Más allá de Tumbes, las tres caletas que se llevo el tsunami

Candelaria, Cantera y Puerto Inglés son recónditas caletas ubicadas al norte de Tumbes, en la Región del Biobío. El terremoto y posterior tsunami del 27/F acabó con ellas, destruyendo casas, embarcaciones y llevándose dos vidas. Junto con ello, la angustia y el miedo se apoderaron de sus habitantes, que hoy se encuentran viviendo en el campamento Maryland en Caleta Tumbes, a la espera de sus nuevas casas. De vez en cuando los “ex lugareños” vuelven a estos solitarios sitios, sobre todo en temporada estival, para recolectar mariscos y algas marinas que son su principal fuente de trabajo. Dicen aún no poder olvidar el lugar que los cobijó por tantos años.

Las caletas Candelaria, Cantera y Puerto Inglés -ubicadas al norte de Tumbes- murieron como caseríos y se convirtieron en verdaderos pueblos fantasmas. La madrugada del 27/F la tercera y la cuarta ola se llevaron la mayoría de las casas, embarcaciones y acabaron con dos vidas. Hoy estos lugares, y con unos pocos vestigios de lo que fueron antes del terremoto y tsunami de 2010, se rehúsan a morir en la memoria de sus ahora “ex habitantes” que trabajan de paso en ellas -los enviaron a la Aldea Maryland, en Tumbes- viviendo de la pesca y recolección de algas. Como Juan Vega Henríquez, conocido como “el Nanito”, quien tipo nueve de la mañana llega a caleta Candelaria dispuesto y animoso a trabajar en la recolección de algas y mariscos.
A esa hora el mar está calmo y en las olas se percibe, apenas, un ligero vaivén. El tiempo es favorable y ayuda a los hombres de mar a salir de pesca. Ni la helada brisa ni tampoco el largo trayecto que debe caminar desde Tumbes para llegar hasta Candelaria son suficientes obstáculos para “Nanito”, quien con su “chata”, pequeño bote auxiliar que sirve para acercarse a embarcaciones más grandes, sale a diario trabajar en busca del sustento familiar.
-Vengo casi todos los días. ¡Es que no me hallo en Tumbes!-, responde cuando le preguntamos qué anda haciendo por esos lados.
Juan Vega trabaja en la recolección de luga, un alga marina muy cotizada en el extranjero que se utiliza para la fabricación de cosméticos y alimentos. Esta actividad le ha permitido mantener a su familia, razón por la cual se niega a alejarse de Candelaria, hoy convertida en su única fuente de ingresos. Su casa, emplazada en la deshabitada localidad, quedó destruida en parte por el tsunami y actualmente es un improvisado lugar para guardar las algas que él mismo recolecta.

-Aquí se me hacen cortos los días. Llego temprano e incluso traigo comida para almorzar. Si no, salgo a mariscar; aquí hay de todo, uno no se muere de hambre, el flojo sí-, dice Juan.
“Nanito” recuerda el momento posterior al terremoto. Vio un mar que se recogía y formaba una especie de canal que incluso permitía llegar caminando hasta unos roqueríos bien conocidos en el sector llamados Bajos del Buey. Tampoco olvida el momento exacto de la cuarta ola, de aproximadamente unos 15 metros de altura, que finalmente arrasó con todo.
Sin poder hacer nada, observó cómo el maremoto le arrebataba su casa y su embarcación. Pero con la entereza propia de la gente de mar, un mes más tarde estaba de vuelta en la caleta, arriba de su “chata” mariscando.
Su vida cambió; lo tiene claro. Aún no se acostumbra a vivir en la Aldea Maryland de Caleta Tumbes, donde dice ver “puros árboles” y extrañar profundamente el mar que le saludaba- a diario- desde su propia ventana. También le molesta un poco el gasto excesivo de las localidades más grandes y con más servicios. Es un factor económico importante para él y que antes nunca advirtió. Esto hace una gran diferencia entre vivir en Tumbes y Candelaria, como cuenta:
-En Tumbes hay pura plata; se gasta más. En Candelaria el panadero pasaba una vez al día. En la tarde no pasaba y cuando faltaba para la olla esperábamos hasta el día sábado. Ahora no, pasa todo el día y una cosa y otra. Nos cambió la vida.

Trabajo sucio


Una historia parecida a la de “Nanito” tienen Susana San Martín Henríquez y su hija Olga Bastías San Martín. Vivían en caleta Cantera antes del terremoto, perdieron su casa, y al igual que todos los entrevistados, se encuentran viviendo en el campamento para damnificados en Tumbes.
No dejaron su labor: la recolección y preparación del ulte, por eso se dirigen a diario hasta lo que fue hace pocos años su hogar. Allí trabajan esta alga marina comestible, para llevarla a cocción, limpiarla, picarla y envasarla en bolsas de polietileno.
-Nuestro trabajo es sucio y toma más tiempo que el pescado, porque éste se saca del mar y se vende. Nosotros tenemos que buscar leña, coserlo, rasparlo y peligrar porque se saca de las rocas y cuando el mar se enfurece no se puede salir -, explica Susana.
Se acostumbraron a la idea de caminar para llegar a caleta Cantera. Al mes de ocurrido el tsunami, ya estaban de vuelta trabajando el ulte; una actividad familiar que ha pasado por tres generaciones (abuela, madre e hija). Tal y como cuenta Susana San Martín, de 70 años, y cuya vida se forjó en torno al mar:
-Mis papás eran de aquí. Desde los 8 años me dedico al ulte. Iba en caballo al puerto de Talcahuano a vender.
Madre e hija sacan lección del terremoto y tsunami, y a pesar de las pérdidas materiales, creen que fue para mejor irse a vivir a Tumbes, porque, como cuenta Susana, las condiciones en la localidad no daban para más:
-A nosotros en el verano de 2010 se nos secaron los pozos de agua. De una manguera que conectaba con las vertientes del cerro sacábamos agua.

El viejo y el mar

Recuerda a Santiago de la obra de Hemingway. Juan Manuel Durán Montecinos, alias el “Juanete”, tiene 86 años y ya ha vivido tres terremotos; el del ’39, el del ‘60 y el de 2010. Este padre de 10 hijos habita actualmente en caleta Cantera, que tiene ese nombre debido a que antiguamente allí se encontraba una explotación de piedra castellana (cantera) para el relleno del dique en el puerto de Talcahuano.
Juan Manuel para el 27/F se encontraba trabajando en “la mar”, como suelen llamarla los pescadores. Ese día la recolección de mariscos había sido abundante; pancoras llenaban la pilgua y eran, como calcula “Juanete”, más de 15 docenas. Faltando casi media hora para que fueran las 3 de la mañana, decidieron fondear (guardar) el bote y sacar los mariscos. Para cuando el terremoto ya se había iniciado, notaron que el mar, lentamente, empezó a recogerse.
-¡Juliaaaaaa! échate a tu mamá al hombro, anda a dejarla arriba a la casa como podai- gritaba a todo pulmón para avisarle del peligro a una vecina cuya madre estaba postrada.
Avisó también al resto de los vecinos de la Caleta que un tsunami se acercaba, mientras él junto a su hermano Luis, trataban de amarrar la embarcación más pequeña (chata) y sortear los golpes del mar que ya agarraba más fuerza.
-Me agarré fuertemente de los buques. Me recuperé, subí al cerro, entré a mi casa, me senté en la cocina, prendí una vela, tomé una copa de agua y lloré hasta que agarré fuerza en mi corazón, cuenta emocionado Juan Manuel.
Al día siguiente del 27/F, sus vecinos se agruparon para bajar a ver las casas, en el caso de “Juanete” su vivienda no sufrió daño alguno, pues se encuentra en el cerro y hasta allí no llegaron las olas. No obstante, su familia (esposa e hijos) decidió emigrar a los campamentos, ya que quedaron sin los suministros básicos de luz y agua. Él se quedó solo, aunque confiesa que constantemente va a ver a su familia. Hay algo que lo hace resistirse a dejar Cantera.
-No quiero dejar mi casa sola. En el campamento me da frío; me enfermo. Es húmedo-, dice.
Flor Rivas Mendoza y su hermana Fabiola también son sobrevivientes de caleta Cantera. Su hermana Julia fue quien oyó los gritos de “Juanete” y quien estaba a cargo de su mamá que se encuentra postrada. Su casa quedó completamente destruida.
La actividad de Flor Rivas, antes del terremoto, era la recolección de luga, pero lo dejó por la distancia y el difícil acceso entre las caletas Tumbes y Cantera. Actualmente, Flor ayuda a hacer empanadas en un restaurante de Tumbes. De esa manera puede mantener a su familia.
Aunque no tuvo víctimas que llorar el 27/F aún no tiene superada la tragedia.
-Fue terrible. Recuerdo que don Armando Domínguez (“el Chano”) se devolvió para amarrar su chata y ahí lo pilló la mar. Se lo llevó con casa y todo y apareció en ASMAR-. Él fue una de las dos víctimas del maremoto.

Puerto Inglés

El nombre Puerto Inglés tiene relación con la cantera ubicada al costado de la caleta. Al sector llegaron ingleses a explotar el yacimiento para la construcción de un dique en Talcahuano. Por eso lo llamarón Puerto Inglés.
Berta Mendoza San Martín vivía en caleta Puerto Inglés al momento del terremoto y estaba ad portas de inaugurar su casa de concreto de dos pisos. El 27/F se encontraba durmiendo y tenía familia acompañándola.
-La Cindy, mi hija, con mi nieta pequeña estaban gritando en el primer piso. Yo miraba la casa cómo se estaba abriendo. Pensé de inmediato que la mar se iba a salir. Arrancamos hacia el cerro, sin saber que había derrumbes por el camino. Estaba temblando del puro miedo-, relata Berta.

Estando en el cerro sintieron un estruendo, de inmediato, pensaron que el cerro se estaba derrumbando, pero no. Se trataba del tsunami que ya había llegado a la caleta y estaba arrasando con todo a su paso. Más tarde, sus dos hijos bajaban a eso de las 7 de la mañana a ver el panorama: casas arrancadas de cuajo. Nada por rescatar. Pérdida total.
Archivaldo Sanhueza, marido de Berta Mendoza, recuerda el sacrificio realizado para construir su casa, que actualmente sólo conserva el primer piso. De todos los viajes que tuvo que hacer desde Tumbes a Puerto Inglés, hubo una vez en que se puso a llover a cántaros. En sus hombros cargaba cemento, así que rápidamente tuvo que improvisar una especie de impermeable con nylon y proteger el material de construcción para su casa.
-Aquí hay mucho sacrificio y la casa no se aprovechó. Dos meses antes del tsunami la terminamos. Era grande; tenía cinco piezas en el segundo piso-, cuenta Archivaldo.
Actualmente, el matrimonio vive en la aldea de Tumbes, pero pasan más tiempo en Puerto Inglés. Allí están los mejores recuerdos. La mamá de Berta Mendoza era de esa caleta: vivía en el mismo cerro donde ella escapó la madrugada del 27/F y su padre llegó desde caleta El Soldado.
Toda la familia de Berta, incluida ella, se dedicó al trabajo de mar, excepto ahora sus tres hijos, quienes no siguen con la tradición.
El matrimonio Sanhueza-Mendoza no se acostumbra a la idea de tener que vivir en una casa mucho más pequeña a la que ya había construido y que el mar quitó. Prefieren la tranquilidad de una caleta que hoy está en el abandono. Por el momento, Berta se dedica a cuidar de sus flores y acompañar a su marido que se encuentra construyendo una pequeña embarcación. En lo que quedó de su casa aprovechó de improvisar unas camas. Por eso espera ansiosa la temporada de verano para irse a vivir por más tiempo.
-Si tuviera luz, estaría encantada aquí y estoy segura de que mucha gente se habría venido a vivir, independiente de lo que pasó el 27/F. Se habrían hecho caminos y habría sido un atractivo turístico. No se pudo. La gente se asustó, nos asustamos todos-, explica Berta.

Malas costumbres

Después del terremoto y maremoto, cuando las casas ya estaban deshabitadas, surgió otra preocupación en las familias del sector, pero esta vez la culpa no era de la naturaleza. Eran las malas costumbres de algunas personas que llegaron hasta Candelaria, Cantera y Puerto Inglés con el sólo fin de destrozar o robar las pocas pertenencias que quedaron.
-Vinieron malandras a tirar piedras al cerámico de mi casa. Decidí tapar las ventanas, porque rompieron el lavaplatos y lavamanos-, cuenta Archivaldo Sanhueza.
Algo similar le ocurrió al hermano de “Juanete”, Luis Durán, que perdió prácticamente todo a causa de los reiterados robos: -En parte no me quiero ir porque sé que me van a robar todo y tengo buenos muebles; grandes y antiguos. Es gente del mismo sector que tiene estas malas costumbres-, dice acongojado.
Murieron como caseríos, pero siguen siendo improvisados lugares de trabajo. Las caletas Candelaria, Cantera y Puerto Inglés se rehúsan a desaparecer, pese a que el terremoto y posterior tsunami se llevó gran parte de sus recuerdos. Sus lugareños aún se resisten a abandonar el lugar en el cual crecieron y formaron una vida, aunque ya la gran mayoría se fue y emprendió nuevos rumbos.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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