No llores por mí Argentina

Aún cuando Evita sigue siendo venerada y hasta considerada “santa” entre los sectores más populares de Argentina, lo que no ocurre con Cristina Fernández, ambas tienen coincidencias en muchos aspectos. Son mujeres frontales, polémicas, temerarias, de férrea voluntad y una entereza a toda prueba para enfrentar la bronca y la antipatía de sus opositores.
Evita constituye un mito. De origen humilde, llegó al poder del brazo del general Perón y se convirtió en la Primera Dama más carismática que ha tenido América Latina. Haciendo caso omiso al repudio de la aristocracia bonaerense que la calificaba como “trepadora” y “advenediza,” se dedicó en cuerpo y alma a quienes llamó sus “descamisados”. Sus obras para mejorar la calidad de vida de la clase obrera, en especial de la mujer, han trascendido al igual que sus emblemáticos discursos. Ferviente admiradora de la política justicialista, se definía como la más fanática seguidora de Perón. Por radio Nacional, en 1950, hizo gala del gran poder de seducción que ejercía sobre las masas: ”Soy un puente tendido entre las esperanzas de mi pueblo y las manos realizadoras de Perón. A mis amados descamisados sólo les pido que recuerden que hubo al lado de Perón una mujer que puso su corazón al servicio de ustedes, los pobres. Éramos un país sin rumbo, ahora tenemos el rumbo de una Argentina libre y justa, el rumbo de una patria que enaltece a los que trabajan”. Bella y elegante, Evita sufrió despiadadas críticas de la oligarquía, que se mofaba de una justicialista que lucía carísimos atuendos y deslumbrantes joyas. El montaje teatral Evita se encargó de enfatizar el porqué de esa ambivalencia. “No llores por mí, Argentina” deja en claro lo que tal vez habría deseado explicar la propia Evita: “Soy del pueblo, eso jamás lo podré olvidar. Debéis creerme, mis lujos son solamente un disfraz, un juego burgués nada más, las reglas del ceremonial”. También amante de usar trajes de diseñadores de marca, la actual Presidenta siempre logra verse radiante. Pero ese no es el detalle que la asemeja a Evita, sino su apasionado temperamento y las agallas para afrontar difíciles controversias que a menudo comprometen la imagen de su país a nivel internacional. Cuando Cristina privatizó YPF, expropiando a la empresa Repsol, España entera se puso en contra de la drástica medida. Ante una asamblea de la ONU abogó con cierta soberbia sobre el litigio que aún no acaba de resolverse frente a la soberanía de las islas Malvinas o Falklands. Ante la evidente molestia del primer ministro británico David Cameron, allí presente, la Presidenta habló fuerte y claro: “Argentina no aceptará que las islas sean un trofeo de guerra de Gran Bretaña. No se ha cerrado el círculo del conflicto, espero que a Inglaterra le quede claro”, enfatizó.
Evita y Cristina poseen un halo especial. O se las odia o se las ama. Con ellas no existen los términos medios, pues no nacieron para ser invisibles. Una de las últimas citas de Cristina logró sacar roncha: “Hay que temerle a Dios y también un poquito a mí”.
Sus radicales decisiones han mermado rotundamente su popularidad. Si a Evita la Derecha la acusó de “arribista”, a Cristina Fernández esa misma Derecha la tilda de “populista”. No me compete opinar si ha hecho un buen o pésimo gobierno. Pero creo que la Presidenta se está quedando sola. Es la soledad del poder. Hay opinólogos que dicen que llora. Que llora por Argentina. Por ese trozo de Argentina que no la amará jamás.

María Angélica Blanco

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

SÍGUENOS EN NUESTRAS REDES SOCIALES