¿LOS INMIGRANTES APORTAN O EMPOBRECEN NUESTRA LENGUA?

María Angélica Blanco Periodista y escritora.

“Seño, perdóneme si la molesto”, me expresó una mujer peruana en la calle preguntándome por una dirección determinada. Que me tratara de “seño” me causó gracia y me quedé pensando que la inmigración es una realidad que cada día sentimos como algo más cercano, pues nos ha tocado vivirla en presente y ya no en el relato histórico. Basta con dar una vuelta por cualquier ciudad de Chile para percatarnos que convivimos con una nueva y gran afluencia de haitianos, peruanos, venezolanos, colombianos y ecuatorianos. 

Ello nos ha permitido adentrarnos en nuevas culturas y costumbres, y también paladear sus sabrosos platos típicos. Pero lo que más nos impacta es escuchar un lenguaje con tintes y matices exóticos, lleno de términos coloquiales a los que debiéramos acostumbrarnos. Estos nuevos hablantes de español, ya sean de Perú, Venezuela, Colombia o Ecuador, han ido introduciendo sus particularidades fonéticas, léxicas y semánticas, con expresiones propias muy particulares que, en general, corresponden a jergas más bien populares que estamos comenzando a reconocer. “Seño” por  señora; “chamba” por trabajo o empleo; “remar” por comer; “de la pitri mitri” por de la puta madre, fantástico o excelente; “chévere” por agradable o entretenido; “qué molleja”, expresión de sorpresa o admiración en Venezuela. 

Le pregunto a mi muy versado amigo Tulio Mendoza, poeta y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, si estas locuciones aportan un colorido especial a nuestro lenguaje o lo empobrecen. Me responde que lo primero que habría que decir es que son palabras y expresiones del español, que no es otro idioma y, por lo tanto, lo que tenemos es un diálogo “interno” que de ningún modo merma nuestra  lengua.  Y agrega que dependerá del uso que le demos para comenzar a sentirlas como nuestras.

Luego, hace una importante reflexión: “En resumidas cuentas, el uso establece la norma”, dice categórico. La lengua española, a pesar de su extensión geográfica, presenta una increíble unidad, y no por desconocer palabras y expresiones, tenemos que pensar que no lograremos comunicarnos ni entendernos. Para expresarlo de otra forma, un idioma no es sólo asunto de palabras. Bastaría con indagar acerca de un significado que nos es desconocido y, si para ello utilizamos el mismo español que compartimos, realizamos una “intratraducción”, como si estuviéramos leyendo un diccionario monolingüe.

En lo que respecta a los inmigrantes con una lengua distinta, como lo son haitianos -que hablan creole- o chinos y coreanos, son ellos los que han debido interiorizar nuestra lengua para comunicarse y desarrollar sus actividades en esta nueva tierra. Ojalá acojamos a estos hermanos foráneos con el espíritu abierto y solidario que expresa la famosa canción de Chito Faró: “Y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero”.

 A los extranjeros les provoca gracia nuestro típico “al tiro”. Y nosotros no nos riamos al escuchar a un mozo peruano si nos dice: “¿Su café? A la firme, se lo traigo al toque”.

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