Natalia Concha: La dentista que se enamoró de Haití

Pobreza endémica, insalubridad y falta de alimentos fue lo que esta joven encontró en su reciente misión a Haití. Sin embargo, fue justamente esta necesidad tan extrema, graficada por familias que salían a su encuentro para regalarle a sus hijos, y el convencimiento de lo mucho que se podía hacer por ellos, lo que ya la tiene planeando, recién de regreso en Chile, su próxima visita al país caribeño, el próximo año, “por más tiempo y llevando más ayuda”.

 

Por Cyntia Font de la Vall P.

Ayudar a otros utilizando los talentos y conocimientos que Dios le entregó ha sido el gran motor de avance en la vida de Natalia Concha (27), odontóloga penquista que, a punta de esfuerzo y perseverancia, “y endeudándose, porque no quedaba otra, a pesar de tener una beca que cubría parte del arancel”, logró titularse de esta carrera en la Universidad del Desarrollo, hace ya casi cinco años.
Activa voluntaria en distintos operativos sociales y de su Iglesia, la primera Bautista de Concepción, son muchos los programas de ayuda en los que ha colaborado, pese a su juventud. “Hasta hace unos años yo me imaginaba a los 27 casada, con hijos, pero Dios me tenía destinado algo distinto. Y es una suerte, porque quizás si hubiera tenido compromisos familiares no habría podido viajar a Haití, y esto fue una oportunidad increíble que, realmente, me cayó del cielo”, afirma.
Pero no todo fue tan simple como parece. Viajar en misión a ese país significó no sólo mucha fortaleza emocional para soportar las condiciones de precariedad que allá se viven, sino también gastos, y mucho trabajo y preparación en Chile, antes del viaje.
Desde hace más de cinco años que Natalia participaba en la ONG cristiana Salud y Amor, fundada -hace más de 20 años- gracias a la fusión de las iglesias Evangélica Pentecostal, Bautista y Anglicana. En ella, había trabajado en numerosas oportunidades realizando operativos en distintas localidades, hasta donde llegan con conocimientos profesionales, alimento y oración. “Siempre he creído que es lo máximo combinar mi profesión con el servicio a la comunidad. Dios me dio herramientas para usarlas en beneficio de los otros, para hacer algo más que orar por ellos. Creo en los milagros, pero también en que Dios actúa a través de nosotros. Sé que el querer ayudar no me convierte en la mejor cristiana; de hecho, estoy lejos de serlo, pero feliz pongo mi trabajo en manos de Él para ayudar al que lo necesite”, sostiene.
Fue justamente esta convicción de entregar “un servicio más tangible”, y conocer la experiencia de una amiga, profesora de inglés, que participa del grupo misionero Jóvenes con una Misión, que ahora está en Mozambique enseñando ese idioma a sus habitantes, lo que la llevó a buscar una iniciativa parecida en la que participar.
Paralelamente, Natalia eligió como fuente laboral la salud pública. Trabaja en la Dirección de Salud de Talcahuano desde hace cinco años, durante los cuales se ha desempeñado en distintos centros de salud de la comuna: “Cada día me gusta más. No he querido tener una consulta privada, aunque sé que ganaría más, porque conozco las necesidades de la gente y no sé cómo cobrar por mi trabajo, no tengo corazón para eso. Entonces prefiero que me paguen un sueldo y que sea otro quien administre mi labor y vea a quiénes llega, porque sé que la gente a la que atiendo lo necesita y no tiene cómo pagar particular una atención dental”.
A pesar de este trabajo que llena sus expectativas, dice que tenía el “bichito” de misionar en otro país. “Un día encontré en Facebook un mensaje que decía algo como: ‘¿Tienes ganas de servir y no sabes cómo? Súmate a esta misión a Haití: Evangelismo, salud, servicio’. Y me dije: Ésta es la respuesta que estaba buscando. Me contacté con ellos y llegué a Youth Hope, grupo que es un brazo de New Mission System International, organización estadounidense cristiana que tiene misiones en muchas partes del mundo, y justo uno de los grupos que apoyaba el trabajo en Haití era chileno”, recuerda.
-Pero debe haber muchas organizaciones que misionan en el extranjero, ¿qué te gustó específicamente de esta iniciativa?
“Cuando empecé a ver de qué se trataba, me gustó que no involucrara una ayuda meramente asistencialista, de sólo entregar algo material, sino que, además de eso, brindaba herramientas concretas para que los jóvenes de la Iglesia de Haití se conviertan en líderes, que repliquen lo que enseñamos para ayudar a su gente a desarrollarse, a progresar y a romper el círculo de la pobreza”.
-¿Cómo fue la preparación antes del viaje?
“La preparación involucraba entrenamientos acá, en que nos entregaban conocimientos sobre aspectos específicos de la misión y respecto de la realidad que íbamos a encontrar en Haití. También debimos ponernos montones de vacunas: contra la hepatitis A, la hepatitis B, la tres vírica, contra el sarampión, la antirrábica, vitaminas. Además, tuve que aprender algo de creol, una especie de francés modificado, que es el idioma que se habla allá”.
-¿Debiste costear algo del viaje?
“Todo (ríe). Fueron US$ 1.390, que cubrían los pasajes de Miami a Haití, ida y vuelta, y el alojamiento, transporte y alimentación, y aparte, debía solventar los pasajes de Chile a Estados Unidos, ida y vuelta”.
En esta decisión el apoyo de sus padres fue fundamental. Ellos la respaldaron desde un principio, pues sabían que la idea de colaborar para el beneficio de otros la apasiona, y que ya otras veces había participado en actividades de ayuda sacando dinero de su propio bolsillo. Así y todo no permitió que la ayudaran a costear esta aventura. Ahorró dinero durante muchos meses. “Sin embargo, todos: amigos, colegas, mi Iglesia reunimos fondos para llevar cosas a Haití, porque ya que iba a ir, la idea era entregarles algo, dejarles implementos que pudieran utilizar por un buen tiempo. Fue así que entre todos reunimos el dinero para que yo pudiera llevar 500 cepillos de dientes de excelente calidad, pasta dentífrica, 200 aplicaciones de flúor. Las empresas me los dejaron a un muy buen precio y hasta me regalaron algunos… la verdad es que todo se dio muy bien, lo que muestra que la mano de Dios también estaba ahí”.
Al principio quería llevar una clínica completa, pero no se podía, así es que decidió partir con lo básico para realizar lo que quería hacer: educar y poner flúor. “Incluso, hicimos muelitas de cartón que tenían un mensaje de cómo cepillarse para entregarle a los niños. Cuando me despedí de la gente de la Iglesia, antes del viaje, les agradecí por todo el apoyo y lo conseguido en esta campaña, y les dije: No soy sólo yo quien va a Haití, vamos todos. No es sólo Natalia Concha la que va a ayudar, todos ustedes van conmigo”.
 

“LA REALIDAD NOS GOLPEÓ”

Así, con bolsos cargados de implementos dentales y todas las ilusiones puestas en sacar el máximo provecho de su semana en Haití, Natalia viajó el 16 de noviembre hasta Miami, junto a un grupo de seis chilenos, que incluía asistentes sociales, una enfermera y un ingeniero, de distintos puntos del país. Ella era la única de Concepción y la única odontóloga.

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Puerto Príncipe sorprendió a los chilenos mostrando un desolador panorama, donde la basura y los escombros convivían con los habitantes. Natalia cuenta que en Haití no existe sistema de recolección de basura, por ello los basurales están por doquier.
Una vez que aterrizó en el aeropuerto de Puerto Príncipe, capital de Haití, la impresión fue fuerte. “Salimos del aeropuerto y sentimos mucho calor. Había 32 grados de temperatura, y eso que era invierno, y una humedad de 98 por ciento, sentíamos que nos derretíamos”, cuenta, pero no fue eso lo que la impactó, sino el desolador panorama que asomaba desde cada esquina, donde la basura y los escombros, junto a la pobreza y delgadez extrema de sus habitantes era la postal característica.
“Era como si nos hubiéramos transportado a otro mundo. La realidad nos golpeó. La ciudad en sí era una mezcla de factores terribles que nos recordaban a lo que se ve en las películas de India, con mucha gente que se agolpa alrededor tuyo o del auto para pedir dinero, muchos niños que no te dejan avanzar, esperando que les des algo, o lo que se vive en las favelas, en Brasil, o lo que recordaba haber visto tras el terremoto en Concepción. Las calles estaban llenas de escombros, junto a verdaderos ríos de basura. Las construcciones estaban debilitadas, los autos eran antiguos, con vidrios quebrados, casi todos chocados; realmente era muy triste ver a las personas caminar como si nada al lado de los basurales, o buscar comida en ellos”.
Tras tres horas de viaje, finalmente llegó a Jacmel, ciudad turística de Haití donde comenzarían a trabajar. Aquí, el paisaje natural era otro: mucho verde y lindas playas, pero la realidad social, de pobreza extrema, era la misma. De hecho, este lugar sólo dispone de electricidad 12 horas al día. “Aquí había hoteles cinco estrellas, con lindas infraestructuras, piscinas. Nos alojamos en uno y, nuevamente, la realidad vino a nuestro encuentro: estábamos en un hotel cinco estrellas, pero con cucarachas en el baño y ratones en el lobbie. Y en el pasaje, al lado del hotel, se veían niños pequeños y guaguas muy desnutridas, sin nada de ropa, ni siquiera un calzoncillito o un pañal”, recuerda.
Allí, los misioneros chilenos fueron recibidos por miembros de la iglesia Bezalel Movement, “jóvenes que no son haitianos pobres, sino gente que ha estudiado y que ha decidido quedarse en Haití para ayudarlo a levantarse, porque conocen las necesidades de su gente. De hecho, el pastor de la Iglesia es un médico que estudió en Estados Unidos y que trabaja seis meses en ese país o en Canadá, cada año, para juntar dinero y así mantener la iglesia y la escuela gratuita que tienen en el pueblito de Maplat. Esa escuelita, sustentada por la Iglesia y por esponsors privados, lleva un año funcionando y es la única que existe allí, por lo que sus alumnos caminan muchos kilómetros cada día para llegar hasta ella. Atiende a 150 niños en una única sala, pequeñita, sin bancos para todos, donde dos profesores dictan clases de primero a quinto básico”, refiere Natalia.
-¿Pudiste apreciar cuál es la realidad educacional en Haití?
“Sí, es terrible. La educación no es gratis, por lo que sólo quien tiene recursos puede estudiar. Allá se usa mucho que las familias más humildes manden a sus hijos a casas de familias acomodadas para que le financien los estudios, a cambio de que el niño trabaje para ellos.
Me contaban que una de las razones por las que el país no despega es que quienes logran educarse en Haití e ir a la universidad se van del país. De hecho, Haití tiene un 98 por ciento de migración intelectual, son muy pocos los profesionales que se quedan, porque los sueldos son muy bajos. Franz, por ejemplo, era un médico haitiano que nos contó que no trabajaba en el Hospital porque ganaba muy poco, así es que prefería tener una consulta particular y con el dinero que ganaba ayudar a otros que no podían pagar. Le pregunté cuánto cobraba por una consulta, y era lo que aquí son dos lucas. ¡Imagínate! Y eso es más que lo que ganaba en el Hospital, por eso los profesionales emigran”.
 

UNA SERVILLETA Y UN ESPEJO DE PLÁSTICO

El miércoles, día siguiente de su llegada a Haití, los misioneros comenzaron a trabajar, visitando las casas, puerta a puerta, siempre acompañados por los jóvenes haitianos, que eran los encargados de  traducir. “Algo que me llamó mucho la atención es que nosotros le contábamos a la gente que éramos de la Iglesia y que queríamos orar por ellos. Les preguntábamos si tenían alguna necesidad en especial, y nos respondían que no. Me impresionó y me costó entenderlo al principio, porque yo veía que sus necesidades eran tantas y tan evidentes, pero luego comprendí que ellos no conocen otra realidad, otra forma de vivir, por lo que son felices así”, reflexiona.
-¿Cómo era el día a día en Haití?
“Nos levantábamos como a las 7 de la mañana y nos acostábamos como a las 11 de la noche. Trabajábamos todo el día, visitando casas, hablando con la gente en la calle, más visitas, hospital, entregar comida, oración, en mi caso intervención dental y educación. La verdad es que yo andaba para todos lados con mi mochila con cepillos, y donde encontraba un lugar donde pudiera educar lo hacía, aproveché todas las instancias”.
-¿Y cómo lo hacían con la comida? ¿Era muy distinta a la de Chile?
“En Jacmel tomábamos desayuno en el hotel, y la gente de la Iglesia nos daba almuerzo, once y cena, lo que financiaban con el dinero que habíamos pagado a Youth Hope. La chica de la Iglesia cocinaba riquísimo, y comí lo mismo que podría comer acá: arroz, tallarines, pollo, atún, sándwiches. Me imagino que trataron de adaptarse a nuestras costumbres culinarias porque para ellos, por ejemplo, es normal comer gato, algo que, por supuesto, a nosotros no nos dieron. También comí mango, mucho mango (ríe), lo cortaban directo del árbol y nos lo daban, y se preocuparon de llevar para nosotros, a todos lados, mucha agua embotellada, pues en Jacmel sólo había tres llaves de agua, en la calle, donde toda la ciudad iba a buscar, y no era potable”.
Cuenta que otro día visitaron el hospital de Jacmel. “El frontis mostraba que era un edificio no muy nuevo, pero bueno, pero era la pura fachada, por dentro era otra cosa: salas atestadas, sin ninguna comodidad para los enfermos. Había dos áreas: Medicina Interna y Maternidad, pero ni siquiera había un lugar digno para parir, estaban todas las mujeres juntas, hacinadas. Higiene cero, algo que nos impactó mucho, pues en Chile el tema de la asepsia es muy importante en los centros hospitalarios.
Además, no sólo escaseaban los medicamentos, ojalá hubiese sido sólo eso. Por ejemplo, me tocó ver a una paciente que había que ponerle una vía porque se estaba deshidratando, y no tenían aguja para ponerla. No había gasa, ni nada, cosas que son básicas”.
Cuenta que también pudo observar a un bebé prematuro, con neumonía, sin tanque de oxígeno, ni nada parecido que le ayudara a respirar, “y estaba al lado de niños con abscesos, con infecciones urinarias, con bronquitis, todos juntos, ¿cómo podía mejorarse?”. Asimismo, se asombró de ver a un odontólogo que trabajaba teniendo como únicos implementos una servilleta y un espejo de plástico. “Me entristeció mucho ver eso porque pensaba que no tenía posibilidad de hacer nada con tan poco”.
Sin embargo, revestida de una “coraza profesional”, que le impedía llorar ante lo que veía, a pesar de tener un nudo en la garganta -cuenta-, se lanzó a hacer educación a los niños que estaban allí y a repartirles cepillos de dientes, enseñándoles cómo usarlos. En esos momentos se hacía de valor y, con la alegría y dulzura que la caracterizan, ponía todo su empeño para que los pequeños comprendiesen la importancia de la higiene.
-¿Cómo los recibía la gente? 
“Se ponían contentos, sobre todo los niños. De hecho, desde lejos nos veían y salían a nuestro encuentro, nos sonreían y, tímidamente, nos tocaban, sentían curiosidad. Me emocionaba ver tantos ojitos brillantes cuando les entregábamos algo, y esa sonrisa para mí era todo, compensaba todo lo triste que veíamos a nuestro alrededor”.
 

“ME REGALABAN A SUS HIJOS”

Tras tres días en esa ciudad partieron hacia Maplat, un poblado a tres horas de Jacmel, en medio de montañas. Allí trabajaron con los 150 niños que asisten a clases en la escuela. “Nuestro traductor les explicó que yo era dentista, y les preguntó si sabían lo que hacía. Todos levantaron sus manitos y con mímica nos indicaban que los dentistas sacaban dientes. Fue fuerte pensar que en estos tiempos exista un lugar donde un odontólogo sólo sirva para extraer piezas. Claro, al ver su realidad se entiende que sin implementos no pueden hacer nada más. Me imagino que en la capital o en alguna clínica particular harán tratamientos dentales, pero el común de los pobladores va al dentista para sacarse dientes, y los niños no van, así de simple y así de terrible”.

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El equipo de los siete chilenos, al llegar a Maplat, localidad ubicada a tres horas de la ciudad turística de Jacmel, debieron dormir en una de las tres viviendas que conformaban el centro del poblado, sin agua, electricidad ni alcantarillado.
Natalia cuenta que cuando finalmente pudo examinar la boca de los niños “casi me morí. Yo me había hecho la idea de que tendrían menos caries porque tenían menos acceso a dulces o a azúcares refinados. Pero, al ver su dentadura, recordé que las caries son una enfermedad multifactorial”.
Cuenta que quería llorar y que sentía mucha impotencia. “Cada boca que abría estaba peor que la anterior. Veía muchas caries, restos rediculares, que es la raíz que queda cuando la caries ya destruyó todo el diente; malas mordidas, dientes en posiciones imposibles de imaginar… Era de verdad muy triste, no iba preparada para eso”, cuenta.
-¿Pensaste en algún minuto que había sido un error ir a Haití?
“Nunca, quedé enamorada de Haití y de cuánto se podía hacer. Todo lo que veía no hacía más que convencerme de que tenía que volver, pero por más tiempo y con más recursos, movilizando a más gente, porque la necesidad es mucha.
A mí no me sobra el dinero, vengo de una familia de esfuerzo. De hecho, me endeudé para estudiar, y aún me queda mucho por pagar, pero no tengo duda de que puedo ayudar más y quiero hacerlo. En este viaje estuve una semana, y logré atender en total como a 300 niños, además de muchos jóvenes y adultos. En la escuela aplicamos flúor a los niños, que es algo que sé que los va a ayudar mucho, realizamos exámenes de salud y los educamos respecto a cómo cuidar sus dientes, pero sé que se puede hacer muchísimo más. También dejamos algunos recursos y medicamentos y les explicamos a los profesores cómo replicar nuestras enseñanzas”.
En su estada en Maplat, hasta donde llegaron en un camión, “a saltos, llenos de polvo y con mucho calor”, los jóvenes misioneros se quedaron en una de las tres casas -sin puertas ni ventanas y con piso de tierra- que había en el centro del poblado, sin agua, sin electricidad, sin señal de celular, ni alcantarillado. “Dormíamos en sacos de dormir, nos lavábamos con un jarrito de agua y, como no había baño propiamente tal, a veces era mejor ir a los arbolitos”, cuenta entre risas, agregando que “me salvaron el alcogel y las toallitas húmedas que llevé”.
-¿De todo lo que viviste, qué fue lo que más te impactó? 
“Ver la desesperanza que se reflejaba en los ojos de los ancianos. Los niños son niños, juegan, se ríen, pareciera que no notan la pobreza en la que viven, pero los rostros de los adultos mayores mostraban desolación, como que sabían que en lo que les quedaba de vida esto no iba a mejorar, no tenían esperanza de que su existencia cambiara.
Pero lo que me generó una sensación que creo que me va a quedar para siempre fue ver a familias completas que me salían al encuentro, con su mejor sonrisa, y me entregaban a su guagua para que me la trajera. ¡Me regalaban a su hijo! Se me partía el corazón al ver eso, y me daba rabia también, con ellos, con el Gobierno, con el mundo, no sé, con todos. El país mantiene una cultura muy conservadora, prefieren que las mujeres tengan 10 hijos que no pueden mantener, en vez de regalarles preservativos o anticonceptivos, o hablarles de cómo controlar la natalidad. De hecho, el promedio de niños por familia es de seis o siete. El sistema de adopción también es complejo. Uno de los chicos que conocí en Youth Hope, de Estados Unidos, lleva más de un año en trámites para adoptar a niños haitianos, y está casado, tiene recursos, pero no se los entregan. Hay tanta orfandad en Haití, tanta necesidad, que el sistema de adopción debería ser más expedito, y la gente haitiana no sabe eso, cree que es cosa de entregárselos a alguien para que se los lleve, y es imposible.
Pensar que una familia sienta que, seas como seas tú, y le des el trato que le des a ese niño, siempre va a estar mejor que viviendo con ellos allá, es horrible, muy muy triste, porque ellos lo ven como una salida, algo que puede mejorar sustancialmente la vida de ese niño”.
Y eso es nada, porque siento que, dentro de todo, nosotros estábamos en una burbuja. Por ejemplo, en Jacmel no notamos que la mitad del día no había electricidad porque a la hora que la cortaban ya estábamos en el hotel, que funcionaba con un generador propio. Además, nunca andábamos solos, siempre nos acompañaban los jóvenes de la Iglesia para resguardarnos ante cualquier cosa, nos iban a buscar y a dejar. Ellos nos decían, también, que el Haití de día no era el mismo que el de noche, que era más peligroso, que había muchos asesinatos porque hay un tema político difícil, eso no lo vivimos; de hecho, en la noche el hotel se cerraba con llave y quedaba un militar permanente en la puerta”.
Pero además de esta dura realidad, también le tocó experimentar una gran pena mientras estaba allá. En su último día en Maplat recibió la noticia de que su abuelo había fallecido. “Vine a saberlo un día después porque mi familia no pudo comunicarse antes conmigo. Cabía la posibilidad de venirme al tiro, pero era complicado. Además, mi abuelo estaba muy orgulloso de lo que yo venía a hacer a Haití; de hecho, el fundó la segunda Iglesia Bautista de Concepción, le gustaba que ayudara, y sé que habría querido que terminara la misión.
Recordé que en mi último día en Chile me llamó la atención que él se despidió de mí como tres veces, incluso pensé que presentía que algo podía pasarme, pero quizás sabía que era él quien iba a partir. Murió un domingo, mientras dormía, tal como él siempre le había pedido a Dios. Aún no he podido procesar bien ni su partida ni mi viaje porque llegué hace poco y mi mente ha estado ocupada en otros asuntos ya que volví a trabajar al día siguiente”, relata.
-¿Qué impresión te quedó de este viaje a Haití?
“La misión me sirvió para conocer otra realidad, darme cuenta de que hay lugares donde las personas viven necesidades extremas, y agradecer por la maravillosa vida que tengo. Muchas veces nos quejamos de cosas que parecen importantes pero que, al contrastarlas con lo que vimos allá, nos damos cuenta que son nada. Me queda la sensación de que es posible ayudar más, y que quiero hacerlo. De hecho, los de mi grupo estamos todos ‘full’ aprendiendo creol para poder comunicarnos mejor en nuestra próxima visita. Sé que no vamos a cambiar el mundo, ni a Haití. Lo que hicimos fue súper poco, pero en mi vida personal esta misión me abre un mundo nuevo, me da perspectiva, me permite soñar con todo lo que puedo hacer para ayudar y reafirma mi idea de que si uno tiene herramientas para entregar, debe hacerlo, desde su propio ámbito de acción.
No hay ayudas pequeñas, todo sirve. Sé que no todos pueden ir a Haití, pero la caridad empieza por casa, aquí también se puede hacer mucho, es sólo querer mejorar en algo la vida del que está al lado, es tan fácil y son tantas las oportunidades, sólo hay que ponerle ganas”.
 

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