Patricia Zalaquett, la mujer que funó presentación del libro de Corbalán: Su historia por justicia para las víctimas de Alfa Carbón

Dice que su sorpresiva intervención durante el lanzamiento del libro de Álvaro Corbalán fue una victoria sabrosa, pequeña, pero igualmente importante. Una revancha que tenía pendiente en su “larga y dolorosa espera” para ver en la cárcel a los culpables del asesinato de su marido y de otros seis miristas, ocurridos hace 34 años, en una de las operaciones más públicas y masivas de la CNI. “Ellos nunca han demostrado arrepentimiento; por el contrario, hoy, cuando 17 ex agentes están condenados, siguen realizando maniobras dilatorias para alargar todavía más el proceso”, reclama ofuscada. Por eso es que funó el acto donde se homenajeaba a uno de los mayores responsables de esos crímenes. “El libro de Corbalán es una vergüenza, y yo necesitaba gritar esto, necesitaba decírselos a la cara, aunque fuese a sus familiares y amigos”.
 

Por Pamela Rivero J.

 
“Que escriba el libro de los asesinados por Álvaro Corbalán”, fue el mensaje que sorpresivamente se escuchó ese 29 de mayo, ya pasadas las siete y media de la tarde, en uno de los salones del hotel Crowne Plaza. Sucedió justo en el momento en que el periodista Patricio Amigo se aprestaba a presentar la autoentrevista, y última creación literaria, de quien es considerado como uno de los personajes más siniestros de la dictadura militar.
 Amigo figuraba en la escena como el flamante editor general de Las respuestas de Corbalán, libro donde el ex CNI, actualmente recluido de por vida en Punta Peuco por crímenes de lesa humanidad, prometía revelar la que, según él, es la verdadera historia del régimen. Una que como apunta en su texto, hoy “no se quiere oír ni difundir”, pero que los cerca de 70 invitados que habían llegado al evento, entre ellos sus ex compañeros de armas, amigos, familiares y simpatizantes, sí estaban ansiosos de escuchar.
Por esto esas palabras proferidas por una mujer que también estaba en el lanzamiento, cayeron como un misil que interrumpió de sopetón el ambiente de solemnidad que Silvia López, la mujer de Corbalán, que también oficiaba como maestra de ceremonia, había intentado imprimir a la actividad.
Nadie entendía cómo una de los manifestantes de las agrupaciones de derechos humanos que protestaban afuera del hotel había burlado la seguridad contratada para la ocasión y se había instalado ahí mismo, junto a ellos, sin levantar la más mínima sospecha. Tal vez ninguno la conocía.
-¡Sáquenla! ¡Fuera! ¡Que se vaya! Gritaban algunas de las asistentes. 
Amigo, de pie frente a la concurrencia, se quedaba con las ganas de entregar los detalles sabrosos de las respuestas de quien él califica en las primeras páginas del libro como el “comandante de inteligencia y seguridad militar más activo de los ochenta”.
Pero no sólo el homenajeado ausente y su editor fueron objeto de la funa. Otro miembro de la ex CNI, el agente Patricio Castro, que estaba sentado en la última fila, también recibió un recado, un poco más de cerca eso así. 
Quizás él sí sabía que la mujer que a medio metro de distancia lo apuntaba con el dedo y lo acusaba de ser compañero de Corbalán en unos homicidios ocurridos hace 34 años, era Patricia Zalaquett Daher, cuya pareja, Nelson Herrera Riveros, fue asesinado el 23 de agosto de 1984, en lo que se conoció como operación Alfa Carbón, una de las acciones represivas más públicas y masivas de la ex Central Nacional de Informaciones que contempló asesinatos y detenciones casi simultáneos en Talcahuano, Concepción, Los Ángeles y Valdivia.
Casi cuatro semanas antes del evento (el 4 de mayo), el ministro en visita para causas por violaciones a los Derechos Humanos de la Corte de Apelaciones de Concepción, Carlos Aldana, había condenado a Álvaro Corbalán Castilla y a su subordinado en la CNI, Patricio Castro Muñoz, por los homicidios de los siete miristas que tuvo como principales objetivos el plan Alfa Carbón: Nelson Herrera y Mario Lagos, asesinados en Concepción; Luciano Aedo, cuyo crimen ocurrió en Hualpencillo, en ese entonces comuna de Talcahuano; Mario Mujica, ejecutado en Los Ángeles, y Juan José Boncompte, Rogelio Tapia y Jaime Barrientos, cuyos homicidios se produjeron en Valdivia.

Javiera Herrera y Patricia Zalaquett, en una de sus visitas a Concepción.
Otros 15 ex CNI también fueron condenados por su participación en aquellos crímenes, que como la investigación de Aldana ratificó, fueron coordinados desde la cúpula de la ex Central Nacional de Informaciones para neutralizar a los miembros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria que estaban operando entre las regiones del Biobío y Los Ríos. Sólo un acusado, Manuel Morales, que testigos y los familiares de las víctimas sindican como uno de los responsables del asesinato de Mario Lagos frente a la Vega Monumental, fue absuelto. 
El mismo día de la presentación de Las Respuestas de Corbalán, los familiares de los asesinados de Alfa Carbón se habían enterado de que el abogado de Castro estaba solicitando la inhabilidad del Ministro Aldana, acusándolo de falta de imparcialidad, porque un familiar suyo -su hermano Pedro- había sido víctima de torturas durante la dictadura.
Por eso Patricia Zalaquett también aprovechó de enrostrarle a Castro esa maniobra dilatoria, pero en ese momento, la situación se hizo insostenible. Un par de guardias la sacaron a ella y a las dos amigas que la acompañaban, por momentos a empujones, hasta la salida del hotel. 
En una de sus manos, Patricia portaba el libro escrito por el asesino de su marido, que compró en 10 mil pesos antes de entrar al acto para guardar las apariencias, y en su solapa, una “chapita” que decía: “Libertad para Corbalán”, que una de las asistentes al evento les había regalado y que ellas, para no despertar sospechas, aceptaron.
-Llegué a ese lugar para participar de la funa que las agrupaciones de detenidos desaparecidos estaban haciendo afuera del Crowne Plaza. Pero me dio rabia que en Chile se permitieran estos actos para ensalzar la figura de criminales; ahí fue donde pensé, yo quiero ver esto. Le dije al guardia de la puerta que iba a la cafetería del hotel. Como no tuvo argumentos para impedirme el acceso, pasé con una amiga sin problemas. Luego le avisamos a otra que hiciera lo mismo. ‘Entra con harto desplante’, le advertimos.
Un video hecho por una de sus acompañantes reflejó toda la funa. En los minutos finales de la grabación, donde ya sólo se aprecian imágenes borrosas, se escucha la voz de una mujer que le repetía: “Bien Paty, les dijiste todo lo que les tenías que decir”. 
“Gracias chiquillas”, se oye que les respondió ella. “Estuve toda una vida esperando poder decírselos en la cara”.
La noche de ese 29 de mayo, Patricia Zalaquett intentó ir a la cama temprano. Trató de no pensar en lo que había sucedido. 
-Me sentía rara, agitada. Sin embargo, también sentí un profundo desahogo, porque lo que hice significó para mí una victoria sabrosa, súper pequeña, pero a la vez muy importante.
Esa noche también seguramente vinieron a su mente algunos recuerdos del 23 de agosto de 1984, cuando tenía 27 años y soñaba junto a Nelson cambiar el futuro del país. Ese día, Patricia no sólo perdió a su pareja, sino que también vivió en carne propia la represión del régimen, que con el paso de los años le fue arrebatando a varios amigos y conocidos con los que compartió ideales. 
 

Su encuentro con Nelson

-Yo no me siento víctima. Yo tomé una opción- dice Patricia Zalaquett al repasar los capítulos de la historia que vivió durante la dictadura. 
17 años tenía cuando ocurrió el golpe militar. Estudiaba en el Liceo 20 e integraba las juventudes socialistas.    
-Yo era una joven entusiasta que apoyaba a la Unidad Popular, que iba a las poblaciones, que ayudaba a mejorar los campamentos, que tenía toda una visión de la vida en que íbamos a trabajar por conquistar mayores grados de igualdad, independientemente del nombre del partido o de la ideología. 
Pero tras el golpe conocimos un régimen que desde el primer día se proyectó con una brutalidad tremenda.
Un ejemplo de aquel horror fue lo sucedido con su gran amigo, Claudio Venegas, de 16 años, estudiante del Liceo Lastarria, quien fue detenido por agentes del Estado el 10 de septiembre de 1974 mientras caminaba por el centro de Santiago. El Ministro Mario Carroza condenó a ocho ex integrantes de la DINA por su responsabilidad en la desaparición de Claudio, quien fue visto por última vez por otros detenidos en el recinto de detención y tortura conocido como Venda Sexy. Hasta hoy se desconoce su paradero.
-Sentí que teníamos que organizarnos de alguna forma. Junto a una de mis mejores  amigas (que luego se convirtió en la esposa de Jécar Neghme)comenzamos a buscar contactos con el MIR. Decidimos que por todo lo que estábamos viviendo, valía la pena ingresar. Era 1974,  y el movimiento se había desarticulado, así es que no concretaron su objetivo.
Sí lo logró tiempo más tarde cuando estudiaba en la universidad. Una compañera la contactó con un dirigente del MIR. El único dato que le dio fue que debía ir a una plaza que está en Miraflores con la Alameda y llevar una manzana verde. Ahí se encontraría con alguien que le haría una pregunta en clave, para la que debía entregar una respuesta determinada. 
Ese contacto era Nelson Herrera. Sin embargo, su primera conversación no giró en torno a la “causa”, sino que fue sobre una película del cineasta sueco Ingmar Bergman, llamada Escenas de la Vida Conyugal.
-Yo le encontré tan interesante. Nos despedimos y dejamos una serie de puntos de reunión, pero nos perdimos, en mucho tiempo no volvimos a vernos. 
El destino los reencontró un día mientras ambos estaban pidiendo libros en la biblioteca de la Universidad de Chile. Él estudiaba Filosofía, y ella, Sociología. 
-En medio del trabajo partidario que teníamos que hacer fuimos demostrando nuestro gusto el uno por el otro, y empezamos a pololear. Salíamos como cualquier pareja porque ni él ni yo éramos buscados por la represión, pero para su familia mi nombre era Ana María Fuenzalida, y para la mía, él era Guillermo Zamorano. Así, si alguno estaba en problemas no involucraría al otro. Yo siempre le dije ‘Guille’. Comencé a llamarlo Nelson sólo después de muerto.
Finalmente, ambos dejaron sus carreras y se transformaron en militantes a tiempo completo. Se fueron a vivir juntos y tuvieron una hija, Javiera. A comienzos de los 80, el MIR envió a Nelson a cargo de la estructura del sur. Así se gestó su arribo a Concepción. 
 

Comienza la pesadilla

El 23 de agosto, el día amaneció nublado en Concepción. Hacía más frío de lo habitual para ese mes. En su casa del pasaje Pudeto de la Villa El Recodo, hoy ubicada dentro de los lindes de San Pedro de la Paz, Patricia Zalaquett escuchó en la radio algunas noticias que la inquietaron. Los medios informaban sobre un enfrentamiento entre extremistas y agentes de seguridad. Aunque a esa hora sólo se hablaba de hechos y todavía no se entregaban identidades, ella comenzó a quemar papeles, libros u otros documentos que pudieran comprometerlos. De Nelson no tenía noticias desde el 21 de agosto.
-Eso no era raro, porque viajaba constantemente y se ausentaba por dos o tres días. Pero ahora era diferente, pues había indicios de seguimientos. Incluso él estaba buscando una casa de seguridad para protegernos a mí y a nuestra hija, en ese entonces de tres años y ocho meses.
Recuerda que tenía una vecina con quien había hecho amistad. A ella incluso le confesó que con su pareja militaba en el MIR. Pero ese día decidió ir a contarle cuáles eran sus verdaderos nombres. El marido de ella era abogado, y creyó que ante cualquier eventualidad los podría ayudar.
 Semanas antes, Patricia había soñado con helicópteros y disparos. Se lo comentó a Nelson. Él, tal vez para tranquilizarla, le dijo que había soñado con campos y con lugares hermosos de otros países que le gustaría recorrer. Siguieron conversando, y le pidió que si alguna vez lo mataban, cremaran sus restos y los esparcieran en la cordillera de Nahuelbuta.
Todos esos recuerdos daban vueltas en su cabeza aquel 23 de agosto. Ya eran casi las cuatro de la tarde. Pero lo que más le angustiaba era que su hija venía de regreso desde su jardín infantil en Concepción, y que a esa altura ella no tenía cómo protegerla.
-En mi desesperación, pensé en arrancarnos a Santiago, pero cuando venía de vuelta de donde mi vecina, llegaron los agentes de la CNI.
Entraron a la casa, la golpearon varias veces e insistían en preguntarle dónde estaba su hija. Ella les respondió que estaba por llegar. En el grupo había una mujer que tenía una voz autoritaria y una trenza muy gorda. “A ella le pedí que por favor le entregaran a la Javierita a mi vecina, pero nunca me respondió”.

Una foto del pasado: Patricia y sus hijas Manuela y Javiera. Con ellas, su actual pareja, Higinio, “su fiel compañero en su batalla por la verdad y justicia”.
En cambio, la metieron al baño de su casa con los ojos vendados. Luego de un rato, escuchó una voz que le pareció conocida. Era la del periodista Esteban Montero, por ese entonces uno de los rostros emblemáticos de Televisión Nacional, quien había comenzado su despacho relatando que en la vivienda de El Recodo había armas, cartuchos de dinamita y detonantes. “Nunca existió algún elemento de ese tipo en mi casa, todo era una mentira”, rememora Patricia. 
Periodistas locales que reportearon la Operación Alfa Carbón en Concepción recuerdan que Montero también había estado presente en Hualpencillo, donde fue asesinado Luciano Aedo, y en la detención de Nelson Herrera y Mario Lagos, ocurrida a eso de las cuatro de la tarde frente a la Vega Monumental. 
Cuando llegó la noche, Patricia fue trasladada al cuartel que la CNI tenía en Pedro de Valdivia. En ese lugar la violencia y los interrogatorios fueron en aumento. Le hablaban de su familia, de su hermano José, que a la fecha presidía el Comité Ejecutivo de Amnistía Internacional, y del resto de su familia.
-Sabían todo, pero no me preguntaban por Nelson, lo que me parecía extraño en ese momento. 
Al día siguiente la trasladaron en avioneta a Santiago. Ahí  estuvo retenida tres días en el cuartel Borgoño, el mismo que hoy, junto a otras víctimas que pasaron por ese lugar de detención de la CNI, buscan transformar en un sitio de memoria, “para que más que horror, sea la vida la que se cuele por ahí”, recalca.
Luego la devolvieron a Concepción y la pusieron a disposición de la Segunda Fiscalía Militar por infracción a la ley sobre control de armas y explosivos. Su hermano menor, Andrés, ya estaba en Concepción, de punto fijo en el cuartel de Pedro de Valdivia para requerir noticias sobre ella. Mientras tanto, su hermano mayor, Jorge, hacía lo propio, ayudado por el fallecido sacerdote, Enrique Moreno Laval, por conocer el destino de su hija Javiera. La encontraron el 26 de agosto en el hogar de Carabineros de Coronel, según consignaron los medios. Una alta autoridad regional, al conocerse la noticia, aseguró que no era efectivo que la niña hubiese estado retenida o escondida. “Se trató de ubicar a su familia sin lograrlo… parece que la madre estuviese detenida”, les explicó a los periodistas.  
Javiera viajó con su tío a Santiago, y quedó al cuidado de la familia de Patricia. Ella en tanto, fue enviada a la cárcel El Buen Pastor, el antiguo penal de mujeres de Concepción y, desde ahí, a la sección mujeres de la cárcel de Coronel, donde permaneció durante un año, hasta que la dejaron libre “bajo fianza”. Sin embargo, recién el 2007 fue absuelta de los cargos que se le imputaban.   
Durante su breve paso por El Buen Pastor, finalmente le levantaron la incomunicación. Supo que su hija ya estaba con los suyos y respiró aliviada, pero también escuchó lo que hasta ese momento su mente se negaba a aceptar: Nelson estaba muerto. 
-Ese año en la cárcel fue de mucho dolor, de llorar todos los días. Veía a mi hija una vez al mes y era hermoso verla, pero también terrible separarme de ella. Por las noches dormía en posición de cucharita, como abrazando el aire … como abrazando a Nelson. Como no viví su muerte ni hice algún ritual para despedirlo, le pedí a un abogado que me consiguiera una foto de él muerto. Me llevó una imagen que había aparecido en la revista Cauce. Eso siendo algo tan fuerte me ayudó a aceptar su partida.
 

La lenta y tortuosa demora

Ya en libertad, Patricia vivió dos meses junto a su hermana. Una peguita familiar, como ella dice, en un local comercial, le permitió independizarse y rearmar su vida junto a Javiera, quien con el tiempo se unió al trabajo de su madre y al de los demás familiares de los miristas asesinados por la búsqueda de justicia. Una que recién 34 años después comenzaron a vislumbrar con la condena en primera instancia para 17 ex CNI dictada por el Ministro Carlos Aldana.
 “Fue una larga y tortuosa demora”, recalca Patricia Zalaquett, porque la investigación para dar con los responsables no sólo fue extensa, sino que también enredada y llena de inconvenientes. Estuvo radicada 23 años en la justicia militar; tuvo dos intentos de sobreseimiento, y en el 2007 pasó a la justicia ordinaria. Dos años más tarde, lograron que la causa tuviese un ministro en visita. 
-Como grupo hemos hecho un esfuerzo enorme para asegurarnos a través de nuestros abogados que la investigación, las diligencias y las condenas fueran lo más ajustadas posible a la tremenda envergadura que tuvo esta operación: crímenes que intentaron disfrazarse de enfrentamientos, que estaban planificados con antelación y que se ejecutaron delante de mucha gente. Asesinatos que fueron coordinados por funcionarios del Estado, y visados, creemos, por el dictador.
El mismo Ministro Aldana declaró a Radio Bío-Bío, cinco días después de dar a conocer su sentencia, que la intención y la ejecución fue plena para eliminar a estas personas, sin siquiera aceptar una detención, menos, un debido proceso. Esas consideraciones habrían estado detrás de las altas penas –que van desde los 25 hasta los 5 años- para los 17 condenados.
Sin embargo, ni para Patricia ni para el grupo de familiares de los siete miristas, esa sentencia es suficiente, pues sostiene que dejó en la impunidad al menos a la mitad de los agentes que participaron en el operativo y también a los ejecutores de Mario Lagos, acción sucedida frente a la Vega Monumental, mientras éste descendía con las manos en alto del microbús donde regresaba de Hualpencillo junto a Nelson Herrera. De hecho, su muerte la provocó una bala que entró por su axila, ocasionándole una herida transfixiante del tórax con compromiso visceral que causó su muerte, como se detalla en el informe de autopsia del SML penquista.   
Agrega que apelarán por la absolución de Manuel Morales y por la condena a cinco años y un día, con derecho a libertad vigilada para el entonces jefe regional de la CNI en Valdivia, Luis Alberto Moraga Tresckow, por su participación en el asesinato de Rogelio Tapia y Jaime Barrientos. En la investigación, éste reconoció haber presenciado los hechos, pero negó haber sido el autor de los disparos que terminaron con la vida de ambos miristas, ocurridos en la ruta que une Niebla con Valdivia.
-Seguiremos atentos para impedir todas las maniobras dilatorias que los abogados de los criminales llevan a cabo para entorpecer el proceso que para nosotros sólo terminará cuando exista sentencia ejecutoriada- sostiene. 
Actualmente, la etapa de notificación de la sentencia en primera instancia por la Operación Alfa Carbón está paralizada en espera de que la Corte de Apelaciones resuelva la inhabilidad solicitada en contra del Ministro Aldana por la defensa de Patricio Castro y otros.             
 

Un nuevo 23

Cuando Nelson Herrera fue detenido, varios testigos del sector Lorenzo Arenas aseguran haberlo visto subir “con vida” a uno de los automóviles de los CNI. La investigación reveló que mientras enfilaban hacia el Hospital Regional, el jefe de Regionales de la Central Nacional de Informaciones, Marcos Derpich Miranda -condenado a 25 años, por esta causa, igual que Corbalán- ordenó su ejecución. El vehículo se desvió hacia el camino a Santa Juana, el mismo que Herrera recorría a diario para llegar a su casa, y en el kilómetro 0.9, lo bajaron y le dispararon en la frente. Su muerte habría sido instantánea.

La villa El Recodo fue el lugar donde vivieron Patricia, Nelson y Javiera.
El próximo 23 de agosto, en el aniversario 34 de su muerte, Patricia y su hija instalarán un memorial en su honor en ese mismo lugar. Tal vez las acompañen amigos y familiares, y quizás también Higinio, la actual pareja de Patricia y padre de su segunda hija. Él es ex preso político “y un fiel compañero en esta batalla por la verdad  y justicia para Nelson”, recalca Patricia. Juntos han construido un presente, resignificando pérdidas y dolores pasados. 
-Higinio conoció a Nelson y siempre ha tenido la mejor opinión de él.  Ambos sabemos que su recuerdo siempre estará presente. Pero también entendemos que en esto estamos juntos, y que no hay una familia versus la otra.
Por ello seguramente estará con ella cuando llegue el momento de cumplir el deseo que semanas antes de su muerte Nelson le confesó: que sus cenizas fueran esparcidas en la cordillera de Nahuelbuta, acto que acordaron con Javiera, sólo realizarán cuando ya no quede recurso judicial alguno que impida que los responsables de su muerte y de sus seis compañeros paguen esos delitos en la cárcel.        

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