Marketing personal y ciclo de vida

Francisco Flores Ingeniero Comercial por la Universidad de Concepción y Magíster en Comportamiento del Consumidor por la Universidad Adolfo Ibáñez.

Todas las personas nacen y algún día mueren. Lo mismo ocurre con los productos. Los más ochenteros recordamos los jeans Parada 111 o los mocasines Pluma. Ninguno existe hoy en el mercado, o al menos no con la fuerza de antaño, pues cumplieron su ciclo; pero los jeans y los zapatos siguen vigentes, en otros modelos o bajo otras marcas. Ello sucede porque todos los productos pasan por las tradicionales cuatro etapas del ciclo de vida: introducción, crecimiento, maduración y muerte. 

Esto se aplica en un ciento por ciento al marketing personal, donde usted es el “producto”,  profesional o laboral, que se oferta en un mercado dinámico y exigente. Usted representa una propuesta de valor al sistema, recibe remuneraciones y beneficios dependiendo de la empresa; pero también transita por un ciclo y, quiéralo o no, quedará obsoleto (a), como sucedió con los pantalones amasados o los jeans nevados.  

Cuando ingresamos al mundo del trabajo, en la etapa de introducción, todo es costo: nuevo vestuario, darse a conocer, volver a aprender. Hay que invertir en penetrar en una categoría de competencia y perfilar un posicionamiento de marca. Luego pasamos a la fase de crecimiento. Aquí aparecen las utilidades. Hay más demanda por el trabajador, nuevas ofertas, con aumentos de renta y cargos. Es una etapa de alto vértigo y competitividad. Después viene la madurez profesional donde caemos en una cómoda y peligrosa meseta. Es la fase más peligrosa, pues cada día entregamos lo mismo, lo cual no es malo, pero el mercado no se detiene y al igual como un cassette o un chaleco Pingüino seguimos sirviendo, pero ya no significamos lo que antes representamos. La competencia acecha. Las nuevas generaciones quieren comerse el mundo, como lo hicimos nosotros en etapas anteriores, y están atentos para desplazarlos. Importante es entender que después viene la muerte del producto, no en términos funcionales, sino en su representación de valor.

Si el mercado laboral es crudo en este espacio, entonces ¿qué se debe hacer? La respuesta es reinventarse como un nuevo producto. Dependiendo del sector donde se desempeñe, aparecen opciones para estudiar idiomas, postgrados o nueva carrera que permitan un reposicionamiento de marca y re-lanzarse al sistema con una nueva musculatura y más experiencia, tal como los productos de consumo incorporan cambios a su envase o hacen campañas para ser percibidos como una alternativa competitiva. Aunque el contenido sea el mismo, vuelven a “montarse” en la curva de crecimiento antes que el mercado los abandone. A esto se le denomina obsolescencia planificada.

Los productos no quedan obsoletos por su capacidad técnica, sino porque ya no son atractivos para el sistema que los demanda. Por ello debemos situarnos, aunque duela, en un espacio de incomodidad; encontrar a un colega o amigo de confianza que nos diga lo feo, anticuado o lento que nos hemos puesto. Así nos reinventaremos antes de que el mercado laboral nos almacene en su lista de productos retro. La edad no es el problema, sino la capacidad de adaptarnos y volver a aprender.

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