Son un patrimonio arqueológico único para la Región del Biobío. Se ubican en la comuna de Hualqui y su data es del período prehispánico, posiblemente a mediados del siglo XV. Algunos cronistas dicen que estos grabados en piedra fueron obra de los incas y que se hicieron para rituales específicos, como el sacrificio de niños. Hoy, estas místicas piedras talladas están en el abandono. Vándalos o “artistas” de los aerosoles comenzaron a dejar sus marcas en ellos. Eso mientras otras personas se esfuerzan para que sean más conocidos por la comunidad y reciban la protección que merecen.

Los petroglifos simbolizan rostros humanos acorazonados y animales (la mayoría aves y un camélido). En la foto, se aprecia parte del daño ocasionado por los rayados de aerosol.

Está claro que la historia en Latinoamérica no comienza con las conquistas europeas. Se sabe que antes de 1492, cuando se descubrió América, existieron culturas únicas, la mayoría ágrafas -sin sistema de escritura- que dejaron vestigios y tesoros para la posterioridad. Estos habitantes originarios se expresaron de diferentes formas: a través de petroglifos (grabados en piedra), geoglifos (figuras construidas en laderas de cerros o en planicies), y con pictogramas (pinturas sobre rocas).

Los petroglifos de La Costilla son un ejemplo de manifestación prehispánica. Están ubicados en la alta meseta de un cerro, en la comuna de Hualqui -Región del Biobío-, y esconden una historia fascinante, desconocida por muchos, pero ya estudiada por destacados cronistas e historiadores, como Diego de Rosales, Carlos Oliver Schneider y Fernando Campos Harriet, entre otros.

No se tiene certeza sobre su origen. Algunos señalan que fueron hechos por los incas durante una invasión ocurrida en la antigua frontera del Biobío; otros, que pertenecen a los antepasados de los mapuche. De lo que sí se tiene certeza es que son fruto de una remota cultura, probablemente indígena, que habitó en esta zona de Hualqui a mediados del siglo XV.

Hoy, este patrimonio arqueológico de gran valor, que podría entregar interesantes aportes a nuestra historia, se encuentra abandonado y en peligro de desaparecer si no se toman medidas en el corto plazo. Si bien existen esfuerzos locales por dar a conocer este tesoro prehispánico con el que cuenta la Región -uno de los pocos que existen en Chile-, falta mucho camino por recorrer.

El actuar de los vándalos está causando mucho daño. A la basura esparcida, de todo tipo, se suman los rayados con aerosoles en algunos petroglifos. También, muy cerca de las piedras, se instaló una antena de alta tensión de una termoeléctrica, que vuelve inseguro el terreno para los visitantes.

La invasión Inca

Una teoría respecto al origen de los petroglifos de La Costilla tiene que ver con la ocupación inca en la frontera del Biobío. El Imperio incaico o Inca -el mayor en la América precolombina- habría llegado posiblemente a la bahía de Concepción y al golfo de Arauco en busca de oro.

El cronista español Diego de Rosales, en su libro Historia General del Reyno de Chile, hace alusión a esta hipótesis y es el primero en mencionar la existencia de estos petroglifos durante el siglo XVII.

“Pasaron adelante (los incas), y en Quilacoya tuvieron otra fortaleza, y allí hay siete piedras a manera de pirámides labradas que fueron puestas por los indios del Perú para hacer la ceremonia llamada Calpa Inca, que se hacía para la salud del rey inca cada año”, relata el religioso católico.

El profesor de historia y geografía de la Universidad de Concepción, Luis Espinoza Olivares, ha dedicado varios años a investigar sobre este lugar. El pasado 2017 publicó su más reciente trabajo, Hualqui: el misterio de los petroglifos del Cerro de La Costilla, un patrimonio en peligro.

La singular formación rocosa del sitio probablemente atrajo a la cultura prehispánica que se estableció allí con un centro ceremonial.

Para él, la teoría de los incas no se puede demostrar con exactitud, pero tiene sentido, “ya que el escritor Diego de Rosales manejaba muy bien el mapudungun. Probablemente la historia que cuenta es fruto de sus conversaciones con los indígenas”, dice.   

Además, el historiador agrega: “Los petroglifos vendrían a ser el primer hito de una ruta del oro que se estableció en la zona (…) Los incas habrían llegado hasta el río Quilacoya con el interés de hallar oro; como consecuencia de su estadía, establecieron un centro ceremonial en la parte más alta de Hualqui”.

Otros historiadores, como Fernando Campos Harriet y Carlos Oliver Schneider, sustentan el relato de Diego de Rosales. El autor del Libro de Oro de Concepción entrega un par de líneas sobre el pasado inca de los petroglifos.

“En los alrededores de Hualqui se encuentra el Cerro de la Piedra de la Costilla. La piedra y el sitio en referencia no ocultan ningún tesoro y, sin embargo, significan un tesoro. Constituyen el jalón, el sitio más austral hasta donde llegó un día la invasión incásica: las huestes de Tupac Yupanqui”, relata Oliver Schneider.

El sacrificio

De haber sido los incas los autores de los petroglifos en el cerro La Costilla, y de haberse establecido un centro ceremonial, estaríamos frente a una de las pocas huellas que dejó este imperio en territorio chileno.

“Éste es un conjunto megalítico muy interesante. Las formaciones rocosas fueron esculpidas por la naturaleza y posiblemente esa magia que tiene el lugar determinó que una cultura inca o pre inca estableciera ahí un centro ceremonial”, agrega el historiador Espinoza.

Los relatos, además, hablan de una ceremonia llamada Calpa Inca, básicamente un sacrificio humano, como los que se realizaban en la cordillera de Los Andes, incluso antes de que existieran los incas.

Según la creencia, se escogían dos niños de seis años de edad cada uno, que fuesen hombre y mujer. Luego, los infantes, vestidos con trajes típicos incas, eran drogados con alcohol y coca; más tarde se les enterraba vivos. Se creía que el pecado que el rey hubiese cometido iba a ser pagado con la vida de aquellos inocentes.

Para los incas, esos niños ofrendados no morían, sino que se reunían con sus antepasados, quienes observaban las aldeas desde las alturas. También se piensa -y esto en un contexto mucho más militar que sagrado- que las tumbas eran advertencias que se hacían para inspirar temor en los pueblos conquistados.

El centro ceremonial no sólo habría servido para el sacrificio de almas puras. “Los incas, como cuenta Diego de Rosales, con las mismas piedras gigantes del sector, construyeron una pirámide, la que posteriormente fue dinamitada con el objeto de encontrar tesoros”, cuenta Luis Espinoza.

Durante varias décadas se decía que debajo de los petroglifos, además de los cuerpos de los niños sacrificados, había muchos utensilios de oro enterrados. Así, no era extraño encontrarse con excavaciones en el lugar o directamente con personas que llegaban hasta allí con la esperanza de hallar riquezas.

Exploradores locales

Pero el sitio no sólo llamó la atención de los “buscadores de oro”, sino también de los exploradores locales que, sin afán de lucro, emprendieron largas excursiones para llegar hasta la cima del cerro La Costilla, donde es posible avistar incluso una parte de la cordillera de Los Andes.

El doctor Luis de la Cerda, por ejemplo, visitó los petroglifos en la década del ’30, y obtuvo un interesante registro fotográfico. En la ocasión señaló: “Existen originales dibujos labrados, por quizás qué desconocidos artífices, hace cientos de años y cuyo aspecto es fácilmente visible”.

Asimismo, durante la visita distinguió cráneos, rostros humanos, muy bien definidos, con nariz corta y hundida, boca pequeña y un mentón completamente destruido por acción humana.

“Son rostros prehispánicos, muy parecidos a los que hay en Ecuador y Perú, muy acorazonados”, agrega el historiador Espinoza.

Una figura que entonces llamó la atención del doctor de la Cerda fue una especie de tórax o costilla que, de hecho, le da el nombre al lugar. El destino de esa piedra con el petroglifo de la costilla es desconocido. No se sabe si fue trasladada, enterrada en el lugar o lanzada al precipicio. 

“La creencia popular decía que el cerro se llamaba así porque hay muchas formaciones rocosas que se asemejan a costillas (…) En mi investigación me di cuenta de que no era así. Más bien correspondía al dorso humano o de un ave de uno de los petroglifos que fue sacado de su lugar y que tenía la forma de costilla”, explica Luis Espinoza.

En 1961, el investigador Luis Villalón Wells, junto con el arqueólogo francés, Gérard Fayolle, visitaron el cerro La Costilla. Para su expedición se ayudaron con los datos entregados por Carlos Oliver Schneider en su Libro de Oro de Concepción.

Villalón regresó en agosto de 1962 al sitio, pero esta vez sin compañía, para realizar fichas y dibujos de los petroglifos, cuyos diseños corresponden a figuras antropo (humanos) y zoomorfas (animales), además de puntos.

Los petroglifos, como señala Villalón, están en cuatro bloques de granito grueso y la técnica usada para su grabado podría ser la del rayado, es decir, usando el filo de una piedra para marcar la superficie de otra, o bien la técnica de percusión, que consistía en golpear una piedra contra otra para crear surcos en la superficie.

Las visitas de aquellos exploradores y cronistas son un valioso registro histórico, que revela que en la meseta del cerro La Costilla se encontraron los primeros petroglifos registrados en la zona y que, además, desde comienzos del siglo XX ya mostraban indicios de destrucción humana y falta de cuidado.

La otra invasión

A la invasión incásica -que se habría extendido hasta las orillas del Bío Bío- se sumó una realmente perniciosa. Los petroglifos han estado constantemente expuestos al vandalismo. La intervención humana ha hecho desaparecer uno de ellos y otros hasta fueron rayados con aerosoles.

Se cree que este patrimonio histórico y natural, unico de la Región del Biobío, data de mediados del siglo XV, es decir, antes de la conquista de los españoles.

“Hay mucha destrucción. Mucho rayado. Va gente al lugar que desconoce su importancia y deja basura, como latas de bebidas alcohólicas y botellas plásticas”, cuenta el profesor Espinoza, que ya ha visitado el sector más de 20 veces.

Las autoridades tampoco se han preocupado de este sitio que, por seguro, tiene más de cinco siglos de historia. “No he visto un real interés. Desconozco la razón. A lo mejor no se ha difundido, aun cuando está la investigación”, sostiene el escritor.

El sitio donde se hallan los petroglifos pertenece hoy a Empresas Arauco; en ese mismo lugar se emplaza una antena de alta tensión de la termoeléctrica Colbún.

“La compañía Arauco está preocupada y al tanto de la situación (…) Ellos pretenden limpiar el lugar, preservarlo y establecer una especie de mirador, un poco alejado de la torre de alta tensión con la información de los petroglifos, pero hasta ahora no hay voluntad de sacar la torre”, explica Espinoza.

A juicio del historiador, no sería recomendable que la gente visite los petroglifos mientras esté la torre. “Las personas estarían bajo cables de tensión y por seguridad no se recomienda; el ptoblema también pasa por un tema estético”, dice. 

Agrega que es necesario que la gente conozca el lugar en profundidad. “Para eso, es importante el compromiso de las autoridades, porque se trata de petroglifos únicos, de un período de la historia poco abordado, como es el prehispánico, y que tal vez está muy vinculado con nuestros pueblos originarios”, concluye.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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