Matanzas: La playa de las olas perfectas

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En la costa de la Región de O‘Higgins, a dos horas y media de Santiago, un pueblo olvidado vio cómo hace algunos años su playa fue alzada a la categoría de “paraíso”, por los amantes de deportes acuáticos como el windsurf y el surf. Tres fanáticos windsurfistas construyeron en ella un hotel para impulsar un turismo de alto nivel, cuyo diseño simple y funcional, supo insertarse apropiadamente, sin alterar la armonía de este lugar con pasado de puerto e historias de piratas y terremotos, que hoy atesora  las olas y al viento como el capital principal de su progreso.
Hace 15 años, los primeros windsurfistas llegaron hasta la playa de Matanzas, en el secano costero de la Región de O’Higgins, atraídos por el prestigio de sus olas. Antes que ellos, un grupo de surfistas ya había tachado en sus mapas el nombre de Matanzas como uno de los reductos más cotizados para la práctica de ese deporte.
Fue así como la fama de este lugar y el circuito que conforma con sus vecinas playas de Pupuya y Puertecillo  lograron, con el tiempo, encandilar a los más connotados riders del mundo y, de paso, “reconvertir” hacia el turismo a este pueblo de la comuna de Navidad -que no supera los 100 habitantes-  luego de que la agricultura y la pesca se hicieran cada vez menos rentables.
El arquitecto y windsurfista, Felipe Wedeles, fue uno de los integrantes de la avanzada que se maravilló con Matanzas.  A tal punto que sus viajes desde Santiago por el fin de semana no le bastaron y se instaló junto a su familia en este lugar.
Conciente de que las olas y el mar eran los recursos más preciados del pequeño poblado y de la escasa oferta hotelera que allí había, decidió entusiasmar a dos de sus amigos windsurfistas, Andrés Tobar (chef) y Carlos Iribarra (médico), para iniciar un proyecto hotelero en un sector de la playa donde funcionaba un camping  que, según Wedeles, no sacaba provecho a sus bellezas naturales.
Luego de conseguir la concesión del terreno, ubicado a unos metros de la caleta de pescadores -en el sector donde se producen las mejores olas- comenzaron a construir su hotel, cuyo nombre está inspirado en el viento sur (Surazo) que diariamente sopla en la bahía de Matanzas y que es el responsable de sus olas perfectas.
En el currículum de Felipe Wedeles ya había otros proyectos similares a Surazo en balnearios de la zona central y en el sur del país, incluido el diseño de las cabañas Olas de Matanzas, distante sólo a unos metros del actual emplazamiento de su hotel. Junto a sus socios decidieron darle a esa experiencia un valor agregado y pensaron incluir también un restaurante y una oferta de servicios anexos para los deportistas y para el desarrollo del turismo en toda la zona costera de la comuna de Navidad.
Wedeles, junto a su socio en su oficina de arquitectura, Jorge Manieu (también residente de Matanzas) se hicieron cargo del diseño del hotel. Se propusieron que éste debía respetar el entorno, conectarse con el mar, pero a la vez solucionar el problema del viento surazo que sobre todo en las tardes azota sin contemplaciones a quienes llegan a la playa.
Para desarrollar su propuesta escogieron un diseño simple, pero funcional y como material principal, madera de pino impregnado o normal con diferentes imprimantes “que son los que dan diferentes tonos,  robles o castaños, que están presentes en todo el hotel”, explica Wedeles.
Los cipreses que existían en el terreno -donde por muchos años funcionó una casa de descanso de la orden franciscana que quedó semidestruida con el terremoto de 1985- fueron las directrices del proyecto. En base a ellos hicieron una cuadrícula que rellenaron con los diferentes programas: el restaurante, las 6 habitaciones, el patio, las dos “loberas” y una multisala que se conectan a través de un patio interior, manteniendo la unidad, pero también la distancia entre el restaurante-recepción y las habitaciones “para resguardar el silencio que se necesita en esos espacios”, advierte Felipe Wedeles.
El restaurante y su terraza se orientan hacia el mar y se proyectan hacia la playa mediante una pasarela-muelle. Sus dimensiones son pequeñas. Tiene sólo 5 mesas en el interior y otras dos en la terraza, más una barra de madera  que se integra como un espacio distinto, más íntimo e informal, dentro de la superficie del restaurante.
La propuesta gastronómica del restaurante  es simple y libre, porque no tiene una carta con un menú determinado, pero no por eso es menos elaborada. Cada plato está basado en los productos típicos de la zona que compran a productores locales y a los escasos pescadores que van quedando en la caleta de Matanzas.
Las habitaciones tienen una terraza igual dimensión, que lleva directamente a la playa. Todas están protegidas del viento e integran perfectamente a la hilera de cipreses que allí existe. Cercanas a ellas hay dos cubas de madera con agua muy caliente que fueron pensadas para el descanso luego de la navegación  o como elemento de relajación para quienes no hacen deporte.
Las dos loberas ubicadas frente a las habitaciones son espacios con camarotes y baños compartidos que generan una oferta más económica para quienes disponen de un presupuesto menor. También hay  una especie de guardería de tablas que es usada por los pasajeros  y por algunos deportistas habitués de Matanzas que aunque no se hospedan en el hotel, tienen la posibilidad de guardar allí sus elementos para sus regresos durante los fines de semana.
Para el futuro los socios de Surazo tienen proyectado ampliar la capacidad del hotel y abrir una escuela y un rental de windsurf. “La idea es ofrecer ese servicio completo y desarrollar el windsurf desde ese sentido, hacer campeonatos y otras actividades que lo promuevan. Y en lo que es turismo, pensamos comprarnos un bote y organizar paseos por las diferentes playas de esta zona. En el fondo queremos ofrecer un lugar de la costa chilena en que se pueda descansar, desconectarse de la ciudad y tener las actividades de windsurf,  surf y kitesurf en el mismo lugar”.

Aparte de estar transformado en uno de los principales lugares para la práctica del surf, windsurf y hace menos tiempo del kitesurf,  el pueblo de Matanzas esconde una historia bastante peculiar. No se conoce el año de su fundación ni tampoco el origen de sus primeros pobladores; aunque hay algunos que se orientan por la teoría de que una numerosa familia de españoles, los Cabello, debió desembarcar en esta bahía cuando el barco que los transportaba presentó algunos problemas. Como jamás fueron rescatados, sus integrantes comenzaron a poblar los sectores que hoy se conocen como Matanzas, Lagunillas y Pupuya. Y por ello dicho apellido es uno de los que más se repite en la zona. En torno a su singular nombre también circulan versiones bastante bizarras como la que habla de que el pirata Francis Drake llegó al lugar y mató a las pocas familias que habitaban esta parte de la costa. La matanza ocurrida en esta bahía habría dado el nombre al poblado.

Durante la Colonia, Matanzas fue uno de los principales puertos de carga del centro del país. El terremoto de 1906 lo destruyó y dejó a su muelle inutilizable. Hoy en el plano sólo existen dos almacenes, una escuelita y un par de hoteles.

CÓMO LLEGAR

DESDE SANTIAGO el viaje es de 2 horas y media en auto. Tomar la Autopista del Sol hacia San Antonio. Salir en la bifurcación hacia Leyda. Seguir  a Santo Domingo, luego a Rapel hasta llegar a la comuna de Navidad.
POR LA RUTA 5 SUR: tomar la ruta San Fernando-Pichilemu; llegar al Cruce Las Damas, seguir hacia el norte, pasar Litueche, llegar a Rapel y desde ahí hasta la comuna de Navidad.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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