Mi hijo es transexual

-Mira cómo me vistes. Tú me disfrazas.
Le habían puesto un vestido nuevo porque ese día cumplía seis años. La esperaba una celebración junto a sus amiguitos, pero no se veía feliz. Estaba enojada, incómoda, roja de rabia, recuerda su mamá, María José.
-Le pregunté qué era lo que quería.
-“Quiero usar pantalón, polera y el pelo corto y desordenado”, le respondió.
“No pesqué mucho en ese momento. Dije, ‘es cosa de gustos no más’, y por eso no me hice problemas cuando siguió insistiendo en que quería vestirse de una manera masculina, cuando prefería jugar con autitos o cuando quiso entrar a una escuela de fútbol. No era una niña ahombrada, tampoco tenía modales toscos. Era dulce y tierna, pero siempre estaba con la cabeza en otra parte, como si algo le molestara”.
Hasta ese momento, la palabra transexual ni siquiera pasaba por su mente. “Simplemente porque no tenía idea qué era eso”. Menos todavía podría explicarlo la pequeña, quien durante años se conformó pensando en que Dios se había confundido y que en lugar de haber puesto su alma en el cuerpo de un hombre, lo había hecho en el de una mujer.
El reconocimiento de la verdadera identidad de género de la hija de María José, que se define como un sentir innato, profundo e intenso del género, que puede corresponder o no con el sexo asignado en el nacimiento, vino años después.
-“Primero pensé que era lesbiana, pero se enojaba cuando se lo insinuaba”.
El problema creció con el tiempo. “Todas las mañanas se agarraba del pasamanos de la escalera porque no quería ir al colegio con falda. Lloraba hasta que la dejaba ponerse pantalones”. Iba a un conocido colegio católico de niñas de Concepción, donde también comenzaron a reparar en su actitud “masculina”.
Uno de los capítulos más amargos ocurrió en vísperas de Fiestas Patrias, cuando el colegio pidió a sus alumnas que se vistieran de huasas o de “chinas” para festejar el 18 de Septiembre.  A esas alturas, ya era un adolescente, y sus compañeras la percibían más como niño que como una niña, por eso verla con ese atuendo fue motivo de mofa general.
-“Tuve que cruzar todo el colegio para llegar a mi sala, sentía vergüenza y, aunque no miraba a nadie, escuchaba como todas se reían de mí”.
report.transgenero-2Llegó muy mal a su casa, lloró toda esa tarde porque no encontraba explicación a lo que le ocurría. Le avergonzaba su cuerpo. “Odiaba” sus pechos que habían empezado a crecer, y por eso trataba de ocultarlos. Le molestaba que la trataran como mujer porque se sentía diferente. Esa confusión la hizo autoagredirse. Escondida, se hacía cortes en sus brazos y de a poco se fue sumiendo en una depresión que le hizo querer quitarse la vida. Tomó 45 antidepresivos. Alcanzaron a llegar a una clínica. Dijeron que se había salvado de la muerte casi por un milagro.
-Nadie está preparado para enfrentar una situación de este tipo, agrega María José. “Como muchos padres, yo no tenía información sobre el tema ni conocía casos parecidos. Decimos: tenemos una hija o un hijo. Nos preocupamos de criarlo, de entregarle valores, de que le vaya bien en el colegio, pero no sabemos interpretar aquellos conflictos que pudieran tener relación con su identidad sexual”.
-Dije, si mi hija no es lesbiana, entonces qué es. “Y comencé a investigar sobre la diversidad sexual para ver dónde encajaba. En eso estaba, cuando un día en el canal NatGeo mostraron un documental donde un chico transexual contaba su historia y hablaba de los conflictos que desde pequeño había tenido por tener un cuerpo de niña cuando en realidad él se sentía como una persona del sexo contrario”.
Su hija estaba junto a ella.
-Le pregunté: “¿Así te sientes?”. “Con una sonrisa que pocas veces había visto en su carita, respondió sí”.
Con la ayuda de siquiatras y sicólogos cerraron la idea y comprendieron que era un niño transexual, es decir, una persona que desarrolla, siente y vive un género diferente al esperado socialmente por su sexo o genitales.
La palabra transexual identifica a quienes se han sometido a procedimientos médicos para adecuar su cuerpo a su verdadera identidad de género, es decir a su naturaleza de hombre y mujer. Quienes no pasan por procedimientos médicos o no los han finalizado son denominados transgéneros. Sin embargo, comúnmente el concepto transexual suele aplicarse para ambas realidades.

La transición de Javier

Hoy la hija de María José está a punto de cumplir 15 años y todos lo llaman Javier. Ése es su nombre social, porque ningún menor de edad en Chile ha logrado cambiar su nombre y su sexo legalmente.
Cuando Javier asumió su condición, a los trece años, lo comunicó en su colegio, donde recibió apoyo y atención, pero cuando un año después decidió dar un paso más las cosas cambiaron.
“Este año, en marzo, llegué vestido de Javier, con pantalón y con el pelo muy corto. Habían entrado al colegio  muchas niñas nuevas que me observaban como raro, pero lo que más sentía era la mirada de sus papás. Ese mismo día le enviaron una comunicación a mi mamá desde la dirección”.
“Me dijeron que estaban muy conflictuados, porque aunque comprendían su situación, habían recibido reclamos de algunos apoderados que decían que si Javier se creía hombre para qué entonces iba a un colegio de mujeres y que temían que fuera una mala influencia para sus niñitas. Una ignorancia absoluta, porque ser ‘trans’ no es una peste que se pueda contagiar”, cuenta María José.
Pudieron haber iniciado acciones legales, “pero como no estaba dispuesta a que lo sometieran a nuevas humillaciones, lo retiré”.
Hoy estudia desde su casa y da exámenes libres hasta que pueda encontrar un colegio donde se le trate socialmente como Javier, con todo lo que ello significa.
Paralelamente, recibe atención sicológica y siquiátrica para vivir de mejor manera su proceso de transición. Un menor de edad no puede someterse a un tratamiento hormonal para modificar sus caracteres sexuales secundarios. Menos, a una operación genital. Lo que sí se puede hacer -previa autorización de sus padres y de informes médicos- es retardar su maduración sexual con un manejo endocrinológico que, en palabras simples, “congela” su desarrollo para que, en el caso de Javier, no se siga feminizando y desaparezca la regla, que es como un garrotazo que le da el cuerpo para recordarle lo que no quiere ser.
“Mucha gente nos aconseja que esperemos hasta los 18 años para empezar un tratamiento, pero yo pienso: para qué lo vamos a hacer aguantar tres años más si ya ha sufrido tanto. Para qué vamos a dejar que su cuerpo se siga desarrollando y exponerlo a más burlas y discriminación”.
“Me ven como un niño afeminado”, agrega Javier. Varias veces en la calle lo han tratado de gay y de maricón. “Es gente que ni siquiera conozco, a la que yo no molesto, pero que se siente con el derecho de insultarme no tengo idea por qué. El otro día andaba en el centro con una amiga, y un tipo de estos que se visten como neonazi comenzó a seguirnos y casi en el oído me decía tú eres un maricón, un maricón. Nosotros sólo atinamos a arrancar”.
Eso, dice Javier, se añade a lo que siente cuando por algún motivo debe mostrar su carnet de identidad. “La gente ahí ve a una niña y hace preguntas que me incomodan y avergüenzan”.
Por eso muestra orgulloso la tarjeta de una cadena de cine donde le permitieron usar su nombre social. “Cuando la saqué le pedí a la señorita si podía hacerla con el nombre de Javier. Me respondió que no había ningún problema. Yo sé que esto no es mucho, pero no te imaginas el alivio que siento al comprar una entrada para el cine con el nombre que yo quise tener y sin dar explicaciones a nadie”.
Para él todavía la posibilidad de solicitar un cambio de nombre y sexo legal está lejana. Debe tener 18 años, y ahí recién optar a que la justicia le permita ser reconocido como el hombre que siente ser.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES