El estallido social que comenzó el 18 de octubre tiene tantas historias para contar, como protagonistas para relatarlas. En Concepción, la “crisis” empezó un día después que en Santiago, modificando vidas, destinos, planes y rutinas. Estado de emergencia, toque de queda, manifestaciones multitudinarias y pacíficas, pero también saqueos y mucha violencia fueron los temas que acapararon el interés ciudadano, el de los medios y de las redes sociales, sobre todo en la capital regional que, como pocas en el país, recibió el impacto de todos aquellos fenómenos de una sola vez. De esa vorágine, rescatamos las historias de cuatro penquistas que también estuvieron en la calle, viviendo la crisis a su manera, desde posiciones que -de tan evidentes- muchos pasamos por alto o no quisimos ver.

Rodolfo Olave, el hombre semáforo de Freire con Paicaví

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Son las 10 de la mañana. Faltan pocos días para la Navidad y, a esa hora, el sol veraniego ya pega fuerte en Concepción. La intensidad de esos rayos se nota en el rostro de Rodolfo Olave, quien visiblemente acalorado, está dirigiendo el tránsito justo en la intersección de Freire con Paicaví.

Donde antes hubo nueve semáforos, hoy está Rodolfo (57), vestido con un chaleco reflectante naranja, un jockey oscuro y, en su mano izquierda, un disco que fabricó con el fondo de un lavatorio de plástico, un tubo de PVC y unas hojas de cuaderno con las que escribió la palabra ”Pare”.

Cuenta que fue conductor de la locomoción colectiva. Durante 19 años estuvo recorriendo en su micro las calles de la capital regional. Esa experiencia, dice, le da la visión para, a falta de semáforos, mantener el tránsito ordenado en esa concurrida avenida que se cruza con una de las arterias que lleva al centro de Concepción.

Al 16 de diciembre, la Seremi de Transportes y Telecomunicaciones del Biobío daba cuenta de que en el centro penquista 43 intersecciones permanecían con sus semáforos apagados. Y las caracterizaba por colores según su complejidad: verde para baja complejidad, naranja para mediana y, roja, para las más complicadas. En una de estas últimas está Rodolfo.

Los disturbios ocurridos tras el estallido social ocasionaron la destrucción de numeroso equipamiento urbano, especialmente en el centro. Algunos semáforos quedaron en mal estado, “apagados”, y otros fueron arrancados de raíz. En la capital de una provincia donde circulan alrededor de 270 mil vehículos motorizados, la falta de estos mecanismos para ordenar el tránsito se nota. En ese problema, un primo de Rodolfo Olave vio una oportunidad y fue a trabajar como “semáforo humano” a la rotonda Pacaví. Su pago es el aporte voluntario de los automovilistas. “Le fue bien, y ahí yo pensé que podía hacer lo mismo.

Por mi pega anterior yo sé de normas de tránsito y casi todos los choferes de las micros me conocen, así es que por ahí no iba a tener problemas”, rememora Rodolfo, que al cabo de una hora y media levantando su disco y haciendo sonar un pito para dar el pase a los autos, se da unos minutos de descanso para tomar una bebida.

En una hora y media se ha hecho casi dos mil pesos. Muy poco comparado con los 40 mil que reunía a mediados de noviembre, en una jornada de 9 de la mañana hasta las 3 de la tarde. “La cosa se puso mala desde que salió en las noticias que la municipalidad había contratado gente para este trabajo. Creo yo que los conductores piensan que a mí también me paga la muni, y por eso son pocos los que aportan”, cuenta en tono resignado.

Y tiene razón, porque de unos 40 vehículos que pasan, no más de dos detienen la velocidad para entregar su aporte. Actitud que contrasta con la de peatones, que también se ven favorecidos con la gestión de Rodolfo para cruzar esa transitada avenida, y se acercan para entregarle una propina.

No más de cinco minutos le dura el descanso. Los bocinazos y una frenada brusca dan cuenta de la falta de semáforos. Para allá parte Rodolfo, corriendo. Se instala en el medio de la calle, detiene el tránsito hacia un lado, da el paso a otros, y todo comienza a fluir de nuevo, casi, como antes.

Jorge Zambrano y Ramón López, los amigos lustrabotas de la plaza

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Jorge Zambrano lleva cerca de 61 años trabajando como lustrabotas en la Plaza de la Independencia de Concepción. No tiene claro cuántos son exactamente, pero sí sabe que son más de seis décadas.

Lo recuerda porque debajo de los mismos tilos que hoy le dan sombra para trabajar, escuchó la final del Mundial de Suecia de 1958, donde Brasil ganó a los locales y alzó por primera vez una copa de esta envergadura. “Había un negocio al frente de la plaza que vendía radios. Pusieron un parlante y por eso pudimos seguir todo el partido”, cuenta. Ahí la gente conoció a Pelé, complementa uno de sus clientes habituales, de esos que llegan una o dos veces por semana bien temprano a lustrar su calzado.

Jorge es uno de los más antiguos del Sindicato Independiente de Lustrabotas de Concepción. Aunque no siempre trabajó en este lugar. “Partí a los 10 años, mi lustrín y a patita pelá, pero los más viejos no nos dejaban estar en la plaza. Había que tener permiso”. Logró entrar al círculo a punto de cumplir 14. Se casó y tuvo dos hijos a los que educó junto a su mujer gracias a este oficio. Desde la esquina oriente de la plaza, ha visto cómo ha cambiado la ciudad, su gente, la moda, las autoridades y “las costumbres sobre todo”, recalca.

Por eso su mirada de la crisis y de sus consecuencias tiene tanto valor: “Nunca había visto algo tan caótico en Concepción, ni tampoco la plaza tan destruida. Soy jubilado y tengo la pensión básica solidaria. Entiendo y también estoy con lo que se pide, pero la destrucción, los saqueos y la violencia no tienen nada que ver acá”, recalca. La tarde del incendio de la gobernación estaba en su casa. “En esos días trabajábamos hasta mediodía. No se podía más”. Del incendio se enteró por la radio. Pensó en su sillón y en su lustrín que quedaban guardados en la gobernación. “Pero a esa altura qué se iba a hacer”.

Al día siguiente, su amigo y colega desde hace 41 años, Ramón López, encontró el módulo de Jorge en Aníbal Pinto con San Martín, volteado, en medio de la calle. La municipalidad se los había entregado en comodato a los integrantes del sindicato de la plaza en 2017. Venían con un sillón para el cliente, un lustrín y una banqueta para el lustrabotas. Cuestan cerca de 600 mil pesos.

Como pudo, Ramón arrastró el sillón de su amigo para guardarlo. Le faltaba el respaldo. Del suyo nunca más supo, cree que se quemó en el incendio. “Tengo 61 años. Esto no me iba a parar, así es que ese mismo día conseguí un lustrín y compré materiales para seguir trabajando”, recuerda Ramón.

Por varios días más el trabajo no remontó. La gente ya no iba a lustrarse a la plaza. “La mayoría de nuestros clientes son mayores. No venían a arriesgarse y evitaban el centro porque hubo días en que hasta costaba respirar por el gas de las lacrimógenas que se levantaba con el viento. Ahora están volviendo, pero de a poco. La clientela bajó un 50 por ciento más o menos. Nos han perjudicado harto”, relata mientras se despide y con la anilina comienza a limpiar un nuevo zapato. “Llegó un cliente y hay que atenderlo como corresponde”, dice.

 

Patricio Parada: “A cada paso enfrentamos una dificultad distinta”

 

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Desde hace dos meses, Patricio Parada (66) va al centro de Concepción solo cuando es estrictamente necesario. El estallido social modificó totalmente su rutina de desplazamiento. Es uno de los gestores de Coalivi y actual director de su Centro de Educación y Rehabilitación

Integral. Es ciego desde los ocho años. “Antes iba y venía para todos lados sin problemas, pero ahora transitar por lugares que han sido vandalizados nos obliga, no solo a los ciegos, sino a todos los que tienen cualquier otra discapacidad, a movernos con el triple de precaución”, asegura.

Y esa situación se la ha hecho ver a autoridades locales y también la ha transmitido dentro del Consejo Comunal de Organizaciones de la Sociedad Civil que él también integra en la capital del Biobío: “Poder manifestarnos de manera libre es un derecho, pero no se puede dañar ni tampoco descuidar el espacio público como ha sucedido en Concepción”, recalca.

Oriundo de Tiuquilemu, Región de Ñuble, la pérdida total de la visión a tan temprana edad lo obligó (otra alternativa no había) a trasladarse a Santiago para continuar su enseñanza básica en la entonces Escuela de Ciegos N° 3 del Estado, hoy colegio Hellen Keller. Ahí además adquirió destrezas que le permitieron tener una autonomía que pocas personas con discapacidad visual lograban en aquella época. Continuó sus estudios secundarios y luego fue a la universidad, donde se tituló como profesor de Español y como educador diferencial. Con toda esa experiencia, fue uno de los impulsores de la creación de Coalivi en Concepción que, al 2019, atiende anualmente de manera presencial a 90 personas, entre niños, jóvenes y adultos con discapacidad visual.

Allí la mayoría aprende o se rehabilita para orientarse y desplazarse en espacios interiores y en las calles. “Muchas de las personas ciegas que usted ve hoy en el centro caminado con bastón guiador han adquirido estas destrezas en Coalivi”, añade. Pero reconoce que hoy el entorno para los ciegos es mucho menos amable. “A cada paso enfrentamos una dificultad distinta: la falta de adoquines en las veredas, de semáforos en las esquinas o los múltiples obstáculos que están en las calles, incluyendo a los comerciantes ambulantes que tapan las veredas con sus carros, su mercadería y sus toldos, son un peligro permanente para alguien con discapacidad visual”, enfatiza.

Lo han conversado en Coalivi, pero también han tratado de motivar a sus alumnos para que, de a poco, retomen sus rutinas con los resguardos y precauciones que corresponda. “La gente sale menos porque trata de no exponerse a peligros, y eso es natural. Si tu ruta ha cambiado o se ha puesto más riesgosa, es mejor evitarla”, señala. Y ejemplifica lo anterior con solo un dato: la falta de semáforos. “Esta es una tecnología que ordena el tránsito vehicular y peatonal, pero para nosotros, su buen funcionamiento implica un riesgo menos en la calle, más aún si son sonoros, porque estos nos alertan cuando está habilitado para cruzar en una arteria”, añade. Por lo mismo, tiene esperanza de que en la comentada reposición se incluyan más semáforos con sonido. Sería un gesto importante, dice, para una sociedad que pide ser cada día más inclusiva.

 

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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