, porque cuando se opere, habrá otra chica en lo mismo, pero en hospital Las Higueras. “Y me da lata, porque ella tuvo que estar en una tremenda lista de espera, y yo pude agendar cuándo me opero”.
Por lo mismo cree que se hace urgente avanzar en un reconocimiento legal a la identidad de género, y que la ley que hoy avanza a paso lento en el Congreso es un paso gigante para ellos. “Más que Chile esté o no preparado, ¿a quién le afecta que yo me opere? Nadie tiene que estar preparado. La gente transexual sigue existiendo, es tapar el sol con un dedo no querer aceptarlo”, dice convencida. En el mismo sentido, lo que se requiere es agilizar, por ejemplo, el cambio de nombre y sexo ante el Registro Civil. Hoy, fácilmente una demanda puede durar tres años de trámite y una serie de engorrosos papeleos, muchos de ellos indignos. Con la nueva legislación ese trámite no debería superar los tres meses, y ser mucho más acotado y respetuoso con la identidad de género.
Magdalena Fabbri Lizarrague -porque así dice que va a aparecer en su cédula de identidad- está nerviosa, ansiosa, y lo único que quiere es que llegue el día en que la operen. Aunque vuelve a insistir que después de la cirugía no se sentirá más mujer, sí es la transformación final que tanto ha esperado.
-¿Por qué escogiste el nombre Magdalena?
Mi mamá me está diciendo que me ponga como segundo nombre Andrea, pero yo no quiero porque no me identifica ningún otro nombre. ¿Magdalena? No siento que a mí me guste, yo siento que es mi nombre no más. Hay muchas transexuales que tienen un porqué, pero la verdad es que yo antes de darle un significado a mi nombre, ya sentía que era mío. Con el tiempo le di una especie de significado. Yo estudié en un colegio evangélico hasta los 17 años, y empecé a pensar en María Magdalena, aunque no es por ella precisamente, pero María Magdalena es una prostituta reivindicada. Como pasaron tantos años donde yo me sentí rechazada socialmente, o autorrechazada, me reivindiqué con mi género en mi cuerpo. Tal vez es por eso.
 

Rodrigo Baeza:
“Decir que hacemos cambio de sexo es muy presuntuoso”

Cuando Rodrigo Baeza hace nueve años hizo su posdoctorado en Urología en el hospital Carlos van Buren de Valparaíso, nunca pensó que sería uno de los médicos pioneros en la cirugía a transexuales en Concepción. Y hoy, junto con su maestro, Guillermo MacMillan, llevarán a cabo la cirugía de Magdalena Fabbri, la cuarta en esta Región.
Baeza explica con calma que lo que él hace no es un cambio de sexo, sino sólo una adecuación, casi menor.
“Los transexuales son las personas que tienen una identidad de género no acorde con su fenotipo, es decir, con cómo se ven por fuera. La palabra cambio de sexo no es la adecuada. Está mal entendido. Nosotros no le cambiamos el sexo, nosotros hacemos una adecuación de su parte física externa. En el fondo, hay que conocer a un paciente para ver que uno no hace nada, en realidad, no le hacemos tanto, los pacientes tienen su identidad súper clara, ellos son hombre o mujer, la sorpresa es cuando les sacas la ropa. Decir que hacemos cambio de sexo es muy presuntuoso”.
Y así, Baeza se ha convertido ya casi en toda una figura en regiones entre las organizaciones de transexuales. Todos saben que él los puede ayudar.  
“Nosotros tenemos 27 pacientes en Las Higueras, y un solo paciente en una clínica, que es Magdalena, y todos están en distintas etapas. Son tratamientos multidisciplinarios, trabajamos con cirujanos plásticos, ginecólogos, endocrinos y salud mental, que hace el acompañamiento en la vida de las personas y también los urólogos. Hemos hecho tres cirugías genitales acá y ahora en junio serán dos más. Pero hemos ayudado a mucho más que cinco”, asegura.
EL PRIMERO
Baeza recuerda como si fuera hoy a su primer paciente transexual en Concepción. “Llevaba un año y medio en Higueras y llega la auxiliar del servicio. Tenía 10 pacientes ese día, y había un paciente extra que quería que lo atendieran y yo dije que si no tenía hora, entonces no lo iba a ver. El paciente esperó hasta el final y la auxiliar me dice que me seguía esperando. ‘Es un joven que anda con una mochila, no sé qué quiere’, me dijo ella, entonces yo lo hice pasar. Y era un chiquillo común y corriente.
– ¿Tu nombre?, le pregunté.
– Claudio.
– Claudio, asiento, ¿en qué te puedo ayudar?
– Doctor, el tema es que yo soy Claudio, pero mi carnet dice Claudia.
Y entonces yo ahí entendí al tiro que era un paciente transexual. Como hombre no le daban trabajo en ninguna parte, porque le ven el carnet y hasta ahí llegaban todas sus posibilidades.
De eso ya han pasado nueve años y el avance ha sido notorio, comenta el médico. “Ha ido creciendo, se ha ido desarrollando más, se ha ido transparentando más. Los pacientes se pasan el dato de que hay un doctor en Higueras que te pesca. Antes los mandaban a salud mental, el de salud mental lo mandaba a endocrino, luego a urología, y después le pedían ser reevaluado en salud mental. Lo que pasa es que en la formación de un médico nadie te enseña de sexualidad, nadie te enseña lo que es la transexualidad, lo que es la identidad de género. Y ojo, que esto no tiene nada que ver con su tendencia sexual. Yo no les pregunto si les gustan los hombres o las mujeres, porque eso no me dice nada”.
-¿Cuánto se ha avanzado?
Para ellos es un cambio del cielo a la tierra. Es impensado que nueve años atrás esto hubiese llegado a este nivel de evolución. Cuando viene mi ex jefe (MacMillan), nos dice que en Biobío lo tenemos todo, apoyo del hospital, apoyo de ONG como la OTDD, tenemos el apoyo de un equipo multidisciplinario. McMillan tiene más de 30 años trabajando en un hospital y no ha logrado que nadie lo pesque.
La meta, dice Baeza, es que ahora esto tenga alguna valorización en Fonasa, porque hasta el momento, de pura buena voluntad han logrado llevar adelante los procedimientos. Voluntad del director de Las Higueras para prestar un pabellón, voluntad de los otros médicos para formar parte del equipo multidisciplinario.
“Hay que entender que son pacientes que han sufrido mucho. Nosotros logramos hacer una valoración de la persona, en cosas tan simples como que, después de la operación, sea internada en ginecología. Estar en una sala con puras mujeres recuperándose, eso, es un reconocimiento social impresionante”, concluye con una mirada tan esperanzada en que en un tiempo más no será el único que se dedique a este grupo, sino que sea algo incluido como política pública.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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