¿PAIS MAPUCHE?

Nací en Temuco; estudié en una humilde escuela de la localidad de Freire compartiendo desde muy niño hasta hoy con los Canillán, Huenchullán, Quilaqueo, Manquilef y otros tantos apellidos indígenas.
Me sitúo en los momentos en que la poesía de la Mistral reflejaba con sus profundas letras la triste e injusta realidad de los niños que durante el invierno caminaban descalzos sobre la escarcha para ir a la escuela, como tantos de mis compañeros de ayer. Reducciones indígenas, aldeas, caseríos y pequeños poblados de La Araucanía y regiones aledañas, sus gentes han sido para mí constante de vida que aprecio sinceramente.
Por eso sé que la cuestión mapuche es más que el tratamiento epidérmico dado a la opinión pública: no es sólo camiones quemados, atentados en caminos y carreteras con armas de alto calibre, destrozo y quema de casas patronales en distintos predios del sur de Chile.
¡Qué duda cabe, bien sabemos, que en la mitad más uno de sus anhelos el mundo mapuche tiene razón! Pero no en todas y cada una de sus aspiraciones por legítimas o consustanciales que éstas puedan parecerles, como aquella que pretende crear un Estado dentro de otro Estado, un país mapuche.
En las últimas tres décadas variadas son las tesis, memorias de titulación o trabajos de investigación que me ha tocado guiar, dirigir, corregir y evaluar a centenares de alumnos de universidades chilenas, tanto en el orden general del reconocimiento sociológico y jurídico de los pueblos indígenas como en el orden particular de índole constitucional. El avance del postrero cuarto de siglo ha sido lento en la materia, pero seguro. Así ocurre con las áreas especiales de acción entregadas por el relator ecuatoriano de Naciones Unidas, el jurista Martínez Cobos;  la creación del Grupo de Trabajo sobre Problemas Indígenas; el Programa 21 o Declaración de Río,  y, a partir del 2000, el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas estatuye el Foro Permanente sobre Cuestiones Indígenas. Instancias a las que debe sumarse aquel valioso instrumento que implica el Convenio Nº 169 de la Organización Internacional del Trabajo que entró en vigor el año 1991, singularmente importante porque cambia el concepto de “población” -utilizado por el anterior Convenio Nº 107- por el de “pueblo”, en relación a las comunidades indígenas.
Para la correcta interpretación del mismo incluyó una cláusula de salvaguardia respecto al derecho a la autodeterminación de conformidad al Derecho Internacional contemporáneo. Hoy la ratificación de dicho convenio constituye una tendencia generalizada en el mapa latinoamericano. Nuestro país  es uno de los pocos que no lo ha ratificado, ni introducido cambios constitucionales en la materia. Ahí no más estamos, otra vez en función de la impericia de nuestros legisladores, del Poder Ejecutivo y principales autoridades del servicio público vinculadas a la problemática mapuche.
Estos últimos días y semanas a la vera de la mentada problemática es que la opinión pública nacional conoce a través de los medios de comunicación el hecho de que entre los dirigentes indígenas existen múltiples acuerdos colaborativos y de adoctrinamiento con movimientos e incluso partidos nacionalistas tales como gallegos y catalanes en España. Ellos habrían contribuido a la creación del partido político Wallmapuwen inscrito en el Servicio Electoral de Temuco hace un par de meses que competirá en las próximas elecciones municipales. La idea del autogobierno ronda entre los mapuches tratando de replicar en Chile las realidades que dieron vida a las autonomías de la península ibérica, criterio que no compartimos, puesto que las circunstancias sociológicas e histórico-jurídicas son absolutamente distintas.
Tuve la suerte de haber sido alumno en Europa de los principales expertos en materia de autonomías, me refiero a los catedráticos García de Enterría y Garrido Falla, estoy cierto que ellos compartirían nuestro criterio, lo demás sólo constituye demagogia de los hechos quizás con qué aviesas intenciones, incluyendo tropicales liderazgos latinoamericanos.
Prof. Dr. Marcelo L. Contreras Hauser.

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