“La Vida me mata”

Casi desde el comienzo me llamó la atención la trivia de esta película: una ópera prima en cuyo elenco figure Amparo Noguera, Claudia Celedón, Catalina Saavedra, Alejandro Sieveking y Bélgica Castro (a quienes tuve el gusto de conocer por este medio) por defecto no debería ser mala. Cuando me entero que la película además tiene cierta pretensión estética con formato en blanco y negro, y que el tema de la muerte -sin seudo intelectualismos superados por la fuerza de gravedad- está planteado en el código del humor más negro, mis esperanzas se renuevan: tal vez estemos en presencia de una mirada de autor (y no un clisé eroticón) que logre cumplir airoso su cometido ¿Cuál? Sacudirnos. Quedarse en la butaca, quizás no impresionado, pero sí con la extraña sensación de haber sido transportado por hora y media a un punto de vista diferente, especial. Justamente lo que más le falta al cine chileno.
La historia trata sobre la crisis que traviesa Gaspar (Gabriel Díaz), tras la muerte de su hermano. Es un autista rodeado por distintas caras de la muerte: sólo piensa en suicidarse. Su hermana Margarita (Amparo Noguera) practica la ouija, su madre es una orate (muerta en vida), su abuelo (Alejandro Sieveking) está moribundo y trabaja como camarógrafo en un cortometraje irrisorio y absurdo que parece sacado de los delirios más etílicos de Ed Wood o las películas de Troma Films. Su jefa, genialmente interpretada por Claudia Celedón, es una aspirante a artista con delirios de grandeza, llena de frases snob y actitudes grandilocuentes (como si fuera una cruel burla a buena parte del medio) que construye una historia sobre una mujer grotesca acosada por fantasmas de muertos. Y por si fuera poco, entraba amistad con el protagonista del corto, Alvaro (Diego Muñoz) un ser extrañísimo, al borde de lo psico, que incentiva a Gaspar a investigar obsesivamente la muerte en lugar de auto-provocársela.
Como pocas veces sucede en el medio local, los diálogos son realmente efectivos, inteligentes y plenos de sarcasmo (Pedro Peirano y Sebastián Silva, el director, están a cargo del guión). Y digo inteligentes, porque cada chiste, paneo o elipsis lleva a una segunda lectura. Los halagos también corren para la música, que en esta película sí es incidental, en muy buen trabajo logrado por Pedro Soubercaseaux. Quizás el punto más flojo sean las actuaciones: Gabriel Díaz llega a ser demasiado tieso, e incluso a ratos pareciera que estuviera al borde del ataque de risa, al igual que Pablo Schwartz en la escena de la morgue, donde hace de extra como cadáver. Mención especial para Alejandro Sieveking y Bélgica Castro: juntos exhalan esa complicidad que sólo contadas parejas de artistas logran en una vida sobre las tablas.
Ojo con el cortometraje esperpéntico, cuyas escenas, mostradas en fragmentos a lo largo del film, comienzan de forma progresiva a aportar nuevos significados sobre los personajes y para la película misma. Como una eficaz metonimia, invita a los temas clásicos: la vida como una película -o viceversa- el arte como una suerte de premonición, etc. Ojo, quédense hasta el final de los créditos, aparecerá una sorpresa.
Lo innegable de “La vida me mata” es que es un punto de vista de aquellos que invitan a ser incorporados, o al menos a revisar los propios; que maneja diferentes niveles y que juega con distintos estados sicológicos. Y eso sólo pertenece al buen cine.
Por Nicolás Sánchez

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