Mi amiga Cecilia

Cecilia Serrano, Premio Helena Rubinstein de Periodismo, con una trayectoria de larga data en TVN como mujer ancla del noticiero central, presentó en Santiago mi última novela “Los Amantes del Tíbet”. Con Cecilia nos une una amistad de esas que se tejen a la distancia, pero cuyas hebras permanecen intactas. Vino a Concepción en sus días de esplendor a dar, un par de veces, conferencias en Irade y así nos hicimos amigas.
Es una mujer hermosa por fuera y por dentro, sensible, sin ninguna pose de diva, transparente y emotiva. El día anterior al lanzamiento nos reunimos en un café y me encontré con las fibras de la Cecilia de siempre, cálida, sincera, dispuesta a dar lo mejor de ella misma.
Cecilia no ha perdido su prestancia ni su belleza, tampoco su elegancia y fachada perfecta. Nadie se daría cuenta de que está sufriendo. Y mucho. Porque, aunque no se advierta a simple vista, Cecilia tiene esclerosis múltiple, una enfermedad que afecta al sistema nervioso central, causado por el ataque del sistema inmunológico a la mielina, sustancia que al desaparecer provoca lesiones en el cerebro que se traducen en falta de coordinación, rigidez y pérdida de masa muscular, y caminar inestable, entre otros síntomas.
Entre café y café, Cecilia me confesó que ha seguido disciplinadamente su tratamiento con fármacos y kinesiología. “Pero tengo mucha rabia, no sé si conmigo misma o con el mundo”, me dijo mientras se fumaba un largo y delgado cigarrillo. Fue entonces cuando me contó que en “Los Amantes del Tibet” se había encontrado con una frase muy propia de la filosofía budista y que la estaba tratando de internalizar. La frase, que a mí también me seduce mucho porque yo ando como empujando la vida cuando algo se me vuelve en contra, es: “No empujes el río, que ya fluye por sí solo, como la vida. El hombre verdaderamente sabio acepta que lo que ha de suceder, suceda”. Me percaté que Cecilia tiene una enorme rebeldía contra su enfermedad, pero que su coraje es tan fuerte que lo hace sobrellevarla con humildad, con fluidez y estoicismo. Quizás por eso, porque no está empujando el río, aunque sepa que la esclerosis no tiene cura, Cecilia se vea tan normal o más normal que cualquiera.
En nuestra ronda de cafés bien conversados analizamos qué difícil es vivir en una sociedad como la actual. Elitista, idólatra de los egos personales. Es la sociedad del “triunfo, luego existo”. A esta sociedad no le gusta la vejez, ni las arrugas, ni los deterioros. Todos somos desechables. Es la sociedad que se caracteriza por la presión casi asfixiante del logro de metas y en eso, al ser humano se le va la vida.
Por ello, culminamos nuestra grata velada analizando la frase “No empujes el río, que ya fluye por sí solo, como la vida”. La vejez nos llegará, las arrugas se notarán, pero seremos sabias. Acordamos que la cita de Descartes debiera decir: “He amado, he llorado, he reído, he tenido dolor y alegría, luego existo”.

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