Once de septiembre, un jirón en mi memoria

Como todos los días, encendí la radio muy temprano. Escuché sones marciales y, luego, el himno patrio. Cadena nacional, pensé. Seguro hablaría el Presidente Allende. Pero no. Una voz leía un bando. Anunciaba que las Fuerzas Armadas y Carabineros iniciaban la histórica misión de restaurar el orden moral, social y político para liberar a la patria del yugo marxista. Tenía veintiún años, estaba recién casada y mi marido ya se había marchado a su trabajo. Sonó el teléfono. Era mi padre desde Santiago. “Encienda la radio. Hay golpe de Estado”, me advirtió. Asentí y comenté que estaba a punto de salir rumbo al diario. “Cuídese. Hablamos por la noche”. En “El Sur” parecía haberse desatado una tormenta. Sonaban los teléfonos, reporteros y fotógrafos iban y venían, grupos hablaban en voz baja. La sala de teletipos estaba llena. Era el epicentro donde aterrizaban las noticias desde las agencias del país y el mundo. Se tomaba café, se fumaba y se seguía el curso de los acontecimientos segundo a segundo. Todos teníamos una gran dosis de adrenalina en las venas. Los teletipos zumbaban y comenzaban a llegar escalofriantes radiofotos. El Palacio de La Moneda en llamas en medio del bombardeo, detenidos que salían con las manos tras la nuca desde la Casa de Gobierno. Hombres y mujeres puestos en hilera en el suelo a punta de metralletas, tanques y patrullas por doquier, gente corriendo despavorida y un desfile incesante con imágenes de detenciones. Nuestros carnet de identidad fueron solicitados desde la Intendencia. Nos entregarían salvoconductos especiales de prensa que debíamos colgarnos del cuello. Sería nuestra identificación frente a la voz de “alto” de patrullas militares por mucho tiempo. A mediodía nos enteramos que el intendente Fernando Álvarez Castillo había sido trasladado al centro de detención de la isla Quiriquina , junto a cientos de académicos, estudiantes, alcaldes, dirigentes sindicales, profesionales y una larga lista de ciudadanos.  En ese momento no sabía que seis días después integraría una comitiva de periodistas que visitaría la isla en mi calidad de corresponsal de revista Ercilla y que, escoltados en todo momento por oficiales de la Segunda Zona Naval, no podríamos acercarnos a los detenidos ni hacerles preguntas. Aún así, muchos de ellos se arriesgaron y, sigilosamente, a través de solidarios grumetes, nos hicieron llegar papelitos con su nombre y una dirección. Así, les hicimos saber a sus familias dónde se hallaban recluidos.
La ciudad estaba a cargo del general Washington Carrasco, quien asumió como Comandante en jefe de la Guarnición penquista. Supimos del suicidio del Presidente Allende antes que se entregara la versión oficial. Agencias internacionales dieron a conocer su deceso con horas de antelación. Mi padre, alto ejecutivo de la Compañía de Teléfonos, me llamó al diario:” Cuando se comunique con Santiago, no aborde temas contingentes ni  dé nombres. Las llamadas nacionales e internacionales serán intervenidas para rastrear el paradero de altos jerarcas de gobierno que aún no se han entregado”. Durante el trayecto a casa, tuve que bajarme dos veces del auto y mostrar mi salvoconducto a patrullas callejeras, manos en alto. Nunca había sentido el frío escozor de las metralletas tan cerca. Mi marido me abrazó, preocupado por el toque de queda. “¿Esto es Chile? ¿Esto es la democracia?”, pregunté sobrecogida. Al fin y al cabo, era hija de un gran demócrata, de un paladín de la democracia cristiana. Esa noche recordé enseñanzas de  mi padre: ”Lee las encíclicas. Busca el bien común. Dale  pan, techo y abrigo a tus hermanos. Sé la primera en pedir perdón. Solo así podrás perdonar. No juzgues a nadie y defiende la vida con tu propia vida”. Cuarenta años después, cuánta añoranza siento por mi padre, un hombre de paz, sabio y justo.

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