“Little miss sunshine”: sátira al clásico drama de andar de looser por la vida.

Hay películas que sin ser geniales producen una “situación cinematográfica”, que no es otra cosa que un compromiso serio del espectador con lo que está observando. Una auténtica abstracción que crea, aunque sea de forma ligera, un antes y un después de la función.

Cuando una película me produce esa necesidad de discutirla o me abre una nueva perspectiva, ya cumplió entonces su función principal: llevarme a otro mundo necesario para la salud espiritual, cuando no me conformo con el chato discurso diario que se dispara desde el entorno, la prensa y finalmente las instituciones.

Así, una buena película es casi como una buena banda de rock. Se hace tu amiga.

Y “Little miss sunshine” puede entrar a este club. No hay que engañarse: no estamos ante una obra maestra, no es buenísima (ese estatus lo alcanzan elegidas como “Los infiltrados”) y ni siquiera estoy muy seguro si llegará a ser de culto. Pero se atreve a contar una historia con un guión diferente, dirigida por directores novatos (Jonathan Dayton y Valerie Faris), actuada por grandes actores desconocidos y un humor ácido que se permite licencias muy poco correctas, bien alejadas de la previsible moral tipo Walt Disney.

“Little miss sunshine” es la historia de los Hoover, una familia absolutamente disfuncional. El abuelo (Alan Arkin) es un viejo chucheta que fue expulsado de un albergue por ser adicto a la cocaína; su hijo Richard (Greg Kinnear), un ser binario que se dedica a entregar charlas motivacionales que repiten majaderamente “las diez reglas” para ser un ganador (lo triste es que él es un auténtico looser); su esposa Sheryl (Toni Collette, “Sexto sentido”) ya pasó por un divorcio y debe cargar con las neuras de todos; Frank, su hermano (Steve Carell) es un académico gay que jura ser la mayor eminencia sobre Marcel Proust y que intentó suicidarse luego que su amante lo rechazara. Los hijos del matrimonio tampoco ayudan demasiado: el adolescente Dwayne lee todo el día a Nietzsche, los odia a todos y no habla con nadie, mientras Olive, su hermana, es una tierna niña regordita que sueña con ganar un concurso de belleza.

Un día, por una verdadera casualidad, la pequeña Olive resulta seleccionada para participar en el dudoso concurso “Pequeña Miss Sunshine”, en California. La comedia de situaciones –y de dramas- comienza cuando la familia freak se embarca en pleno para acompañar a la niña hasta el certamen, a bordo de una oxidada camioneta Volkswagen. Curiosamente, las fallas de la caja de cambios obliga a que la máquina viaje a pulso y siempre hacia adelante, sin posibilidad alguna de retroceder.

Este film toma dos tópicos principales: la presión de ser un perdedor en una sociedad obsesionada con los ganadores (hoy todos los programas de televisión son sobre competencias; bien lo dijo Mario Mutis en estas mismas páginas) y la cultura de lo desechable por sobre lo interior. Es cierto, los tópicos son ultra clisés, pero toman un sabor renovado en esta road movie, que ganó el premio del público en el Festival de San Sebastián y cuyo estreno fue ovacionado en el Festival de Sundance.

Por: Nicolás Sánchez

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