MUNDO APARTE


Hace 3 años en Concepción se creó el Centro de Capacitación Laboral Paulo Freire para adultos y jóvenes discapacitados mentales. Comenzó con 20 niños y ahora son 120 los alumnos que encuentran en sus talleres la posibilidad de insertarse en el mundo de los “normales”. Estar dentro de sus salas de clases es vivir una realidad diferente, llena de cariño, de problemas, de inocencia, pero sobre todo de mucho esfuerzo por doblarle la mano al destino y a una sociedad que aún no es capaz de aceptarlos.

Es el día de finalización de actividades en el Centro de Capacitación Laboral Paulo Freire en Concepción. Por eso su director programó una rockola para sus alumnos. Una  de sus actividades favoritas.
El reggaeton suena fuerte y de a poco las primeras parejas se atreven en el ritmo del perreo. Hay otros más tímidos que se conforman sólo observando a sus compañeros improvisar algunos pasos y corear las canciones de “don Omar”.  Es mediodía y la fiesta está muy prendida. De pronto se apaga la música y se escucha una voz desde el fondo que anuncia la llegada de los regalos. Se desata el desorden y algunos hasta se atropellan para ser los primeros en la fila.
Al verlos ahí en esa hilera,  ansiosos por avanzar rápido, uno recién dimensiona que los mismos jóvenes que hace un rato repletaban la pista, en una gran mayoría son adultos sólo en apariencia física, porque sus mentes son similares a las de un niño, pues por caprichos del destino, ambos desarrollos no pudieron ir a la par.
“Verlos así tan felices compensa cualquier sacrificio”, comenta el director del centro, Gabriel Caballero. Él es un profesor de matemáticas que junto a un grupo de profesionales decidió, hace 3 años, iniciar este proyecto para dar cabida a jóvenes y adultos con retardo mental que por su edad o por decisión de sus padres no asistían a escuelas especiales.
“Acá les entregamos competencias más bien generales para que puedan desarrollar alguna actividad laboral”, explica. Si bien ofrecen talleres para aprender un oficio, la idea fundacional del centro es enseñarles, de acuerdo a los problemas o necesidades de cada uno,  habilidades sociales, a ser responsable, a trabajar en equipo, “básicamente a contribuir en su desarrollo personal”, agrega.
Hay algunos alumnos con discapacidades intelectuales muy severas y con otros trastornos asociados que jamás podrán ir a trabajar a una empresa, pero quizás calificarán para empleos protegidos dentro del mismo  centro. “En otros casos los papás se conforman con que sus hijos aprendan cosas que para los demás son comunes, como comportarse dentro de un  centro comercial, sin gritar, sin reaccionar de manera violenta, que se acostumbren a respetar normas o, simplemente, que tengan la oportunidad de compartir con otros jóvenes de su edad”.
Otros en cambio van muy avanzados en el aprendizaje de un oficio. Como el ejemplo de Miguel (21), el presidente del centro alumnos. Él ya sabe trabajar muy bien la madera y está claro que una vez que tenga más experiencia tratará de ganarse la vida en esa área. Él es del grupo de los que están menos complicados, con un retardo más bien leve, pero, lamentablemente, para el resto de la sociedad no es lo suficientemente “normal”, como para insertarse en el mundo del trabajo como cualquier otro joven de su edad.
A este tipo de chicos, comenta una de las profesoras, sólo les juega en contra su diagnóstico, porque su situación pasa inadvertida. “Por eso aquí nos preocupamos de entregarles las competencias suficientes para que se comporten como cualquier persona y así nadie diga: él o ella tiene un problema”, agrega Monica Chacón, jefe de la Unidad Técnico Pedagógica.
El camino hacia la independencia
En 2007 el Centro Paulo Freire tuvo una matrícula de casi 120 alumnos. Todos con retardo elemental y un gran porcentaje también con discapacidades asociadas: autistas, sordomudos o patologías psiquiátricas compensadas.
Llegar al lugar por primera vez impresiona; pero luego resulta conmovedor observar cómo esos adultos se comportan como infantes. Algunos tiene el mismo lenguaje que un niño de tres años. Otros ni siquiera lo han desarrollado. Varios además tiene problemas físicos, pero todos siguen con total atención las instrucciones de sus profesores en los talleres.
En la sala del taller de JOYAS, una de las más entusiastas es Cindy Campos (27). Hace un año llegó al Paulo Freire y ya demuestra ser muy diestra en la confección de anillos, pulseras y distintas joyas de mostacilla. Su papá,  Nélson, es funcionario del centro lo que le permite estar al tanto de los avances de su hija.
Su historia es parecida a la de varios de sus compañeros. Nació sin problemas, pero una enfermedad a los pocos meses de vida -en su caso meningitis- le dejó secuelas que retrasaron notablemente su desarrollo cognitivo. “No nos dimos cuenta hasta que le tocó ir al colegio y comenzó a rechazar a sus profesores y a sus compañeros. Dejarla en la sala era un martirio. Sus llantos se escuchan a dos cuadras del edificio”, comenta su papá.
Su diagnóstico fue una discapacidad moderada, pero igual la obligó a asistir a colegios especiales. “Ahí a uno se le derrumba el mundo. Tambalea el matrimonio. Vienen los reproches mutuos, porque quizás el otro es el de los genes malos, es un quiebre”, recuerda Nélson. Para ellos luego vino un segundo hijo, “normal”, que los ayudó a sobreponerse. “Conseguí trabajo en una estancia en Isla Dawson y nos fuimos a vivir allá. En esos años la discapacidad de mi hija se hizo más evidente. Caminaba entremedio de los toros, se arrancaba, se metía a los ríos en pleno invierno. No tenía noción de peligro y ahí entramos en el cuento de lo que significa ser padres de un niño enfermo mental”. Comenzó su peregrinar por colegios especiales, hasta que por su edad Cindy no pudo seguir en el sistema. “Pero todavía faltaba mucho. Por este tipo de niños hay que luchar toda la vida, hasta que uno se muera o hasta lograr que sean independientes, como es el objetivo de este centro y por eso la matriculamos acá”.
El camino hacia ese  objetivo no es fácil. “Ellos pueden ser excelentes maestros o modistas, por ejemplo, pero sabemos que va a costar que les den trabajo en una empresa. Porque todavía hay mucho rechazo de los demás. Pero acá en un año nosotros ya hemos visto muchos avances. Cuando se le acaba la plata de su pensión, nuestra hija toma sus materiales, hace aros, collares y los vende. Eso para nosotros ya es mucho”.
Los miedos de los padres
Según las profesoras del Paulo Freire, luego de la capacitación necesaria, la mayoría de sus alumnos estará en condiciones de emplearse. Al resto, ellos  mismos se encargarán de crearles un sistema de trabajo protegido. Mauricio (37) estaría en el último grupo. Además de su discapacidad intelectual, tiene un escaso desarrollo del lenguaje y le cuesta mucho relacionarse con los demás.
“Tengo claro que quizás él no va a trabajar, por su problema de lenguaje y porque depende mucho de mí. Yo lo baño, lo afeito y hasta lo visto, por eso creo que será difícil”, señala Cristina, su mamá.
Esa dependencia de los padres es la que tratan de cortar en el centro y por eso sus profesoras y el personal en general tomaron un compromiso y algunas tareas que van más allá de sus deberes. “Hay niños que usan pañales o sondas. Generalmente en algunas instituciones se les pide a los papás que colaboren en esta tarea, pero nosotros decidimos asumirla para cortar el cordón umbilical con sus familias, porque todo eso les ayudará en su desarrollo”, enfatiza Mónica Chacón.
Ese es uno de los objetivos de Cristina para su hijo, porque aunque hace un tiempo decidió dejar de atormentarse, siempre está presente el miedo a lo que será de él cuando ella falte.
“Aquí hay una energía especial y creo que eso más el cariño de sus profesores han cambiado la actitud de mi hijo. Antes tenía que montar todo un circo para levantarlo de la cama y hacer otro tanto para convencerlo de ir al colegio. Ahora se despierta a la las 6 y media de la mañana para preguntarme si tiene clases. Ahora sío que ama su colegio”.
El apoyo que faltaba
Aparte de su discapacidad, hay niños y padres que cargan con historias de vida muy complicadas que requieren una intervención integral, al alumno y a su familia. Si bien este centro funciona con subvención del Estado sólo para los jóvenes, su equipo de profesionales también entrega mucho apoyo a los padres que lo necesitan. Como Eladia, la mamá de Denis (19), quien tiene disfaxia mixta y una discapacidad catalogada como severa. Su hermana mayor -que no asiste al centro- tiene problemas similares y en su casa vive su cuñado (hermano mayor de su marido) que también arrastra secuelas neurológicas producto de una enfermedad de la niñez. Esta vida, que para algunos puede parecer inaguantable, es la realidad de Eladia. En su cara se nota el cansancio y el sufrimiento que le provoca su situación familiar. Aún llora cuando repasa su historia y se emociona aún más al recordar la promesa de su tercer hijo -que trabaja como paramédico-  de hacerse cargo de sus hermanos si algo malo le llegase a ocurrir a ella o a su marido.
“Pero no es justo darle tanta responsabilidad a mi hijo. Por eso es que todos los días traigo a Denis a las clases. No tengo tantas expectativas como otras mamás, pero al menos quiero que  logre valerse por sí mismo”. Y lo está logrando. De a poco, Denis está respetando reglas y tratando de integrarse a los cursos. “En su caso es muy importante reforzar las habilidades sociales. Su mamá nos cuenta que ahora puede salir con él sin que la tironeé o grite en la calle, lo que para ellos un adelanto muy valorado”, explica la psicóloga del establecimiento, Mónica Escobar.
En una vereda, afortunadamente muy distinta, camina Malena y su hijo Miguel (18). Ella el año pasado fue premiada como apoderada destacada por los profesionales del Paulo Freire. Su hijo tiene Síndrome de Down, pero en su caso, el entrar al  mundo laboral es uno de los objetivos de sus padres y de sus profesores. Así de clara, apenas a los dos meses Eladia inscribió a Miguel en un centro de estimulación precoz y desde ese momento no ha parado de buscar siempre nueva y mejores opciones para el futuro de su hijo.
“Me acuerdo que cuando nos recomendaron que Miguel entrará a UMPADE me pareció muy buena idea, pero cuando iba llegando me encontré con un cartel que decía: bienvenido al mundo de los deficientes mentales. Casi me morí y dije: no, mi hijo tiene Síndrome de Down, no es retardado. Luego me explicaron que sí era discapacitado mental y desde ahí lo hemos asumido, junto a mi marido, como nuestra realidad”.
Hoy Miguel sabe leer, sumar, restar y hasta chatea en el computador. El año pasado tuvo la oportunidad de ser recluta por un día  en el Regimiento Chacabuco y todavía alucina con la experiencia. Mientras, su mamá sigue buscando formas de hacerle más feliz su vida y de entregarle herramientas para enfrentar de mejor forma su futuro. Dice que está tranquila, porque ahora tiene el apoyo de la gente del “Paulo Freire”.

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