Ni el 8,8 derrumbó sus sueños: Guerreros del 27/F

Como el Ave Fénix resurgieron de las cenizas. A cuatro años de conmemorar el terremoto y tsunami de 2010, microempresarios de Dichato, Tomé y Talcahuano cuentan cómo se levantaron tras la pérdida de sus negocios. Dicen que pese a todos los gastos y esfuerzo en los que debieron incurrir para reconstruir sus locales, valió la pena volver a empezar, pues hoy ya comienzan a ver frutos. La persistencia, el ingenio y el buen ánimo parecen ser la cadena de factores que llevan a recomponerse de buena forma después de una catástrofe como fue la de aquel febrero.

 
Por Natalia Messer.
 

Era la madrugada del sábado 27 de febrero, y aún se sentía una cálida brisa, típica del período estival, que ya a esas alturas comenzaba lentamente a disiparse y a entremezclarse con ese frío húmedo tan clásico del Biobío. Los veraneantes iban y venían. Algunos ya se preparaban para regresar al trabajo y los estudiantes para retomar las clases. Los más suertudos, o quizá no tanto para esa fecha, seguían disfrutando de esos coletazos veraniegos. Todo en calma. Pasaron las 3:33 de la mañana y una tierra a cada segundo más trémula despertó hasta al más adormecido. Era un terremoto con una magnitud de 8.8 grados Richter y un epicentro en las costas de Cobquecura, que generaría horas más tarde un tsunami. Lo que viene después ya es historia, una triste historia. Gran destrucción en zonas costeras como Constitución, Talcahuano, Dichato, entre otras, que dejó el gran sismo. A casi cuatro años de lo que fue esa madrugada, cuatro emprendedores de la zona, que perdieron la totalidad de sus negocios esa noche, cuentan cómo se sobrepusieron al daño y hoy ya pueden decir con orgullo que sus locales se encuentran ciento por ciento operativos, tal cual o incluso mejores a como eran antes del 27/F.
Los casos de Jaime Eriz, Javier Etcheverry, Jaime Soto y Gladys Zaror son ejemplos de que sí se puede recuperar el aliento y empezar desde cero. Está claro que no ha sido fácil. Hay esfuerzo, conocimiento del rubro y mucha dedicación. Sus historias merecen ser contadas porque más de una enseñanza pueden dejar, y es que parece haber lógica preestablecida al señalar que siempre después del caos y de la destrucción viene un período de calma, donde las cosas suelen tomar un mejor matiz.
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El ranguelmino que sirve a Dichato

Jaime Eriz Flores partió desde muy joven como comerciante. Oriundo de Rangelmo, localidad que se encuentra al interior de Tomé, este empresario se radicó en Dichato en 2008, año en que construyó su casa y en que también decidió invertir en la construcción del supermercado Beach Market, ya característico para los dichatinos y turistas que visitan esa localidad. “En enero de 2010 parto con mi supermercado. Tuve una experiencia de un mes y me di cuenta de que era una muy buena oportunidad. Había movimiento. Así es que invertí mucho más y comencé a ampliarme para tener harto stock. El 27/F, el tsunami me encontró a máxima capacidad de compras. La pérdida fue con tuti”, cuenta.
La madrugada del 27/F Jaime Eriz se encontraba en Tomé en la casa de sus suegros. Apenas ocurrido el terremoto lo primero que vino a su mente fue el desabastecimiento que se generaría en la zona, por los problemas de conexión entre las comunas. Paradojalmente, no tenía mucha mercadería en su casa. Así es que se preparó y fue en auto a Dichato para buscar alimentos en su negocio. “Necesitaba, sobre todo, cosas para mi hija que tenía entonces dos años. Cuando llegué estaba todo en el suelo. Saqué lo necesario y luego de un rato pasó una señora diciendo que ya se estaba saliendo el mar, así es que rápidamente cargué las cosas y subí a mi vehículo para devolvernos a Tomé y arrancar hacia el cerro”, relata.
Al día siguiente regresó a Dichato para ver cómo había quedado su negocio, para comenzar lo antes posible a reconstruir. Allí, se encontró con gente del sector saqueando su local. No le importó e incluso los autorizó para que subieran al segundo piso del supermercado a sacar alimentos. “Yo tomé conciencia de que la gente había perdido sus cosas, así es que les dije que sacaran alimentos con tranquilidad, pero sí les pedí que no destruyeran el local, que sacaran sólo mercadería, no ventanas ni máquinas, y así lo hicieron”.
El lunes 1 de marzo eran los únicos en un desolado Dichato que ya se encontraban trabajando -entre réplicas y temor por eventuales tsunamis-, para reconstruir el dañado Beach Market. Para Jaime Eriz esto ayudó al pueblo de Dichato para que la sensación de incertidumbre se disipara lo más rápido posible y también para que la gente pudiese volver a abastecerse. El sábado 15 de mayo de ese año reabrió el supermercado, y se convirtió en el primer emprendedor de esa localidad en levantarse después de haber perdido más de 85 millones de pesos. Pero no era todo. Previo al terremoto, había pedido un crédito al banco por 45 millones de pesos para comprar mercadería, que por cierto perdió la madrugada del 27/F, y que tuvo que pagar de igual forma.
Su decisión por reconstruir su local fue rápida. A pesar de tener una deuda con proveedores y el banco, sus finanzas no estaban del todo desordenadas y tomó esta pérdida como una oportunidad. Tuvo que invertir como 30 millones de pesos para reabrir el supermercado, pero el riesgo dio excelentes resultados. Además, solicitó ayuda en bancos y también gestionó un proyecto con Corfo. Después del 27/F sus negocios se expandieron y ya no sólo un supermercado se abrió en Dichato, sino también un restaurante, una fábrica de pan, una ferretería y unas cabañas. “El terremoto me dio oportunidades. La gente necesitaba comprar cosas, además, el fenómeno de que alguien se instala tan rápido creo que ayudó”, piensa hoy, ya tranquilo y orgulloso desde su nuevo emprendimiento.

Sabor alemán

Son cerca de 85 años de historia los que ha entregado a los porteños la Panadería Alemana de Talcahuano. Padres, hijos y nietos han probado el sabor alemán de sus panes, dulces y  empanadas, en un local que la madrugada del 27/F quedó completamente destruido. Hasta ese entonces se encontraba como dueño y administrador el Comandante de Bomberos de Talcahuano, Javier Etcheverry Schröer. “La historia de esta panadería la inició mi abuelo, un inmigrante alemán, Carlos Schröer, a quien le tocó vivir el terremoto de 1939. Después siguió con mi padre, Fernando Etcheverry, quien enfrentó el de 1960, y, actualmente, continúa conmigo, Javier Etcheverry, que tuve que sufrir el terremoto y maremoto del 2010. Por eso siempre he dicho que esta panadería cada vez que cambia de administrador o dueño le toca un terremoto”.
La noche del 27/F  se entregó por entero a su labor de voluntario de Bomberos y sólo al día siguiente partió a ver lo que había quedado de su panadería, que también sufrió de los saqueos. Cuenta que su local quedó totalmente destruido, pues como la construcción donde se encontraba la panadería -en calle Bulnes- era antigua, no resistió y colapsó. Afortunadamente, esa madrugada no había personal, por tanto, no hubo víctimas fatales. Eso sí, Etcheverry recuerda cómo la gente saqueaba su negocio, mientras él, entre sentimientos de tristeza e impotencia, no podía intervenir.
En ese entonces era difícil tomar la decisión de seguir o no con el negocio. Talcahuano estaba devastado. Pasaron unos cuatro meses y en Javier Etcheverry aún había incertidumbre. La razón se debía a que como el negocio dependía del público, y era bastante incierto el futuro del puerto, no se podía tomar una determinación. Pero hubo una conversación que lo alentó a reconstruir su negocio: “Fue una charla con el alcalde Gastón Saavedra. Por el hecho de la emergencia casi siempre estábamos juntos. Entonces, un día le pregunté qué iba a pasar con Talcahuano, porque tenía que tomar una decisión con respecto a mi negocio. Gastón Saavedra me dijo que Talcahuano, especialmente el centro, iba a demorar en reconstruirse pero sí se haría e incluso volvería mejorado. Fue ahí, entonces, que me decidí”. El apoyo de la banca privada también fue importante, pues le permitieron optar a créditos. También el respaldo de Corfo, a través de la creación de un proyecto, lo impulsaron a invertir más en su negocio. La reconstrucción le costó cerca de 220 millones de pesos.
En toda esta historia dice que no puede dejar de mencionar a su madre, Lina Schröer, quien fue importante también al momento de querer reconstruir la Panadería Alemana. “Mi mamá me preguntaba cuándo iba a comenzar. Cuando inicié las obras a cinco meses del terremoto la más contenta fue ella”, cuenta.

Javier-Etcheverry-1Javier Etcheverry Schröer, propietario de la histórica Panadería Alemana de Talcahuano.

La panadería estuvo cerrada por casi un año. El día que abrió sus puertas, cuenta su dueño, muchos clientes se alegraron de su regreso. Había una alegría que se sentía en el aire y que ayudó a superar “el pesimismo” poscatástrofe. Aunque a opinión de Etcheverry, la situación hoy es otra, pues asegura que el pesimismo ha vuelto y que se ha apoderado de los choreros. “Pareciera que la ciudad no crece, cada día se alejan más servicios del centro histórico de la comuna, hay desmotivación en la gente. El público que visitaba Talcahuano ha disminuido notoriamente  y algunos negocios de comerciantes menores penden de un hilo”.
“No vemos el Talcahuano pujante posterremoto. Eso duró uno o dos años, luego algo pasó. Ya no vemos inversión, sobre todo en el sector privado”. A esto se suma, según Etcheverry, que las familias antiguas de la comuna -”a los que la ciudad acogió y le dio en muchos casos una fuente laboral” – le dieron la espalda a la comuna. “Hoy todavía tenemos construcciones abandonadas, de rentistas sobre todo, que no se atreven a invertir. No son más de seis familias, y ojala no se sientan mal, pero creo que darle la espalda a Talcahuano fue erróneo”.

De Grill Roxy a Isnelda

Dice que Tomé es el imán que atrae a los turistas que llegan a visitar especialmente la localidad de Dichato, la “esmeralda” de la costa. Por eso hay que aprovechar la oportunidad que da la zona, y eso lo tiene más que aprendido el empresario Jaime Soto Guajardo, colchagüino de origen y asentado en Tomé desde los 27 años. Actualmente es el dueño de los hoteles Althome e Isnelda. Antes del 27 de febrero del 2010, este último se llamaba Grill Roxy y era muy reconocido entre los tomecinos, pues había abierto sus puertas en 1977. La construcción, que se encuentra en calle Sotomayor, frente al Terminal de Buses, colapsó y tuvo que ser demolida. Soto cuenta que esa madrugada, a eso de las 4:30 de la mañana, se dirigió al hotel a ver cómo se encontraba todo. “Cuando me decidí a entrar me encontré con un tremendo trozo de muro que estaba colgando de la pura cadena. Si viene un remezón no estaría contando el cuento. Ahí nos dimos cuenta de que adentro había daños estructurales de consideración. Y era tan caro arreglarlo como construirlo. Así es que decidí lo último, esperanzado en recibir ayuda, una que nunca llegó. Todo se hizo a puro ñeque”, cuenta.
Para la reconstrucción del hotel tuvo que invertir cerca de 500 millones de pesos. Reconoce que recibió apoyo de un banco y gracias a eso pudo mejorarlo; antes era de dos pisos y actualmente es una construcción de cinco pisos más un subterráneo. “Me demoré dos años en reconstruir mi hotel. Fue una construcción con harto detalle y prácticamente lo administré todo por mi cuenta. Me llené de canas, pero es un orgullo personal. Desde un primer minuto siempre quise reconstruirlo y hacerlo más grande. Ahora es imponente”, dice.
A pesar de que le ofrecieron comprar el terreno donde se emplazaba el ex Grill Roxy, había algo nostálgico que lo hacía rechazar cuantiosas propuestas. Ya decidido a que volvería a reconstruir su negocio, se retiró antes de jubilar del Banco Corpbanca, donde trabajó por cerca de 25 años, y como dice “tiró todo a la parrilla”. Inauguró su hotel en enero con su nueva imagen y nombre.
Por ahora, el empresario tomecino espera que Tomé y su costa se desarrollen turísticamente, porque tienen todos los atributos para ser una comuna con un gran futuro. “Sueño con ver la costa de Bellavista con construcciones nuevas, con centros comerciales”. Sus ganas y constancia lo llevaron a mejorar lo que esa madrugada del 27/F perdió completamente. Dice que con la paciencia se puede conseguir cualquier cosa, aunque por más perdido parezca ante los ojos del resto.

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Jaime Soto Guajardo invirtió cerca de 500 millones de pesos para la reconstrucción de uno de sus hoteles. ”Todo se hizo a puro ñeque”, cuenta.

 

La tradicional “esquina”

El restaurante La Esquina ya cuenta con 25 años de tradición gastronómica (el 14 de diciembre de 2013 los celebró). Debe su nombre a que justamente se encuentra en la esquina de calle Sotomayor 1080, en la comuna de Tomé. Gladys Zaror, su dueña, cuenta que fue la primera de su familia en emprender un negocio de estas características. De profesión profesora, dice que el local se ha convertido a lo largo de los años en un lugar popular. La madrugada del 27/F tuvo que cerrar por daños de consideración, ya que la muralla del hotel de Jaime Soto -se encuentra al lado del restaurante- cayó y botó parte de unos de los comedores del local.
Además, para esas fechas Gladys Zaror arrendaba el local a otra persona que se encargaba de administrarlo. Como era habitual -y lo sigue siendo hasta hoy- esa noche el local cerró cerca de las 3:10 de la mañana, así es que al momento del terremoto no se encontraba ningún trabajador en su interior. Cuando partió el restaurante, Gladys Zaror alcanzó a administrarlo durante casi ocho años, pero después decidió arrendarlo. Cuenta que después del sismo, y luego de pensarlo un par de meses, decidió retomar el negocio  y reconstruirlo. De tener un piso pasó a tener dos e incorporó nuevo mobiliario y mejoró la fachada. “Después de ver el colapso empecé a ver el tema de la reconstrucción, porque la Municipalidad de Tomé pidió orden de demolición por el peligro que causaba. A mí me costó muchísimo volver a levantarme, en el sentido de que como éste era un local arrendado, costó que los bancos me dieran crédito. Además, la propiedad la había terminado de pagar un año antes del terremoto, por lo tanto, no tenía el seguro contra terremotos”, relata.

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Gladys Zaror es la dueña de La Esquina, uno de los restaurantes más antiguos de Tomé. “Para reconstruir tuve que demostrarle al banco que mi proyecto era creíble”.

Fue, entonces, a través del banco y Corfo que pudo generar un proyecto más grande que terminó costándole cerca de 150 millones de pesos. Con un crédito de la banca a diez años se pudo levantar. Dice que la decisión final también estuvo influenciada por su marido, quien siempre la animó a recomenzar con su negocio, contra viento y marea, pese a las complicaciones que vieron en un principio, pues tenían que demostrarle al banco que su proyecto era creíble.
Finalmente La Esquina reabrió el 14 de enero de 2012 y sigue funcionando hasta la fecha. El recibimiento ha sido excelente por parte del público y no cierran antes de las cinco de la mañana, especialmente los fines de semana. Gladys Zaror cuenta que el día que reabrió tuvo repleto de gente el local. “Yo estoy feliz con el recibimiento y eso demuestra que mi restaurante está posicionado, ya que es el segundo local más antiguo de Tomé en gastronomía, después del Club Social. Este restaurante ha pasado de generación en generación y por eso, también, hemos tenido que ir adecuándonos a los nuevos tiempos”, dice.
No dejarse caer, perseverar, tener buen ánimo y tomar la decisión a tiempo. Ésa parece ser la lección que dejan las cuatro historias. Un terremoto de 8.8 y un tsunami nunca serán suficientes, concuerdan los entrevistados, para derrotar al espíritu. Lo importante es saber que después de perder siempre está la opción de volver a ganar y en eso los cuatro emprendedores son buenos ejemplos.

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