Padre Mariano Puga Concha: “Guerrillero de la fe”

Su incansable tarea evangelizadora, especialmente entre los más desposeídos y olvidados, lo hizo acreedor de este apelativo entre el pueblo chilote, el nuevo rebaño de este peculiar pastor que para replicar las enseñanzas de Cristo no tuvo miedo de vivir la pobreza, de convertirse en un obrero y de confrontar al mismísimo Pinochet para enrostrarle el sufrimiento que sufrían algunos chilenos durante su régimen.
Ubicar al padre Mariano Puga no es tarea sencilla. El famoso cura obrero, ex párroco de La Legua, el creador de la Capilla Universitaria y uno de los principales referentes de la lucha por los Derechos Humanos durante el régimen militar, es ahora un chilote más. Incansable, recorre los rincones más apartados del archipiélago. Con una Biblia en la mano y un acordeón en la espalda, este hombre alto, de pelo canoso y voz profunda aparece y desaparece de las islas a las que lleva un mensaje evangelizador audaz y rompedor.
Hubo que esperarlo varios días. Estaba en las Islas Desertores y debía volver a la Iglesia San Antonio de Colo (unos 20 kilómetros al sur de Quemchi) para preparar las fiestas navideñas. Allí, en su casa, siempre abierta para quien desee alojarse en ella, aguardamos pacientemente, bien atendidos por Martita, una vecina que le ayuda con el cuidado de la iglesia.
Entrevistarlo es como conversar con un pedazo vivo de la historia de Chile. “No es para tanto”, responde con humildad. Tipo vehemente, pero cortés, Puga se crió en el seno de una familia de tradición republicana y aristocrática. Su padre fue un ilustre político liberal de comienzos del siglo XIX, ex embajador en Estados Unidos y parlamentario. Por el lado materno estaba emparentado directamente con los dueños de la Viña Concha y Toro.
¿Qué hace un Puga Concha, un ex alumno del Colegio Grange viviendo en La Legua, en las barriadas pobres de Lima, en África o ahora, ya anciano, recorriendo en lancha las más apartadas islas chilotas?
“Soy un producto de la Iglesia”, responde con rapidez. “Creo y me siento en comunión con la Iglesia de don Manuel Larraín (obispo que comenzó con la Reforma Agraria) y con la del padre Hurtado, entre otros. De hecho, recuerdo que el día del funeral del padre Hurtado le dije a mi profesor de Arquitectura en la Universidad Católica si podía suspender las clases para asistir al sepelio. Y un compañero, en plena sala de clases, se levantó y dijo: “otro cura comunista más”.
-¿Cómo llega a ser sacerdote diocesano?
Es algo que me vivo preguntando. Pero entiendo, en la fe, que cualquiera de estas vocaciones son una experiencia de Cristo. Mi padre era un católico liberal que nos dio una gran libertad a los 7 hermanos. De hecho somos  muy distintos. Uno es abogado de grandes empresas transnacionales; otro, que acaba de morir, fue responsable de la Reforma Agraria en tiempos de Frei y Allende. Pero, en mi caso, cuando estudiaba Arquitectura en la UC, era parte de un grupo que salía a las poblaciones que en ese tiempo llamaban “callampas”. Y ahí un amigo me dijo: “lee las escrituras, huevón (sic), conviértete”. Y así lo hice. Y me cambió la vida. Las enseñanzas de Cristo sobre los pobres  me marcaron profundamente. Todo lo que se le hace a un pobre se le está haciendo a Él. ¿Es fuerte, no?
-¿Y eso implicó dejar todo de lado?
Mucho de lo que era mi vida. Mi polola con la que pensaba casarme, mi carrera de arquitecto, entre otras cosas. Recuerdo que le dije a mi mamá “por fin el Señor nos oyó”, pues ella siempre pedía por las vocaciones. Pero nunca pensó que era yo quien se hacía cura y lloró mucho. A mi padre le costó más.
Por eso me propuso que me recibiera de arquitecto y me prometió que luego me ayudaría para realizar arquitectura social. Pero la vocación fue más fuerte y, con el tiempo, tanto él como mi madre quedaron “chiflados” y enamorados de la forma como abracé el sacerdocio.
El choque con la “realidad”
-¿Por qué decidió ser  un cura obrero, en lugar de entrar a una congregación?
Yo creo que por el testimonio que me tocó conocer. Por ejemplo, el cura del basural de la barriada en la que trabajábamos cerca del Zanjón de la Aguada en Santiago, don Gerardo Pérez Valdés, un viejo bueno y pobre, fue un verdadero ejemplo e inspiración. Gente como él no conocí en las congregaciones.
-¿Cómo era la pobreza de ese Chile de los años 50?
Coincidió con la industrialización del país y, por eso, con una mayor migración del campo a la ciudad.  Se estaba despertando la conciencia de justicia social no sólo de los obreros, que venía desde antes, sino de los campesinos. Eran tiempos de mucha efervescencia y despertares.  Existían grandes latifundios agrícolas y las mineras estaban en poder de empresas extranjeras. En este contexto, la miseria era enorme. En un Santiago de 2 millones de habitantes, unas 500 mil personas vivían en la miseria más terrible, con niños que se peleaban a muerte un pedazo de pollo tirado en el basural. Nosotros, en ese entonces, íbamos a  elegantes y formales bailes y junto a mis amigos, enganchábamos gente y les decíamos que mientras estábamos bailando, en ese mismo instante, había miles de niños peleando por un trozo de pollo de la basura.
-¿Y cómo recibía la alta sociedad santiaguina ese mensaje, sobre todo viniendo de una persona como Ud. que por tradición familiar provenía de ese mismo estrato?
Hay una palabra que para mí ha sido clave en la vida: consecuencia. Cuando tú dices un mensaje y has tratado de ser consecuente con lo que dices, nunca te irá mal. Y así me sucedió, salvo, claro está, con los militares. Pero, en mi familia, en ambientes conservadores de iglesia o de la sociedad siempre mi mensaje tuvo acogida.
El cura obrero y el Golpe Militar
Recién ordenado, en 1959 partió a París para estudiar liturgia. “Conocí a teólogos, biblistas, estudiosos de los distintos ritos de oriente y de occidente. Fueron mis maestros en ese campo”, recuerda. Pero cuando volvió a Chile, las cosas cambiarían.
“El cardenal Silva Henríquez me puso a mí y a un grupo de jesuitas a crear la Parroquia Universitaria. Un lugar donde los universitarios pudieran ir a misa los domingos. Iniciamos una transformación, pasando de una misa en que el cura estaba de espalda al pueblo y hablando en latín, a una ceremonia de frente a la gente, en castellano. Pero también tuvimos diálogos ciudadanos con marxistas, incluso. Logramos crear una generación de universitarios, muchos de ellos fueron a estudiar a Europa, tomando contacto con el marxismo, para luego crear partidos como el Mapu o la Izquierda Cristiana.
-Y le acusaron de politizar la iglesia…
Claro, corríamos el riesgo de que nos identificaran con partidos de izquierda, pero lo que hacíamos era trabajar por los pobres siguiendo la radicalidad del evangelio. En ese entonces no había una teología católica que acompañara este proceso, la reflexión sobre Dios era muy fuera de la vida, más bien en los estudios de los centros teológicos. En ese contexto nos pilló la UP.
-¿Cómo se vivía la polarización?
Es curioso, pero el cardenal Silva Henríquez en una primera etapa quitó de los mandos de la iglesia a todos quienes estaban en posiciones progresistas. Fue muy conflictivo el comienzo del Cardenal y yo fui una de las víctimas de esa época, me sacaron de la Parroquia y del Seminario. Todo ese grupo de curas de avanzada entramos en el movimiento de Cristianos por el Socialismo.
-¿Cuál era su postura?
La reflexión teológica era que la Iglesia se identificó primero con el Partido Conservador, luego avanzó hasta la DC, y ahora, en el gobierno de la UP, había que acompañar a los cristianos que habían tomado una opción socialista. Y nosotros, como estábamos con el pueblo y los pobres, debíamos acompañarlos. En vista de eso, nos sacaron de las responsabilidades que teníamos.
-Acusándolos de marxistas…
De marxistas, en general, pero también de usar el análisis económico marxista. Incluso luego, ya en la dictadura, hubo un proyecto para suspendernos. Y fue monseñor Carlos Oviedo Cavada quien dijo que no, que éramos perseguidos y que a los perseguidos eso no se les podía hacer.
-Antes del Golpe Ud. estaba trabajando en el norte. ¿Cómo vivió este proceso?
A fines del 72 dejé el seminario y me fui a un proyecto para trabajar como cura obrero en Chuquicamata. Una experiencia única en Chile que incluía a un grupo de 7 sacerdotes chilenos y extranjeros que trabajaron en las empresas subcontratistas. Fíjese que Chuquicamata le pagaba un sueldo X a mis empleadores por mi trabajo y estos sinvergüenzas nos daban sólo ¼. El resto se lo quedaban. Era escandaloso.
En ese contexto, el martes 11 de septiembre tenía una reunión en Santiago con el cardenal Silva Henríquez, con monseñor Carlos González Cruchaga, obispo de Talca y José Manuel Santos, obispo de Valdivia para analizar éste y otros temas. Pero el encuentro no se concretó. Recuerdo que me encontré con Juan Alsina, (uno de los 7 curas que fallecieron durante el régimen de Pinochet). Nos tomamos un café y fue la última vez que lo ví con vida.
-¿Qué recuerda del bombardeo a La Moneda?
Fue duro (se emociona). Para mi eso fue el símbolo de la maldad contra los pobres. Habíamos trabajado duro por ellos y con el ruido de las bombas sentí que todo cambiaba…Fíjese que a los 3 días fui al Estadio Nacional. Como ex alumno de la Escuela Militar creí  tener mayores facilidades para ingresar al recinto. Mire la ingenuidad, yo conversaba con las miles de personas que estaban en las afueras y les prometía averiguar datos de los detenidos. Pero cuando pedí hablar con los oficiales a cargo la respuesta fue brutal. Me respondieron con una lluvia de insultos. Sal de aquí cura c… fue lo menos que me dijeron.
-¿Pero qué opina de los “excesos” que se cometieron desde el otro lado? Porque también murieron militares…
Es muy distinta la tortura, el asesinato político sistematizado por un gobierno, a lo que son formas de resistencia a una dictadura de grupos. No hay paridad. Las ramas armadas de los partidos de izquierda creían que no había otra alternativa que la resistencia armada. Y la propia Iglesia tiene una postura oficial al respecto. Frente a una autoridad inhumana, cuando se han agotado todos los medios posibles, es legítima la resistencia armada. Fue incluso recordada por Juan Pablo II y fue la que usó el episcopado de Nicaragua para legitimar la participación de los cristianos en el derrocamiento de Somoza
Convirtiendo a Pinochet
Como parte de su educación, los hermanos Puga Concha estudiaron en el Colegio Grange, pero también en la Escuela Militar. Allí tuvieron estrecho contacto con quienes décadas después estarían encabezando el Golpe de Estado. “Augusto Pinochet fue teniente de mi hermano mayor en la Escuela Militar”, recuerda. Así y todo, en junio de 1974, mientras trabajaba en Villa Francia, lo sacaron de su cama y se lo llevaron a Villa Grimaldi y luego a Tres Álamos. Fue una de las más duras de las 7 detenciones que el cura Puga tuvo que sufrir. “A todos quienes no creen en que se torturaba puedo decirles que las atrocidades fueron terribles. Mire, si aquí no se hizo lo que realizaron los nazis en los campos de concentración fue porque éramos menos habitantes, pero no por falta de crueldad”.
-¿No aprovechó sus contactos familiares o eclesiásticos para acceder a los círculos de poder y denunciar todo esto?
Yo me di cuenta que o tomaba una posición testimonial o me iba por el lado de las influencias. Y opté por la primera, lo cual significó que nunca más me llamaron para la reunión mensual de los ex alumnos de la Escuela Militar o las del Grange. Los parientes, salvo excepciones, también me cortaron.
-¿Cuál fue la postura del cardenal Silva Henríquez?
Cuando salí de Villa Grimaldi, él me dijo que Pinochet le había pedido que me sacaran del país. Yo venía quebrado psicológicamente, pero le dije: Ud. es mi obispo ¿qué dice al respecto? Y él respondió que si quería me podía ir a “estudiar” afuera, lo que me produjo una profunda decepción. Me di cuenta que existía una suerte de connivencia de mi obispo con el poder… los hombres santos no fueron siempre santos.
-¿Pero él cambió su posición a posteriori?
Mire, aunque luego pediría perdón por ello, él en un comienzo ni siquiera creía que habían asesinado al cura Juan Alsina. Creyó la versión oficial. Él creía que todo esto duraría unos años y que luego habría elecciones. Aunque, evidentemente, luego cambió su postura. Fíjese que a instancias del propio cardenal Silva Henríquez pedí una audiencia con Augusto Pinochet. La respuesta llegó un mes después. Una entrevista que debía durar 30 minutos se alargó por casi dos horas.
-¿Qué sucedió allí?
Esa fue una experiencia única. Llegué al Edificio Diego Portales luego de haber orado mucho. Sabía que esa reunión podría significar un cambio en su postura. Pinochet me trató con cierta cortesía, llamándome “Mariano”. Y yo le respondía “mi general”. Lo primero que le dije fue que la Escuela Militar me había enseñado que las órdenes de los superiores no se discuten. Y que yo militaba a las órdenes de Jesucristo y qué Él decía que todo lo que se le hace a un ser humano se le está haciendo a Él. Soy un cobarde, se lo digo sinceramente, pero en ese instante sentí fuerzas para decirle estas palabras con fuerza. Si yo callara – le dije – de las torturas que presencié en Villa Grimaldi, de los desaparecidos, de los pobres que se mueren en la miseria, Cristo me diría, tal como dice el Evangelio, que me apartara de Él. Prefiero – continué diciéndole – que me siga tomando preso a ser maldecido por Jesucristo.
-¿Y cómo reaccionó Pinochet?
Me dijo, Mariano, si yo estuviera en su lugar  haría lo mismo. Yo pensé con alegría que Pinochet se estaba convirtiendo. Pero, acto seguido, replicó con un tono duro y seco que si yo estuviera en su lugar tendría que tomar las mismas medidas para gobernar. Ahí me salió un grito de indignación. Me tapé la boca y pensé lo astuto que era Pinochet. Porque luego siguió y se comparó con Fidel Castro. Me dijo que ese sí que había matado gente. Dijo también que tampoco era Franco. Al final de la conversación me dijo que me fuera del país por dos meses. Y yo le dije, “mire, le pido un favor de sentenciado, por qué no me manda de capellán a Isla de Pascua. La respuesta fue inmediatamente negativa: Imagínese la que se arma – respondió Pinochet – Mariano Puga Concha, hijo de Mariano Puga Vega, ex embajador, ex diputado de la República, lo mando a Isla de Pascua. No, no no, váyase para afuera nomás”. Era muy arribista Pinochet.
Pero por eso mismo quizás le dio la audiencia, por su apellido…
Pero por supuesto, no me cabe ninguna duda.
¿Sintió que produjo algún cambio en Pinochet?
Cuando terminó la audiencia me dijo que volviera luego de dos meses. Me fui dos meses al Perú, a trabajar en unas barriadas de Lima. Cuando volví me preguntó: “¿Cómo le fue Mariano?” Y le respondí que muy bien por esta iglesia que trataba de ser muy consecuente con Cristo, pero que me había ido muy mal por él. “¿Cómo que mal, Mariano?”, me preguntó de vuelta. Le dije que mal, pues veía que las cosas seguían igual o peor, con las torturas y las muertes. Sabe, Pinochet, me sorprendió, pues acordamos en que una vez al mes yo iba a ir a verle para contarle lo que estaba sucediendo. Llamó a sus subordinados para decirles que yo iría a verle constantemente y que me dieran audiencias.
¿Y…?
Durante tres meses seguidos intenté conseguir esas audiencias, pero nunca me las dieron. Al final le escribí una carta, pero estoy seguro que la cortaron entremedio, porque siempre tuve la impresión que la intención de Pinochet al ofrecerme eso fue muy sincera. Alguien debe haber obrado para que no me recibiera… hasta la misma Lucía pudo haberlo impedido.
Proa al Sur
En los años siguientes, Mariano Puga siguió trabajando como cura obrero. En 1972 había decidido dejar de recibir aportes de la iglesia o su familia y se batió con sus ingresos como trabajador, oficiando largos años como pintor. “Para entender la pobreza hay que vivirla con los riesgos que tiene, fría y dolorosa. A veces, mientras estaba arriba de un andamio sentí los efectos del hambre, entendí lo duro que es ser pobre. Y eso que yo no tengo hijos…”.
Luego de sus empleos en Chuquicamata y Villa Francia se involucró en un nuevo proyecto conocido como “Bolsa de Cesantes”, una iniciativa amparada por la Vicaría de la Solidaridad que ayudó a mucha gente a encontrar trabajo en medio de la difícil crisis económica de los 80. Desde 1980 a 1992 trabajó en Pudahuel para luego pasar a La Legua donde estuvo hasta el 2002, convirtiéndose en uno de sus organizadores sociales más activos. Hoy, con 76 años a cuestas, Mariano Puga Concha continúa su peregrinar por las islas de la X Región centrando su mensaje en el aspecto pastoral. “La iglesia se ha preocupado mucho de sacramentar, es decir, de realizar bautizos, primeras comuniones, matrimonios por la iglesia, confirmaciones, pero no ha presentado, como centro del mensaje, a Jesús y su proyecto. La pregunta no debe centrarse en torno a cuánta gente comulga en misa, sino más bien a cuántos discípulos de Jesús hay en la comunidad, cuántos, como diría el padre Hurtado “chiflados”, por el mensaje de Cristo tenemos entre nosotros”. Por eso, cada vez que puede, el cura Puga toma el acordeón, se pone a cantar,  pide a sus fieles leer la Biblia y continúa su revolución.

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