Neil Amstrong y la poesía de la luna

 Porque muchos lo ponen en duda y se muestran reticentes a los milagros, yo quiero creer que el hombre puso su pie en la luna y dejó allí su huella imperecedera. Cómo no recordar la travesía del Apolo 11 y ese día de julio de 1969 en que, junto a un grupo de compañeros de curso de Periodismo accedíamos asombrados a una noticia que haría historia. Ante nuestros ojos Neil Amstrong daba su primer paso sobre esa superficie de magnífica desolación, la luna, en el llamado Mar de la Tranquilidad, flotando, casi ingrávido. “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”. Sus palabras se convirtieron en hito. Podría decirse que se las sopló al oído un poeta. Neil Amstrong partió, seguramente, llevándose un trozo de luna en la memoria y quizás, antes de perder la última lucidez, volvió a caminar aéreo e incorpóreo sobre ella. Tal vez si el poeta García Lorca hubiese estado presente en esa primera caminata sobre nuestro único satélite celeste le habría murmurado: “Déjame, no pises mi blancor almidonado”. Porque si hubo un vate enamorado de la luna, ese fue García Lorca, quien en su Romancero Gitano se rindió maravillado ante esa esfera centelleante como un inmaculado iceberg. En su Romance de la luna, luna, le canta: ”La luna vino a la fragua, con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. En el aire conmovido, mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño” ¿Tendrá senos la luna, senos blancos y esféricos, enhiestos y pálidos? Sí, porque los poetas hacen de la imposibilidad una metáfora palpable y deslumbrante, puede existir el verde viento, las verdes ramas ¿Por qué no una luna gitana como la describe Lorca en su Romancero? La influencia de la luna es gravitante para nuestro planeta. A ella se debe la ocurrencia de las corrientes marinas y las mareas, entre otros efectos astrológicos. Creo que también hace estragos sobre las mareas del alma. En momentos tristes, cualquiera de nosotros ha alzado la mirada para sostener lágrimas de amor adolescente, allá arriba, dejando la mirada ahí, puesta sobre la luna, que aparece vestida de gloria y de prodigios. Confieso que he llorado lágrimas con sabor a astronomía sobre mis miserias, con la vista imantada en ella, alba como novia esplendorosa. Y rememoro haber cantado, tal vez a los dieciocho años, abrazada a mis mejores amigas, con el corazón partido en dos por algún galán imberbe del cual no recuerdo el nombre: “Luna que te quiebras sobre las tinieblas de mi soledad ¿Adónde vas? Dime si esta noche tú te vas de ronda como él ya se fue ¿Con quién está?”. De lo que sí me acuerdo es de la cara de mi papá al verme llegar, a las tres de la mañana con minifalda, muerta de frío y con aroma a ron y coca cola. ¿Y usted, se puede saber por qué viene llegando a esta hora? Casi le respondo: “Es que andaba en una noche de ronda, papá”. Mejor me abstuve. Muy sabio de mi parte. Despidámonos con una cita de Shakespeare. Romeo, al atisbar a Julieta asomándose al balcón, exclama: “¡Es Julieta, es el sol en el oriente¡ ¡Surge, espléndido sol y con tus rayos, mata a la luna enferma y envidiosa porque tú, doncella, eres más clara!”

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