Las alertas que enciende el censo

A pesar de sus inexactitudes e irregularidades, el último censo muestra datos de extrema importancia: el dramático descenso en el índice de natalidad y el aceleradísimo envejecimiento de la población que se han registrado en los últimos años, lo que debiera llevar a un completo replanteamiento de las políticas públicas e incluso de los programas de gobierno de los candidatos.
Un censo es como una radiografía que muestra el estado de salud del paciente. Y dado lo anterior, no cabe duda de que Chile sufre de un auténtico raquitismo poblacional, que revela un panorama desolador, muy opuesto al notable crecimiento económico y a la mejoría del estándar de vida de las últimas décadas, al punto de que todo lo alcanzado podría ir perdiéndose por causa suya. Ello, porque tiende a olvidarse que una sociedad está formada por personas, por nosotros mismos, y que, además, como somos mortales, para que esta sociedad subsista y el progreso perdure, es indispensable un adecuado recambio generacional.
Sin embargo, parece que algo hemos hecho mal, porque las políticas implantadas para lograr este imprescindible objetivo han sido francamente desastrosas; de lo contrario, nuestra fecundidad no estaría por los suelos y, más aún, no existiría este ambiente cada vez más hostil hacia los niños.
En efecto, cada vez es más difícil traer hijos al mundo, puesto que los costos económicos asociados a su crianza y educación son considerables. Cada día los compromisos y las necesidades impiden más la adecuada dedicación que un niño requiere, ya sea porque son criados por un solo progenitor (usualmente su madre, aunque reciba ayuda de su familia), o porque ambos deben trabajar. No faltan, por otro lado, aquellos padres a quienes en realidad no les interesa la formación de sus hijos, por estar más preocupados de sus metas personales, endosándoles dicha labor a los colegios, con lo que se puede decir que existen muchos niños “huérfanos de padres vivos”. Otros han optado lisa y llanamente por eliminar a los niños de sus vidas, a fin de tener un mejor confort.
A lo anterior se han sumado políticas y leyes que en nada favorecen la venida de nuevas vidas o socavan el hábitat natural e idóneo para su desarrollo: la familia (padre y madre) unida por un vínculo estable y serio (el matrimonio, no sucedáneos que en el fondo no comprometen). Así, el divorcio, las políticas de educación sexual, la repartija de anticonceptivos (algunos claramente abortivos) incluso sin autorización de los padres y, en general, la trivialización del sexo, han tenido, pasados los años, los efectos que hoy se constatan.
Incluso la economía ve a la maternidad como un estorbo, sin darse cuenta que los niños que de ella resulten serán futuros clientes que le permitirán seguir funcionando más adelante.
¿Tan ciegos estamos que no entendemos que por este camino nos estamos suicidando como país?

 

Max Silva Abbott
Doctor en Derecho y profesor de Filosofía del Derecho
Universidad San Sebastián

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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