Los otros “profes” que se la juegan por la educación

 La mayoría de ellos no estudió pedagogía, pero aceptó el desafío de hacer clases por dos años en liceos vulnerables del Gran Concepción, a través del programa Enseña Chile. Apreciar el rol de un profesor en la sala de clases y lo talentosos que pueden llegar a ser sus alumnos, son parte de las lecciones que han aprendido estos meses.   

 

Por: Constanza Bello / Fotografía: Gino Zavala

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-“¿Tú estás loca? ¿Cómo vas a ser profesora? Estudiaste para ser ingeniera comercial”, fue lo primero que escuchó Camila Jaramillo (27) cuando le comentó a sus familiares que por los próximos dos años se dedicaría a impartir clases en un liceo vulnerable de la Región del Biobío.

A mediados de 2014 comenzó a buscar trabajo, pero sólo encontró ofertas relacionadas con el área bancaria y la asesoría en créditos de consumo. No era lo que realmente esperaba para continuar su carrera. Sentía la necesidad de “algo más”.

En medio de esa búsqueda dio con Enseña Chile, organización que desde 2008 prepara a jóvenes profesionales de distintas áreas para que trabajen por dos años como profesores, a tiempo completo, en establecimientos educacionales vulnerables del país.

“Un día entré a Facebook y me apareció un anuncio de la fundación. Vi de qué se trataba y dije: esto es lo que tengo que hacer”, cuenta Camila. Decidió postular y pasó por un riguroso proceso de selección hasta ser aceptada como una de los diez profesionales que conforman la primera generación de la entidad en la zona.

En marzo comenzó sus clases en el Liceo Los Andes de Boca Sur, en San Pedro de la Paz. Es una de las docentes a cargo de las asignaturas técnico profesionales para alumnos de tercero y cuarto medio.

Al principio no fue fácil. Al ingresar a la sala los alumnos la miraron raro, pues esperaban a su profesor del año anterior. “Me presenté y les dije que creía en ellos, en sus capacidades y les conté lo que haríamos, pero también les puse reglas al tiro. Una de ellas era que ninguno podía sacar el celular en clases o si no todos tendrían un uno”, recuerda.  

“Me gané su odio de inmediato”, relata entre risas.  Y agrega que “con los días nuestra relación mejoró. Y ahora hasta me invitaron a su fiesta de gala, así es que vamos bien”.

Crecimiento y aprendizaje

Estos primeros meses Camila ha ganado confianza y seguridad para entregar conocimientos a sus alumnos. También se da el tiempo para conocerlos y generar vínculos. Lo que viven y lo que sienten lo ha hecho propio.

“En abril llegaba llorando a la casa. Me ha tocado ser ‘profe’, sicóloga, amiga, mamá. Sus historias son cosas que uno casi sólo ve en las películas. Pero es ahí cuando te das cuenta de que tienes que ser fuerte y estar bien para ellos”, enfatiza.

La ingeniera comercial de la Universidad Católica de la Santísima Concepción también saca aprendizajes de sus estudiantes y afirma que “son muy capaces, muy inteligentes. Finalmente la única diferencia entre mis chiquillos y los niños de un colegio particular es que cuando llegan a la casa tienen que ocuparse de otras mil cosas más y no de estudiar”. 

Agrega que “son súper creativos. Yo siempre les digo que son mentes brillantes, lo que pasa es que cuando llega la hora de la prueba a veces se les olvida” (ríe). 

La forma en que se refiere a sus alumnos refleja el cariño que siente por ellos. Sentimiento que es mutuo y que se concretó cuando los propios estudiantes le pidieron al director que Camila fuese su profesora jefe.

Otra de las satisfacciones que recuerda vino de parte de sus apoderados. “Una mamá me dio las gracias, porque ahora su hija tiene tema de conversación. Por una materia que vimos en clases está ayudando con los contratos a su papá”.

Giro vocacional

Carlos Morales (25) es bioingeniero de la Universidad de Concepción y otro de los peCh (Profesionales de Enseña Chile) del Liceo Los Andes. Postuló dos veces para ser parte del programa. La primera, cuando estaba en cuarto año de la carrera, pero renunció; y la segunda mientras trabajaba en Chillán en el Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA).

“La decisión la tomé por un cambio en lo que quería hacer para adelante. Un giro vocacional, porque no dejé de lado el área de las ciencias, sino que busqué otra forma para desarrollarla. Así armé un plan de vida que incluía insertarme en la educación”.

Desde la adolescencia participó en actividades de voluntariado y pastoral. Por eso creyó que conocía el contexto al que se enfrentaría, aunque reconoce que fue en un ámbito más externo. Por lo mismo, al llegar a la sala de clases, e involucrarse en la dinámica interna de sus alumnos, se llevó varias sorpresas.

“Yo venía con la idea de que los niños tenían que enfocarse en lo que les iba a pedir, en sus tareas y en el colegio como prioridad, pero para ellos la vida es difícil, porque tienen mil cosas por qué preocuparse antes de estudiar”, destaca. profes-Edgardo Urrutia-1

Si bien no recuerda con exactitud sus primeros días dentro del aula, sí ha visto un cambio en sus alumnos y cómo ellos se desenvuelven frente a la ciencia, asignatura que imparte. Para todas sus clases prepara experimentos con los que ejemplifica los procesos químicos o biológicos.

“Lo que he logrado con algunas clases es que los alumnos sientan que recuperan el gusto por el ramo. Pareciera que al principio no les gusta y que son negados para la ciencia, pero después se dan cuenta de que pueden, de que es posible que les vaya bien”, afirma. 

Añade que esos avances se reflejan cuando los alumnos le dicen “que les gustó la clase o que de verdad están aprendiendo. Algunos se están preocupando más de lo que van a hacer que de la nota y eso igual me motiva a mí de vuelta”.

El bioingeniero también vuelca sus conocimientos en las actividades extraprogramáticas. Está a cargo del taller de ciencias y el de huertos. Para este último se valió de su experiencia en el INIA y trabaja para que los estudiantes vean la perspectiva comunitaria del proyecto que desarrollan, además de adquirir conocimientos técnicos en la materia. 

Tras terminar el primer semestre, Carlos reflexiona sobre su paso por la sala de clases y la define como “una experiencia súper intensa, difícil, compleja, por la manera en que hay que adaptarse, por la pega que hay que hacer”. Pero reconoce que han sido los meses más “bacanes” de su vida académica y profesional.

“Ha sido maravilloso. He tenido que aprender hartas cosas, como los temas administrativos, pero han sido seis meses de realización personal, en los que he sentido que estoy haciendo algo para lo que estoy hecho”, puntualiza. 

De la minería a la sala 

“Siempre me llamó la atención el problema de la educación. Desde el liceo y después en la universidad estuve metido en la búsqueda de posibles soluciones”, afirma Edgardo Urrutia (25), geólogo de profesión.

El año pasado estaba haciendo su tesis en la minera Los Bronces, operada principalmente por Anglo American, cuando una amiga le contó sobre el programa de Enseña Chile. A la par le ofrecieron trabajo en su área, pero lo rechazó y decidió aceptar el desafío de estar dos años en una sala de clases.

-“¿Cuándo serás geólogo?”, le preguntaron sus más cercanos, a lo que este joven egresado de la Universidad de Concepción respondió: “Para eso queda mucho tiempo, muchachos”. Consideró que no sacaba nada con esperar que el sistema educativo cambiara si no ponía de su parte. Por lo mismo, sintió que en vez de ser crítico debía hacerse cargo del problema.

“Mis padres apoyaron mi decisión, pero naturalmente, dentro de su preocupación, me preguntaban cómo lo haría si yo no estudié para eso o que pensara en mi currículum luego de la oferta que me habían hecho”, recuerda. 

Nada de eso le hizo cambiar de parecer, ya que las ganas de vivir la experiencia eran más fuertes. En marzo, al igual que Camila y Carlos, comenzó a impartir clases de matemáticas y física en el Liceo Los Andes. A pesar de que los primeros días se sentía nervioso por la posible reacción de los alumnos al verlo o por la cercanía de edad, dice que ingresó con toda honestidad al aula. 

“Dentro de la sala todo se me hizo muy fácil, porque tuve una buena llegada con los niños. Entré con una sonrisa y siendo yo mismo. Eso me funcionó”, recalca el profesional, quien además es scout.

No obstante, nota diferencias con cargos anteriores que ha ejercido. “Lo que más me llama la atención es lo inevitable de llevar carga emocional a la casa. En otros trabajos nunca fue así o, al menos, nada más allá de cuando alguien te contaba que tuvo un mal día”, dice. 

Para Edgardo lo más impactante es “que te relacionas con 40 alumnos por sala y de repente llegan cinco contándote cosas que te dejan boquiabierto. Lo que más me frustra es no tener posibles soluciones para ellos”.

Como parte de mejorar la estada de los estudiantes en el liceo, junto a los otros peCh y algunos profesores comenzó a desarrollar lo que llamaron los “recreos entretenidos”. La idea surgió a raíz de una solicitud del establecimiento para que implementaran unas brigadas similares a unos inspectores de patio.

Convenció a los administrativos que ése no era el rumbo, sino que lograr que los alumnos lo pasaran bien. De esta manera evitarían los ratos de ocio y que éstos se transformasen en espacios de violencia o problemas de disciplina. 

Fue así como los niños comenzaron a bailar en los recreos, a pintar, jugar tenis o a utilizar los taca-taca que llevaban cerca de tres años embalados y sin uso. 

“Esta idea rindió sus frutos, pero ahora está en un periodo de pausa y análisis. Tenemos las energías, pero faltan manos. Estamos buscando cómo hacerlo mejor para el próximo semestre y así los alumnos se diviertan y de eso aprendan a respetar reglas o a convivir entre ellos”, cuenta Edgardo. 

Destaca que en el periodo de vigencia “noté un cambio en los niños, ya que sintieron que todos los profesores que estábamos involucrados nos estábamos jugando por ellos”.

El director del establecimiento, Misael Valenzuela, asegura que esta instancia “es una forma para que los alumnos asistan a clases y vayan adquiriendo mayor identidad con el liceo a través de esto que es pasarlo bien. Así no se sienten obligados, sino que vienen con entusiasmo al crearles actividades distintas. Además, disminuye la violencia y mejora la convivencia escolar”. 

Asimismo, hace una buena evaluación de los profesionales que se desempeñan en el liceo que tiene una matrícula de 530 estudiantes y un índice de vulnerabilidad del 89 %. 

Los profesores también 

“La idea motor de Enseña Chile es que nuestro país necesita líderes, pero conectados con lo que está pasando donde se juega el verdadero partido de nuestra nación, que es la sala de clases. No podemos hablar de educación y cambiar un sistema si no entendemos lo que es cambiar una sala de clases, y no cualquiera, sino que donde más se necesita”, enfatiza Tomás Recart, director ejecutivo de la Fundación.

Con ello se busca que los futuros líderes se comprometan por al menos dos años a hacer clases y luego sigan mejorando la educación “de por vida y no es solamente haciendo clases, porque creemos que el problema es sistémico. Con ello me refiero a que lo hagan como ingenieros, abogados, periodistas. Porque van a trabajar en un ministerio, en una empresa, en un diario. Van a ser mamá o papá”, agrega.

Dentro de este grupo, cerca del 20 % de quienes ingresan al programa de Enseña Chile son profesionales que estudiaron pedagogía. Es el caso de Andrea Páez (28), profesora de inglés y que hoy se desempeña en el Liceo La Araucana de Concepción.

Dice que al comienzo lo hizo como una forma de aprender nuevas metodologías y porque sentía que no estaba tan bien preparada para entrar directamente a una sala de clases, por lo que esta experiencia le serviría como complemento.

Si bien reconoce que en un comienzo no veía bien que profesionales de otras áreas ejercieran como profesores, sostiene que “ese prejuicio se me fue cuando los conocí. Pensé que al venir de otras carreras no debían saber mucho de esto, pero fue súper bonito darme cuenta que estaba equivocada”.profes-Rodolfo Unibazo-2

Agrega que “a pesar de que no contaban con estudios de pedagogía, sí tenían la convicción y la motivación de los profesores. Además de que al estar en Enseña Chile, seas docente o no, siempre está el apoyo constante para que tú seas mejor”.

A diferencia de los otros profesionales que trabajan en Biobío, para Andrea la realidad vulnerable a la que se enfrentó le era conocida. “Me lo esperaba, porque lo vi cuando hice mis prácticas en la universidad. Que no haya materiales o que a veces nos estemos peleando el único computador que hay era algo con lo que ya había convivido”. 

Por lo mismo, las semanas previas a su ingreso al aula intentó prepararse de mejor manera con el fin de sortear las dificultades que pudiesen surgir en el camino. 

Para ella uno de los aspectos más destacables de Enseña Chile es el proceso de formación que se les ofrece a los profesionales. Este comienza con un pre-instituto, en el que al futuro docente se le asignan tareas con el fin de que adquiera herramientas pedagógicas. 

Luego, durante todo enero, los seleccionados del programa se reúnen en Santiago con el fin de conocerse y recibir un “entrenamiento intensivo” en esta materia. Ellos aprenden técnicas y metodologías y, a la vez, las ponen en práctica en el Instituto de Verano, al que asisten de manera voluntaria alumnos de tercero y cuarto medio. 

Como parte del proceso de formación continua, Enseña Chile asigna tutores a los profesionales por los dos años que estarán en la Fundación. Ellos tienen el rol de observar clases, dar retroalimentación en relación con lo que ven, ayudar a los docentes a generar estrategias con el fin de mejorar su paso por el aula. Además de ayudar en temas técnicos como planificación y metodologías. 

“Me gusta el acompañamiento, porque hace que te enfoques no sólo en el aprendizaje, sino que el alumno disfrute la clase. Ha sido súper constructivo y enriquecedor”, destaca Andrea.

Dos años en Pitrufquén

Los peCh de la Región del Biobío están bajo la tutoría de Rodolfo Unibazo (26), ingeniero civil industrial de la Universidad de Concepción y alumno de Enseña Chile. Estuvo dos años en Pitrufquén, en La Araucanía, haciendo clases de matemáticas en el liceo politécnico de la comuna.

“Opté por esto, porque me permite hacer cosas y no sólo quedarme en el discurso. Lo que busco es cómo llevar el pensamiento ingenieril a la educación y que, finalmente, ambos se encuentren”. Como parte de continuar en este proceso, pensó quedarse un año más haciendo clases, pero a fines del año pasado se armó el equipo en Concepción y volvió.

Recuerda que su primer día como profesor, en 2013, “fue horrible, porque no lo planifiqué bien. Tenía tres bloques juntos y a la hora ya no sabía qué hacer. Entonces les dije ok, no hagamos nada, pero me di el tiempo de conocer a mis alumnos, que ellos me conocieran y, de paso, saber cuánto sabían de matemáticas”.

En su paso por el aula aprendió “muchísimo de la educación, de cómo se forman las personas, cómo crecemos e incluso cómo hemos evolucionado como especie. Lo que finalmente te permite entender lo que le pasa a un niño de 14 años cuando está sentado en un asiento con un lápiz en la mano y escucha a un caballero que está proponiendo hacer algo. Te das cuenta de que los niños te reencantan, que finalmente son niños y ellos son todos iguales. Que son las circunstancias las que los van moldeando y haciendo distintos, pero son todos muy puros, muy alegres y con mucha energía”, cuenta Rodolfo. 

Y precisamente este conjunto de experiencias es parte de lo que intenta que vivan los profesionales que tiene a su cargo.  “Lo que yo tengo que hacer es ayudar al peCh a que él encuentre solución a sus problemas. Yo le doy algunas cosas, pero muy básicas. Es súper enriquecedor, porque los chiquillos van creciendo mucho. Ellos no lo notan, por el trajín diario, pero yo sí”.

La admiración hacia el docente

A la hora de hablar de sus colegas profesores (titulados de Pedagogía), todos concuerdan en que esta experiencia ha sido fundamental para ponerse en los zapatos de ellos y desde esa perspectiva apreciar el rol que cumplen como formadores de las nuevas generaciones. 

“Sin duda ahora los valoro muchísimo más. Yo lo viví de chica y estaba cerca de esa realidad. Mi mamá es profesora y veía cómo se relacionaba con sus alumnos. A algunos hasta los traía a la casa, porque no tenían zapatos o qué comer”, destaca Camila.

Carlos asegura que se ha convencido mucho más del potencial de cambio que tiene un profesor. “Hoy tienen todas las atribuciones y los espacios en la sala de clases para poder hacerlo, pero lo que falta, en temas administrativos, es que estén disponibles las horas no lectivas para preocuparse de lo que harán con los alumnos. Necesita ser un espacio muy bien pensado que no puede quedar al azar”.

Desde la pedagogía, Andrea sostiene que esta experiencia ha generado cambios en sus compañeros, y que los notó desde el Instituto de Verano. “Algunos que eran de otras áreas creían que había ámbitos o trabajos muy fáciles para los profesores y me he dado cuenta que ellos han descubierto que eso no es tan así”. 

Así es como al ingresar a la sala de clases, además de empaparse de la experiencia docente, Tomás Recart enfatiza que un profesional de Enseña Chile se transforma en un “complemento virtuoso”. El peCh se une a las experiencias de los profesores y del colegio y “juntos son dinamita”, asegura. 

Agrega que, “como ejemplo, en Cunco, nuestro profesional de Enseña Chile subió en un año 36 puntos en el Simce. La profesora de lenguaje, que llevaba años ahí, subió 70 puntos. Y si tú les preguntas por qué, explican que el profesor de al lado gritaba todo el día ‘es que si yo quiero, puedo. Es que si yo quiero puedo’. Entonces yo empecé a gritar lo mismo, nos contaba”.

De ahí que lo que esperan en la Fundación es cerrar las puertas lo antes posible, “porque eso significaría que solucionamos el problema. Cuando los mejores talentos de nuestro país se comprometan con la educación, cuando eso suceda, cerraremos y apagaremos la luz. Creo que eso se puede hacer en 10 o 15 años tranquilamente”, finaliza Tomás Recart.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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