Maca Orellana Caperochipi, campeona de kickboxing: su lucha en orillas penquistas

 

 

Con varias medallas y cinturones en el cuerpo, llegó a Concepción con la fuerza y seguridad de quien ha luchado las mejores y peores batallas. Las físicas, las mentales y también las políticas. Sin pretender guardarlas para sí, comparte sus experiencias y reflexiones en profundo, desde su infancia al lado del Estadio Monumental, pasando por su vida académica, hasta los primeros años en el kickboxing y el activismo político y disidente.

Por Rayen Faúndez.

Hace 34 años -recientemente cumplidos- nació Maca Orellana Caperochipi. En el mundo del kickboxing, disciplina deportiva que practica desde 2014, le conocen como Maquinita, y prefiere que le traten con pronombres neutros, identidad con la que, como persona no binaria, se siente más a gusto.
Con una mirada centrada y segura, vemos cómo practica sus movimientos y golpes en las playas de San Pedro de la Costa. Misma orilla que le vio llegar hace un par de meses desde Santiago para “calmar las aguas internas”.
Y arribó con maletas, equipamientos, dos gatos y una medalla de plata del Mundial de Kickboxing realizado en Egipto, en octubre de 2021. Un triunfo que sabe a lucha y determinación, porque viajó hasta África con aportes autogestionados, en una campaña que difundió a través de sus redes sociales. Incluso, el empresario Andrónico Luksic le ofreció dinero a través de Twitter, pero Maca lo rechazó, diciéndole también públicamente que no confiaba en su filantropía: “Prefiero recibir de a cien pesos de gente honesta, que creen en mi trabajo, en mi activismo, en mi vida deportiva y docente, que ponen el cuerpo como yo todos los días para darle cara a este sistema capitalista brutal que destruye los territorios y la vida de las personas. Prefiero el dinero honesto de la gente de esfuerzo, aunque me demore meses en conseguirlo”, fue su respuesta.
Así, el 23 de octubre pasado, publicaba en su Instagram una fotografía donde aparecía firme en el segundo podio, con la medalla de plata en la mano derecha y cubriéndose un ojo con la izquierda. Su polera decía “libertad a lxs presxs de la revuelta, ACAB”.
Hoy, el deporte es su camino principal. Y lo hace desde Concepción y San Pedro de la Paz, ciudades que eligió como un escape de la capital, como un lugar de calma. Y aunque el cambio no ha sido fácil, y extraña algunos espacios, ya se instaló en tierras penquistas entrenando a diario en el centro Weichan Alto Rendimiento, de Concepción, donde también dicta clases de autodefensa para mujeres y disidencias, de la mano de la Escuelita de Autodefensas y Defensas colectivas Ñarkininjas. Una agrupación que fundó a su llegada al Biobío, teniendo como precedente desde Santiago la Escuelita de Autodefensas Femininjas. Sus principios y creencias son el respaldo de sus elecciones y cada una de sus batallas: la disidencia de género, el veganismo y antiespecismo, y el rechazo hacia el patriarcado.

Colo Colo y el Monumental
Maca nació en San Bernardo y creció en Macul. Vivió al lado del Estadio Monumental por muchos años, lugar que cruzaba por un camino entonces abierto, para llegar a su escuela. Allí nació su amor por el Eterno Campeón. “Me preguntaban si estaba haciendo la cimarra, porque todos los días pasaba a ver los entrenamientos del Colo-Colo”, recuerda.
Su infancia estuvo marcada por el estadio. Le suspendían las clases cuando había partidos importantes, por los incidentes y la violencia que se producían al término de estos encuentros. Y también estuvo rodeada de pobreza, afrontando carencias económicas y afectivas, a la par del rechazo hacia su identidad. Es por eso que la mitad de su vida ha vivido lejos de sus familiares. Incluso cuando sufrió una caída en motocicleta, que la dejó por ocho meses sin poder caminar.

-¿El kickboxing te ayudó a afrontar esto?
“Creo que me ayudó sobre todo porque tengo lazos nuevos. No me gusta hablar de familia, que me parece una idea sustentada bajo lógicas de violencia, prefiero decir y hablar de manada. Uno va armando manadas de personas que van sosteniendo tu vida, tu cotidiano, donde no te liga la obligatoriedad del vínculo. Cuando tuve el accidente en moto, en enero de 2019, me cuidaron mis amigues. Luego vino el estallido social y la pandemia. Ese año dejé de hablar con mis papás”.

-Ahora ves la vida de otra forma, luego de esa experiencia.
“Aprendí muchas cosas ahí, especialmente sobre la vulnerabilidad. Yo siempre tuve ese discurso del yo puedo, yo lo hago, yo sostengo. Pero estuve obligado a dejarme cuidar. Y para mí fue un antes y un después”.

-¿Estás reconciliada con esa niña?
“Sí. Vengo saliendo de harto tiempo de terapia también, que me ayudó a entender esa Maqui desde un lugar más amoroso y comprensivo. Por mucho tiempo me miré con dureza. Pero con los saberes y herramientas de ahora, leo a una chiqui que no sabía nada, padres que no tenían herramientas emocionales, en medio de situaciones de pobreza. Tuve que escribir una carta a mi yo de chica, y me ayudó a comprender que ya no soy esa persona. Haber tenido el privilegio de la terapia, después del accidente, me ayudó mucho”.

-¿Cómo ves la violencia, desde lo que has vivido y desde tu deporte, que también implica contacto?
“Me costó harto hacer esta separación. No creo que lo deportivo sea violencia, porque la violencia se ejerce en una estructura de poder. Hay otros deportes donde se viven situaciones de encuentro físico, que no son leídos como violentos, solo porque no hay puños, como el futbol o el rugby. Pero no creo que los deportes de contacto sean violentos, porque hay reglas y un acuerdo entre quienes entrenan y se suben al ring a competir. Muchas veces quienes practicamos estos deportes somos leídos como personas violentas, pero no necesariamente. Este tipo de personas habitan también otros espacios, supuestamente calmos. Hay personas manipuladoras, que mienten, que maltratan económicamente, y son violencias muy difíciles de reconocer; además de la violencia estructural del sistema. Me parece que reducirla al golpe es un peligro para quienes habitamos los bordes, las mujeres, las personas disidentes, porque no siempre la violencia viene así, sino que es solapada y difícil de reconocer. Y algo que he aprendido en los talleres de autodefensa es que desarmar este estereotipo es fundamental”.

 

-¿Incluyes estas conversaciones en tus talleres de autodefensa?
“Claro, porque te dicen que la violencia tiene ciertas características, que es ejercida por un desconocido, en la calle, que te abordan de cierta manera, que adquiere ese formato; pero de pronto, el 85% de las agresiones, sobre todo sexuales, viene de un espacio que no cumple ese estereotipo, donde es un familiar, pareja, amigo. Es importante ir desarmando eso, porque la violencia también viene de la mano de la confianza. Me costó mucho desarmar esa imagen que tenía, de no transformarme en la razón por la cual empecé a entrenar. De no ser esa persona en la calle”.

Ñarki Ninjas
Fue en 2016 cuando Maca realizó un taller de autodefensa para mujeres y personas disidentes por primera vez. Entonces, no contaba con todas las herramientas de las que hoy goza, pero sabía de lo necesario que era. Sobre todo cuando veía el gimnasio lleno y rememoraba sus primeros entrenamientos: “No eras bienvenida, ni cuidada, ni respetada. Lo primero que pasaba es que te acosaban, después te minimizaban, nadie te exigía, no había rendimiento deportivo, nadie quería entrenar contigo. A veces ni siquiera había camarines separados”, cuenta. Pero, luego del reconocido triunfo de Crespita Rodríguez, su nombre surgió como referente y las mujeres comenzaron a hacer piño en los gimnasios y, con ello, a disputar espacios.
Pero no fue fácil. “Recuerdo que cuando comencé a hacer talleres de autodefensa, la gente de las artes marciales se reía de mí. Me llegaban mensajes de varones, donde decían que irían al taller y que nos violarían. Hubo dos o tres años donde recibí mucha violencia por redes sociales por estar abriendo ese espacio”. Y ni hablar de los campeonatos, donde no había categorías para mujeres o disidentes. Y aquella vez que la abrieron, recuerda Maca, ni siquiera tenían medallas correctamente escritas. “Entregaron cinturones que decían campeón. Y reclamé, dije que me parecía una falta de respeto, sobre todo cuando abres la categoría de damas”.
A punta de reclamo y autogestión, no se rindió, sino que perseveró y exigió. Así, en 2019 disputó el IV Campeonato Pelea como Mujer y, en 2021, cuando recibía su cinturón negro de kickboxing, pudo acompañar a al menos otras 30 estudiantes que rendían sus propios exámenes.

 

-¿Qué significa la escuelita, que ahora está acá, como Ñarkininjas en Concepción?
“Es de las cosas más bonitas que me ha pasado. Siempre veía a les chiquilles que llegaban a entrenar con la mirada apagadita. Y entrenar era un despertar. Puedo ver ese proceso, donde se van despertando reflexiones y cambios profundos a propósito de tener herramientas, de sostener dolores en colectivo, de ver lo que puede tu cuerpo y no pensarlo como algo que te pesa o que odias. A mí también me ayudó a pensar la pedagogía fuera de la escuela, fuera de la universidad, y a pensar también mis inseguridades como profe. Así, fui aprendiendo a mediar, me hice un maletín de redes, de lugares, de personas, con las que puedo ayudar y trabajar como enjambre, entendiendo la escuelita como un espacio donde se pueden acompañar procesos. También he visto a mis estudiantes cambiar su corporalidad. Ver los primeros meses que cada vez que venía un golpe cerraban los ojos o terminaban llorando, y ahora hacen sparring (entrenar y combatir en peleas simuladas) y se ‘pescan a combos’, como si nada”.

-De ahí nació el campeonato Pelea como Mujer.
“Pasó que muchas chicas querían competir, pero les daba mucha vergüenza. Porque habían eventos, pero no había peleas de chiquillas. Y lo otro que ocurrió fue que eran tan irrespetuosos, que pensaban las peleas de damas como break, donde aprovechaban de ir al baño, de comprar comida. Así es que hicimos un torneo en el gimnasio donde entrenábamos, que tenía un ring de dos por dos, pusimos una alfombra, unas bancas, hicimos 12 peleas, casi todas debutantes, y la pelea de fondo era de unas chiquillas que habían peleado una vez. Y había gente hasta afuera. Al año siguiente lo hicimos en otro gimnasio más grande, e incorporamos una defensa de título, con cinturón y todo. Al siguiente, lo hicimos en la federación de Boxeo, y el último, en 2019, fue un evento gigante, auspiciado por grandes marcas, con una feria de emprendimiento feminista. Tenemos la intención de retomarlo en Concepción junto a Aylin Sobrino”.

-Fueron solo cuatro versiones del campeonato, con un tremendo salto. ¿Cómo se disputan esos espacios?
“Ese espacio no existía. Y cuando existió, todes querían estar. Venían personas de todo Chile y le fue tan bien porque era necesario. Y se disputa con entrenadoras en las esquinas, porque también existía la visión de que las buenas luchadoras eran entrenadas por hombres. Nosotras también nos preocupábamos de que la árbitra fuera mujer, que quienes vendían fueran mujeres y disidentes. Tratamos de que todo, incluso los premios, tuvieran esa mirada”.

Disidente
Antes del kickboxing, la vida de Maca estaba profundamente ligada a la academia. Hoy, vistiendo tenida deportiva, con los rizos alborotados, y disfrutando una taza de té luego de una jornada de entrenamiento, cuesta imaginar que hace menos de diez años era docente en el departamento de Historia de la Universidad de Chile al tiempo que cursaba un Magíster de Historia Latinoamericana y dictaba clases en al menos cinco casas de estudios superiores.
Entonces su corazón fue remecido. Primero, por el asesinato de Daniel Zamudio, en 2012. Luego, en 2015, denunció el acoso sexual de Leonardo León, entonces director de la carrera de Historia, hecho que la vetó del mundo académico, pues en 2016 no renovaron sus contratos como docente. Ese año también ocurrió el asesinato de Nicole Saavedra, a lo que siguió el mayo feminista de 2017. A esas alturas, ya había ganado su primer campeonato panamericano de kickboxing, e iniciaba el encuentro con su identidad, con Maca.
Hoy, sus días están marcados por una rutina que combina entrenamientos, alimentación y descansos, en horarios fijos e intensos. El día más pesado se extiende de 9 a 9, entre kickboxing, halterofilia y autodefensas. Luego, vuelve a casa, cocina y alimenta su cuerpo y también su hogar compartido.

 

– Cuando miras a esta Maca en la academia y recién compitiendo en kickboxing, ¿qué ves?
“Estaba ahí, pero también había otras identidades. Igual es algo que aún estoy construyendo, y no es tan estático. En el mundo del kickboxing es importante también que te lean como una mujer. Me gusta irrumpir ese espacio de esa manera, porque es esa la identidad que molesta en primera instancia. En ese tiempo también era una activista lesbiana, aunque luego, a partir de reflexiones y cuestionamientos, he tenido conflicto con esa identidad, pues muchas lesbianas son transfóbicas. Además, no me identificaba como mujer, pero sí como lesbiana desde lo político, que es un aspecto importante”.

-¿Cómo habitas la disidencia?
“Ha sido un reconocer y un despertar. Siempre he sido disidente, nunca me he identificado como mujer. Viví esto de nunca encajar con este parámetro identitario y la incomodidad que genera. Pero me pasó también que, como habité esta identidad política de ser lesbiana por mucho tiempo, también me sentí muy vieja para adquirir nuevas identidades. Porque el ser una persona no binaria, o hablar de personas trans, si bien no es algo nuevo en la historia de la humanidad, en las difusiones públicas sí es reciente. No me gustan las etiquetas porque son cajas, pero también creo que son importantes para asentar reflexiones y sentires. Y pensé que debía hacer públicas estas reflexiones y pedir estas consideraciones, al solicitar cambio en los pronombres o en la forma de nombrarte. Y ha sido muy bueno, porque me permite habitar esta corporalidad desde otro lugar”.

-¿Y cómo enfrentas otras luchas, como el veganismo? Por ejemplo, desde el mito de que un atleta no puede alimentarse así.
“Hay un montón de estereotipos y etiquetas desde la corporalidad, que no permiten la diversidad, y donde también está la etiqueta de cómo se alimenta un atleta. Esto se liga mucho con el hétero patriarcado, que también es muy carnívoro, en esta lógica del varón cis, que va y destruye la naturaleza y a otros animales, que solo consume sin importar lo que eso implique, sin importar la muerte. Creo que en el deporte se replica y alimenta esa figura, sobre todo en los de contacto, donde está la lógica de la rudeza, del ser valiente, y se replica la idea de que como necesitas proteínas, tienes que comer animales. Pero lo cierto es que las personas que somos veganas nos preocupamos mucho más de nuestra alimentación y suplementación. Ahora se ha ido instalando mucho el tema del veganismo y el deporte. Y a mí no me parece afirmar que eres anticapitalista y seguir comiendo carne, o que eres feminista y anti patriarcal, pero solo te interesa el bienestar de las hembras humanas. Porque es especismo cuando te importa más la vida de las humanas que la de otros animales. Y eso es una decisión política también”.

-Entonces también tiene que ver con lo que consumes y de dónde viene lo que consumes.
“Cuando fui al encuentro de mujeres zapatistas en Chiapas, teníamos esta discusión. Pero yo no le voy a decir a las zapatistas que no coman carne. Si vamos a hablar de anticapitalismo, puedo sacarme el sombrero ante ellas, que llevan treinta años resistiendo en México. Pero en este contexto de vivir en la ciudad, de haber tenido el privilegio de estudiar en la universidad, de haber tenido estas reflexiones, me parece lo mínimo comenzar a cuestionarse estas cosas”.

– ¿Cuándo iniciaste tu alimentación vegana?
“Desde 2019, y fui vegetariana 2 años antes. Cuando comencé a entrenar mi lógica era de consumir mucha carne, y ahí comenzaron mis reflexiones. Me creo anticapitalista, hablo contra las violaciones y el maltrato, pero como animales. Tenía ese ruido y agradezco mucho a mis amigas y amigues, que me interpelaron. Finalmente, se trata de tener un comportamiento ético con lo que piensas. Creo que la alimentación, que es lo que más hacemos cotidianamente, tiene que ser parte de esa reflexión”.

Ocupar espacios sin miedo
Sus primeros logros deportivos llegaron en 2016. Ese año fue campeona nacional de kickboxing WAKO (World Association of Kickboxing Organizations) en la categoría -56 kilos, y también medalla de oro en el Panamericano WAKO, realizado en Cancún. Al año siguiente también fue campeona nacional de la disciplina, en la misma categoría, logro que mantuvo durante 2018, año en que alcanzó la medalla de oro en la categoría 56 kilos de “low kick-cinturones de color” en el X Torneo Panamericano de Kickboxing en Cancún. En 2019 obtuvo oro en el Sudamericano de Kickboxing en Pucón, y en 2021 la plata en el Mundial de Kickboxing realizado en Egipto.
Si se trata de deporte, admira a las kicboxers Rose Namajunas y Anissa Meksen. Y también, el camino de Mohammed Ali, “sobre todo en términos de activismo y posicionamientos políticos dentro del deporte”.
Y de eso, bien sabe Maca. Sobre todo tras la exposición y presión que tuvo de forma previa al Mundial de Kickboxing en 2021, cuando rechazó la ayuda de Andrónico Luksic. Y es que parte de sus principios es ocupar espacios y hablar de lo que considera importante cada vez que tiene oportunidad.

-¿Sientes miedo cuando hablas?
“Ahora ya no. Lo de Luksic me dio miedo en un momento. Pero esta misma red que he construido me sostiene mucho. Pienso que si me sucediera algo, no pasaría desapercibido. En un momento también tuve miedo, porque en el mundo de las artes marciales hay muchos militares, policías y neonazis. Y pensaba que muchos sabían de mis horarios y traslados, y eso me daba temor. Estos mismos mensajes que me llegaban, con amenazas de muerte, de violaciones, de golpes, asustaban mucho a mi entrenador en Santiago. Yo le decía que perro que ladra no muerde”.

– ¿Sufriste amenazas?
“He aprendido a poner atención. En octubre, se actualizaron mis formas de atención en la calle, porque hubo autos blancos afuera de mi casa por harto tiempo. En Plaza Dignidad, durante las protestas, aparecía gente, me hablaban y preguntaban cosas de la nada, me hablaban personas encapuchadas. Y he ido aprendiendo a leer esas cosas.

– ¿Cómo manejas eso a nivel mental?
– “La terapia me ayudó mucho. Y entrenando. No hay mejor terapia que agarrarse a combos todo el día (risas). Me parece algo muy parecido a una meditación, porque estas en atención plena. Si no pones atención, te pegan. Y yo entreno todo el día. Y cuando caigo, mis amigues me sostienen, me cuidan y me abrazan”.

-¿Qué piensas de Gabriel Boric y del gobierno actual?
“Es una pregunta compleja, porque hay una reflexión anterior al gobierno que tiene que ver con el Estado. Me pasa que el Estado en sí me provoca desconfianza, más allá de quién esté allí. Tiene lógicas capitalistas, racistas, patriarcales, cis heteronormadas, capacitistas. Es un espacio desde el que se reproducen muchas violencias. Pero también entiendo que no todas las personas tenemos o tienen la posibilidad de solventar la vida sin el amparo del Estado. Me parece de una petulancia intelectual y activista ir a decirle a las personas que se organicen, cuando igual hay que hacer la fila para el consultorio, y al Estado hay que exigirle también esa salud digna, y así con un montón de otras cosas. Me produce mucha desconfianza el gobierno de Boric, porque hay un discurso muy buena onda, pero mantiene las lógicas que reproducen y sustentan el sistema. Las esperanzas no están ahí, no creo en un estado revolucionario”.

– ¿Dónde está tu esperanza?
– “En lo colectivo. En ir armando manaditas más pequeñas. Creo que abandoné esa esperanza y relato en los grandes cambios, o en las grandes trasformaciones estructurales. Cuando soñamos con eso, la represión que vuelve es muy fuerte. Pero sí imagino que podemos movernos a ciertos lugares y construir comunidades más pequeñas, y sostener la vida desde otros lugares también. Ahora, no en diez o veinte años más. Pero por mientras, me parece que el rol que tiene que tener el Estado en lo básico es fundamental y ojalá estas personas (gobierno) lo hagan. Cuando tu única red es el Estado, esos pisos mínimos tienen que existir”.

– El tema es cómo se obtiene aquello.
“Y está difícil. El estallido fue una esperanza y luego se vino abajo todo. Fue doloroso eso y no ha habido tiempo de procesar esa herida. De lo que significó para nuestra generación ver tanques en la calle, ver muertos, mutilados. Y también este show de que se acaba Chile, de que lo podemos lograr, pero no. Porque hubo un acuerdo de paz que este gobierno también firmó. Y me parece fuerte que las personas sigan teniendo expectativas en este gobierno de ese tipo. Me pregunto qué es lo que quieren y qué esperan. ¿Qué Boric desarme el Estado y haga un Estado anarquista?, ¿qué libere a todos los presos?, ¿que eche a todas las grandes empresas y forestales del país, que haga del wallmapu un estado independiente y reconozca los derechos de autonomía, de verdad esperan eso? Se van a seguir desilusionando”.

 

 

 

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