Patrimonio único e invaluable: Los Fuertes de la frontera del Biobío

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII la frontera del Bío Bío fue el escenario del conflicto entre españoles e indígenas. En este ambiente belicoso se erigieron decenas de fuertes que se caracterizaron por sus estratégicas ubicaciones y por su rústica materialidad, casi siempre de madera, adobe y paja. La corona española los mandó a construir por todo el Reino de Chile, para disuadir al enemigo interno y avanzar con sus planes de conquista. Hoy, en la Región del Biobío, aquel Sistema de Fuertes es considerado por expertos como un patrimonio de relevancia histórica y cultural, aunque casi no quedan vestigios que den cuenta de su existencia.

Por Natalia Messer

 

Los primeros fuertes o fortines aparecen el entonces Reino de Chile, con la llegada de Pedro de Valdivia, en 1540. Por aquel tiempo, los planes de la corona española eran conquistar el territorio y la evangelización de los pueblos indígenas que habitaban la zona. Algunas crónicas históricas, como las del religioso Gabriel Guarda, estiman que se construyeron cientos de fortificaciones por todo el territorio nacional. Estos fuertes fueron, también, los antecesores de las ciudades. “Lo primero que se construyó en Chile fue un fortín a fines de diciembre de 1540, en lo que hoy se conoce como el Cerro Santa Lucía, y donde luego se fundará Santiago”, cuenta Manuel Gutiérrez González, historiador y académico de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC).

En el Biobío, estas construcciones tuvieron un rol estratégico. Se ubicaron en un territorio importante en materia defensiva, por lo que sirvieron de protección para las tropas de infantería, caballería y artillería de la Capitanía General de Chile -perteneciente a la monarquía hispánica- que se enfrentó a los grupos indígenas integrados por mapuches, cuncos, huilliches, pehuenches y picunches. El primer fuerte que se erigió en la zona sur se localizó en el sector de Cerro Alegre, entre las actuales ciudades de Penco y Lirquén, donde, según detallan algunos escritos de Jerónimo de Vivar y otros cronistas del siglo XVI, pernoctó el conquistador Pedro de Valdivia junto a su ejército, antes de la Batalla de Andalién (1550) y previo a la fundación de Concepción.

Dentro de la Guerra de Arauco, que duró casi tres siglos, hubo un hito fundamental que más tarde convertiría al río Bío Bío en una especie de línea de frontera, separando a indígenas de colonizadores, y con toda una red de fuertes a su alrededor. Aquello fue la sublevación de Curalaba (1598). “Esta tuvo como resultado la destrucción de los fuertes y ciudades que existían al sur del río Bío Bío. La fundación de estas edificaciones las había iniciado Pedro de Valdivia, en 1552, como medio para penetrar en territorio ´araucano´ y aprovechar los recursos que ofrecía la zona: lavaderos de oro, tierra cultivable y mano de obra factible de ser encomendada”, explica la historiadora Juana Crouchet González, Doctora en Economía y Sociedad Hispanoamericana, de la Universidad de Sevilla, España.

Un nuevo plan

Después de Curalaba, el ejército hispano tuvo que abandonar varias ciudades y fuertes. “Todo el sur se despobló, porque quedó destruido”, agrega el historiador Manuel Gutiérrez.

El ejército español debió cambiar de estrategia y centrarse más en la “defensa” que en la “conquista” de nuevos territorios. Para eso, bajo la primera administración del gobernador Alonso de Ribera y Zambrano (1603), el rey Felipe II creó el Real Situado, una partida anual de dinero para solventar en Chile todos los gastos derivados de la Guerra de Arauco. “Con este financiamiento se instauró un ejército permanente y pagado. El gobernador puso en marcha un ambicioso plan que tenía como intención fortificar la línea del Bío Bío. Con esta acción, se comenzó a reconocer como ’zona de paz’ a los territorios ocupados por los colonizadores al norte de este río”, cuenta la Dra. Juana Crouchet.

Para comienzos del siglo XVII, el sistema de fuertes del Bío Bío comenzó a tomar forma. Los límites de la llamada “Frontera”, quedaron restringidos geográficamente al territorio ocupado por los indígenas, quedando establecidos de la siguiente forma: al norte con el río Bío Bío, al sur con el río Cruces; al este con la Cordillera de los Andes, y al oeste con el Océano Pacífico.

Durante este período surgió también el concepto de Plazas Fuertes de la Frontera, derivado de la estrategia de la Guerra Defensiva (1612-1623), que buscaba acercarse a los pueblos indígenas a través de la evangelización y sin tantos ataques ofensivos.

Las Plazas Fuertes de la Frontera, de acuerdo con palabras de Gabriel Guarda, historiador, religioso benedictino, arquitecto chileno y Premio Nacional de Historia (1984), corresponden a un “conjunto de fortalezas dependientes unas de otras que, como una cadena, terminan de guarnecer los puestos claves de aquella agitada zona en las márgenes de los ríos Bío Bío y Laja, con sus respectivos afluentes”.

En la zona cercana del río Bío Bío se mantuvieron y provisionaron 14 Plazas Fuertes: Yumbel, Tucapel, Santa Juana, Los Ángeles, Purén, Santa Bárbara, Nacimiento, Talcamávida, Arauco, Colcura, San Pedro, Talcahuano, Concepción y Antuco.

Ni tan “fuertes”

Los fuertes construidos por los españoles en esta zona no destacaron por su solidez de materiales y perdurabilidad. Por eso muchos de ellos ya no se encuentran físicamente presentes. Por falta de recursos financieros y técnicos presentaron deterioros a lo largo de la historia y hubo que refaccionarlos periódicamente. Más tarde, y al no ser debidamente restaurados, la naturaleza se encargó de hacer el resto. “Eran construcciones muy pequeñas. En el fondo, los fuertes en Chile eran especies de campamentos fortificados”, señala el académico Gutiérrez.

El ejército español no se esforzó tanto en hacer grandes fortines, como aquellos que aún se avistan por Europa, y que rodean por completo a ciudades (en Rusia, durante la invasión mongola del siglo XIII, se construyeron más de 400 fortalezas o kremlins, palabra que deriva de krepki y que significa “fuerte”). Un factor determinante para que se tomara esa decisión en lo que fuera el Reino de Chile tuvo que ver con el peligro inminente de los ataques indígenas.

“Para ellos no era una gran pérdida que sus campamentos fortificados fueran quemados. Lo importante era que ya se había realizado la explanada, es decir, se había estudiado el lugar. Entonces, pasaría otro año y se volvería a construir. Así ocurrió con todos los fuertes de la frontera, que eran reconstrucciones, de las reconstrucciones, de las reconstrucciones”, explica Gutiérrez.

Los materiales más comunes para erigirlos eran madera, abobe y paja. En algunos casos también se usaba piedra. “El fuerte de Arauco era de mampostería. Fue el único que se construyó con ingenieros y de alta tecnología en todo Chile. Por algo aguantó más de cuatro siglos”, detalla el historiador de la UCSC.

Con respecto a las guarniciones, no todos los fuertes contaban con un gran número de soldados. Por ejemplo, el de Santa Juana de Guadalcázar no tenía más de 20 hombres en su interior. Aunque en situaciones de tensión, estos podían albergar hasta 300 personas. Durante el siglo XVIII fue cuando se normó que cada fortificación contara con un mínimo de 50 hombres, para así no ser abandonada. La escasa dotación de personal militar también se mitigó con el uso de indígenas y desertores que como castigo eran confinados a alguna Plaza Fuerte. “Fueron la mano de obra que realizó construcciones, reparaciones y se preocupó del mantenimiento de la artillería y del armamento”, comenta la Dra. Juana Crouchet.

Las fortificaciones tampoco tenían una sofisticada artillería. Los cañones presentaban deficiencias, algunos no funcionaban y, en ciertos casos, se reemplazaban por las culebrinas, piezas largas y de poco calibre que tenían distintas variedades. El abastecimiento también era otro problema. La pólvora estaba casi siempre “pasada”, es decir, húmeda por la lluvia constante de la zona.

Si caía uno, el otro lo apoyaba

Aunque la mayoría de los fortines tenían construcciones defectuosas, había algunos puntos a favor que permitían que esta especie de “red” cumpliese su objetivo y operase relativamente bien. “Contaban con una excelente comunicación. Por ejemplo, los fuertes de Arauco y Colcura se abastecían por mar; el de San Pedro, Santa Juana y Nacimiento por río. (…) Es interesante ver cómo se diseñaron para rodear la línea del Bío Bío y comunicarse entre ellos en caso de emergencia. Por eso es que se habla de sistema defensivo”, puntualiza el historiador Gutiérrez.

Esa es la gran diferencia del Sistema de Fuertes en el Bío Bío frente a otros que se construyeron en Latinoamérica (Cuba, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Puerto Rico, entre otros). “Si caía un fuerte, el otro lo apoyaba. Ahora, si caían todos, ahí había un repliegue. Había fortines interiores, como el de Rere, que estaba hecho por si existían problemas con el de Nacimiento. De esta manera, las tropas retrocedían hacia Rere”, ejemplifica Gutiérrez. El Sistema de Fuertes, además, permitió la posibilidad de instalar villas a su alrededor, tal como ocurrió con el fuerte de Arauco y Nacimiento. Cada una de las fortificaciones contaba, a veces, con una parroquia. El ambiente podía ser hostil y peligroso. No obstante, desde un comienzo se originó contacto, mestizaje e intercambio comercial entre ambos grupos humanos. “Alrededor del fuerte se instalaban ganaderos y agricultores, entonces había un constante intercambio con los soldados que vivían en el fuerte. La gente les vendía animales, charqui, trigo, entre otros alimentos”, dice Manuel Gutiérrez.

Más tarde, las fortificaciones volverían a ser protagónicas, pero en otra guerra. “Las Plazas Fuertes de la Frontera fueron utilizadas en las campañas de la Independencia, tanto por españoles como por criollos y, ciertamente, esto contribuyó a la destrucción de sus ya débiles estructuras”, añade la historiadora Crouchet.

Un tesoro bajo tierra

Un recorrido por la Región del Biobío dará algunas pistas de lo que fue este Sistema de Fuertes, aunque ya no es posible hallar la típica postal del “castillo con su bandera” o al menos una fortificación en un estado casi perfecto. La mayoría fue destruida. Las condiciones climáticas y los desastres naturales también jugaron en contra.

Otro aspecto interesante tiene que ver con la utilización de estas construcciones durante la Guerra de la Independencia. “Bernardo O’Higgins ordenó destruir el fuerte de Santa Juana  de Guadalcázar para evitar un nuevo ataque de los realistas. La Patria Vieja sucumbe cuando arremeten por esta zona”, cuenta el Dr. Carlos Inostroza Hernández, arquitecto de la Universidad de Concepción y especialista en temas de patrimonio.

La movilidad, por tanto, será la lógica que regirá a estos fortines. “Obedece a una guerra de 300 años. Por ejemplo, el fuerte de Colcura tuvo cuatro emplazamientos distintos”, señala Inostroza. Si bien esto será determinante para que esta red -que funcionó como frontera entre el norte y sur- fuera desapareciendo con el tiempo, aún quedan pocos vestigios de una época marcada por la guerra. El fuerte Santa Juana de Guadalcázar conserva los baluartes, es decir, los muros de contención, cuya data se estima de principios del 1700 o a finales del 1600.

El fuerte de Colcura mantiene el foso en uno de sus emplazamientos, y el de San Carlos de Purén todo su trazado. “Esta última fortificación, hasta hace un par de años estaba impecable, pero se han robado todo, especialmente las piedras”, dice Carlos Inostroza. Y pese a que los vestigios a la vista son muy pocos, bajo tierra es bastante probable que exista un gran tesoro patrimonial “con elementos de guerra, pertrechos y cerámica”, describe el arquitecto.

Proteger a los fuertes

Pero los fuertes también necesitan de protección, sobre todo cuando han transcurrido más de cuatro siglos de historia. Del estratégico dispositivo del Bío Bío algunos se han declarado con la categoría de Monumentos Históricos.

En la Región del Biobío se encuentran en Nacimiento, Tucapel, Colcura y Santa Juana de Guadalcázar. También algunas universidades chilenas han llevado a cabo proyectos para revalorizar y difundir estas construcciones del período hispánico. Pese a todos los esfuerzos, todavía queda mucho por hacer. “Todos los proyectos de patrimonio en Chile demoran mucho para que se ejecuten. No son prioridad. La enfermedad es el desinterés en el tema cultural a nivel de país, tanto de la ciudadanía como de las autoridades”, opina Carlos Inostroza, quien además con su consultora Estudio Cero llevó a cabo en 2012 un proyecto de restauración del fuerte de Santa Juana de Guadalcázar, el que está a la espera de materializarse. “El cuidado y la preservación del patrimonio material e inmaterial en nuestro país está en pañales, por lo que tiendo a pensar que poco se ha hecho en este aspecto con las Plazas Fuertes”, opina la historiadora Juana Crouchet, quien agrega que el costo de preservación o la restauración de lo que queda de estructuras es muy alto.

Más allá de la Guerra de Arauco, de sus consecuencias, de los bandos en disputa y de los planes fallidos de la conquista española con el pueblo mapuche, el Sistema de Fuertes del Bío Bío es un testimonio de una forma de hacer vida, y que imperó por varios siglos en nuestro país. Un excelente recordatorio para este 25 y 26 de mayo, cuando se celebre el Día del Patrimonio Cultural en Chile.

O’Higgins 680, 4° piso, Oficina 401, Concepción, Región del Biobío, Chile.
Teléfono: (41) 2861577.

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